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Cuando el destino… ¿nos alcanzó?

Nuestros chiquitos necesitan ser más fuertes física y emocionalmente
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Cuando el destino nos alcance, película de ciencia ficción de 1973 nos aterró con develar que los alimentos del futuro serían galletas que descubren eran de proteína humana.

Parecía tan lejano. Hoy, nos horroriza saber de qué están hechos los Nuggets y las hamburguesas y, sin embargo, se las seguimos dando a nuestros chiquitos, junto con su cajita feliz.

Ahora, con la cercanía del nuevo curso escolar me pregunto si los padres, junto con los útiles, vestimenta y anexas, están analizando cuales son los aditamentos con los que tendrían que adosar a sus hijos ante la realidad que, tarde o temprano, tendrán que enfrentar.

Porque, ¿Dónde aprenderán nuestros hijos sobre la honestidad? ¿La justicia, la misericordia y el perdón? ¿La responsabilidad, la alegría y la esperanza? ¿Dónde se nutrirán de lo que el amor es? ¿Tanto confiamos que la escuela se lo dará? ¿Tanto le exigimos por el pago de una colegiatura? ¿Porque es la obligación del gobierno educar? ¿Somos conscientes de que entregamos a nuestros niños para que otros los moldeen?.

Por otro lado, el mundo se nos está deshaciendo de las manos. Los tiempos que se avecinan vaticinan tormentas y zozobras. ¿Tendrán nuestros niños y niñas la suficiente capacidad de enfrentarlas?

Llama mi atención una serie japonesa, donde a niños, menores de cuatro años, les dan su primera tarea fuera de casa. Van solos a sitios conocidos, cercanos, de compras. Los preparan con un: “Eres valiente, eres capaz, tu puedes”. Por lo que se, en las escuelas japonesas no existe conserje, la limpieza corre a cuenta de los alumnos y maestros. Los niños reciben, junto con la información, una mayor capacitación para la vida.

En el texto de la semana pasada, hablábamos de la urgencia de invocar la paz a manera de atraerla y que las escuelas tendrían que tenerla como asignatura. ¿Y en la casa? ¿Cómo podríamos convocarla si, para evitar conflictos, optamos por callar? Nos urge aprender a debatir, a expresar opiniones, defenderlas, a razonar, escuchar, respetar las ajenas.

Tendríamos que hacer alianzas solidarias con los maestros en beneficio de nuestros niños. Podríamos comenzar con no decirles: ¡Tu maestro está loco! que merma su autoridad y llena de desconfianza.

Enseñamos a competir, no a compartir. Y eso es el sustento de tanta guerra que padecemos, a nivel mundial, local y familiar. ¿Quién enseña eso?

Ahí está el belgicano Frans Lipens, un belga enamorado de México, que tiene una propuesta maravillosa de Juegos Cooperativos por la Paz, con la que capacita a otros loco y locas como él, que saben que urge hacerla parte de nuestra vida.

Nuestros chiquitos necesitan ser más fuertes física y emocionalmente. Los Boys Scouts ofrecen actividades que durante años han demostrado sus frutos. Los lobatos y las gacelas aprenden a crecerse ante la adversidad, a reconocerse parte de la manada y participar en conjunto para realizar la tarea. A compartir y sobrevivir.

Quizá hubiera sido mejor conectar la de pensar antes de la concepción para averiguar si se tenía o no vocación. Se necesita valor y mucho diálogo en pareja. Es una decisión en conjunto y al hacerla, es un compromiso cumplir la consiga de acompañar a los cachorritos más allá de casa, vestido y sustento. Hay que propiciar sueños, metas, responsabilidades comunitarias, conciencia y respeto de sí mismos. Urge que nuestros chiquitos sean más críticos y analíticos para poder sobrevivir lo que les espera. Esto nos cuesta trabajo, porque para muchos de nosotros, los análisis consistían en traducir las miradas de los adultos.

Nuestra experiencia como críticos solía ser al preguntar: “¿Por qué?”, cuya respuesta era infalible: “¡Porque los digo yo!”

Tanto por hacer. Tendríamos que tener reuniones familiares para analizar situaciones y ofrecer soluciones, evaluar objetivos. Trabajar valores universales. Nuestros cachorros merecen ser tomados en cuenta. Participar, aprender a discernir y a disentir; a tomar decisiones, pagar sus deudas, hacerse responsable de las consecuencias, apoyarnos para alcanzar nuestros sueños.

Y así, quizá, digo, quizá… el destino se tarde un poco más en alcanzarnos
 

Edición Astrid Sánchez


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