Pascua en la tarahumara

''El morir por la decisión de servir coronó su vida con la guirnalda del discípulo''
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Cincuenta años se dicen rápido y, sin embargo, son infinidad de días, lunas, estaciones del año, historias, retos, instantes agridulces, dudas y luchas para crecerse ante la adversidad y la rutina para mantener viva la luz de la esperanza y la alegría de la vocación. 

Los hermanos Jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora llegaron a la sierra tarahumara hace cincuenta años, uno de ellos cumplidos y el otro en preparación de la celebración. La sierra que compartimos entonces dista mucho de ser la de hoy en día. En ese entonces se llegaba en tren desde Chihuahua y de ahí en camioneta y brechas a Sisoguichi, donde se encontraba la cabecera del entrañable obispo Pepe Llaguno. Los traslados en caminos hechos para llevar troncos a los aserraderos proveían historias de aventuras interminables.

O, como solía decir el chofer del autobús que salía de Parral “cuando quería” y llegaba a Guachochi “cuando podía”, después de 18 horas con pasajeros, recados, encargos y hasta niños, una distancia de 35 minutos en avioneta y en coche, en la actualidad, un par de horas.

En Guachochi se lleva a cabo anualmente el maratón de los 100 kilómetros entre barrancos, cuya victoria no han logrado arrancarles a los corredores raramuris, hombres de pies alados que realizaban sus cacerías corriendo detrás del venado hasta cansarlo.

La Sierra era un lugar lejano y complicado para llegar, abandonado a su suerte por las autoridades. La verdad es que la vida de la sierra hubiera sido muy diferente sin la presencia de la Orden de los Jesuitas. De alguna manera, ellos pusieron la mesa e invitaron a otros religiosos a poner escuelas y hospitales, a propiciar la comunicación y defender las causas justas. El incansable padre Carlos Díaz Infante era conocido por su sonrisa y recorridos en jeep, por cerros y barrancos llevando medicina y apoyos a los raramuris, que en ese entonces vivían dispersos y se reunían en la iglesia antigua en fechas especiales como el 12 de diciembre, cuando danzaban los matachines, cocían en enormes peroles el tonari y compartían el teswino, bebida fermentada de maíz.

El padre Carlos Bravo nos hablaba en Creel sobre la Teología de la Liberación, del respeto a las creencias ancestrales de los pueblos originarios y que los tiempos de la imposición e inquisición habían pasado. Que la Buena Nueva que la Iglesia proponía era la del servicio y el amor.

En aquellos años escuché por primera vez hablar de la droga. El aeropuerto de Guachochi, con un tendejón para resguardarse de la lluvia, mientras las avionetas aterrizaban en lodazales y nieve, se volvió, según decían, el aeropuerto con mayor cantidad de vuelos, por su comunicación con la otra sierra, la Baborigame, nombre que se transformó en Baborigoma, por la cantidad de “embarazadas de goma” que llegaban, resultado de la amapola. La ambición y la ignorancia producen mezclas letales. El cáncer comenzó a lanzar sus tentáculos que diluyen conciencias y destruyen vidas. 

Hace unos días, Javier Ávila, conocido por sus homilías con canciones, les escribió a sus amigos: “Ya no puedo callar y necesito compartirles mi dolor. Estaba yo saliendo de Creel hacia Chihuahua, a medio día, cuando me llamaron de Cerocahui para decirme que acababan de matar a Javier Campos y a Joaquín Mora, ambos hermanos míos jesuitas. Son muchos los detalles, pero no es el momento más que para compartirles mi dolor, mi rabia, y también mi fe en el Dios de la vida que nos sigue llamando a dar la vida por los demás y a no detener nunca el paso, porque nos queda mucho por andar.”

“Nos sigue llamando a dar la vida por los demás”. Que difícil resulta entender estas palabras en tiempos egocéntricos, donde el “mí, me, conmigo”, nos roba la empatía y la conciencia del otro. El que asesinó a los padres les hizo un favor. El morir por la decisión de servir coronó sus vidas con la guirnalda del discípulo que aprendió bien de su Maestro. Les dio una presencia viva en la comunidad que no habrían alcanzado en el confort de su camita. Misterios. Sus muertes se volvieron mensajes de Pascua de resurrección para todos.

Y es que la vida hay que vivirla, con pasión y compasión. 

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Edición: Ana Ordaz


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