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La elección presidencial efectuada ayer en Brasil deberá dirimirse en segunda vuelta, toda vez que el candidato al que las encuestas señalaban invariablemente como ganador, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, no logró la mayoría absoluta de los sufragios y aventajó al actual mandatario, Jair Bolsonaro, únicamente por 4.3 puntos porcentuales de los votos, de acuerdo con los resultados de 97.5 por ciento de las casillas instaladas.

El estrechísimo margen no se debe tanto a una discrepancia entre la votación real y las preferencias a favor del primero que reflejaron los sondeos, sino a un inesperado crecimiento del segundo respecto a lo que vaticinaban las encuestas.

Otro resultado que para muchos resultaba impensable es el desempeño del Partido Liberal (PL) de Bolsonaro, que logró en primera vuelta 14 o 15 de los 27 escaños senatoriales en disputa, unas cien diputaciones y varias gubernaturas.

 

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Por añadidura, varios funcionarios bolsonaristas que fueron nacional e internacionalmente criticados por su pésimo desempeño en asuntos como la pandemia de Covid-19 y la deforestación de la Amazonia lograron su paso al Congreso.

Los datos electorales referidos no solamente obligan a revisar las razones por las cuales los ejercicios demoscópicos experimentaron un fallo generalizado en el mayor país de América Latina, sino, sobre todo, a analizar el fenómeno del bolsonarismo desde una perspectiva menos simplista que la habitual.

A la luz de los resultados de los comicios de ayer, Bolsonaro ha logrado, a pesar de su ejercicio de sistemática destrucción nacional, consolidar una base social de derecha en vastas regiones del territorio brasileño, conformada no solamente por un sector de la oligarquía económica y clases medias volubles, sino también por importantes segmentos populares.

Es alarmante, en efecto, que el autoritarismo, la frivolidad, el clasismo desembozado y la manifiesta incompetencia de la actual administración hayan cosechado más de 40 por ciento de las preferencias de la ciudadanía y remontar la sima de impopularidad en la que Bolsonaro y su gobierno se encontraban hasta hace pocos meses.

Lo es, asimismo, que el presidente actual sea visto por tantos como una alternativa ante Lula da Silva, quien independientemente de ideologías encabezó en sus dos periodos presidenciales un proyecto de justicia social, florecimiento económico y fortalecimiento nacional en muchos aspectos.

Queda en manos de investigadores y analistas desentrañar las causas de este fenómeno. En lo inmediato, Lula y Bolsonaro volverán a medirse en una segunda vuelta el próximo día 30 y cabe esperar que el resultado de ese desempate sea la superación definitiva del bolsonarismo, que ha sido sin duda el periodo más oscuro de Brasil desde que en 1985 esa nación recuperó la democracia.

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Edición: Emilio Gómez


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