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Bullying e ingeniería social (dos y último)

A Norma Lizbeth la matamos todos por no hacer un esfuerzo para comprender lo que nos pasa
Foto: Afp

Hasta ahora, la vida social no ha encontrado fórmulas de interacción colectiva en las que se reduzcan al mínimo el conflicto, la lucha, la competencia y la dominación en sus diversas formas. Como quiera, parece ser que dichos factores están presentes en ese espectro de lo que llamamos “vida” y, por lo tanto, son inevitables, aunque, en el caso de la vida social pueden acotarse.

El asunto, sin embargo, pasa por eso que en filosofía se conoce como racionalidad práctica, lo que supone el espectro de nuestros comportamientos sancionables como correctos o incorrectos a la luz de lo que Kant llamó “deseos superiores” (como la justicia o la equidad) que permitirían una vida humana plena.

Cuando veo las imágenes de lo acontecido en Teotihuacán, donde una jovencita golpeó en la cabeza con una piedra a una compañera de clases, mientras sus compañeros grababan los hechos sin intervenir para detener la violencia, no sólo me conmuevo, sino también hago un esfuerzo de racionalidad que me permita entender el problema para tratar de reconocer sus soluciones posibles.

La pregunta es: ¿cómo cambiamos ciertas pautas de comportamiento y de sentido para transformar el significado cultural que la violencia tiene en nuestras vidas? El primer elemento a descartar se relaciona con una perspectiva simplista en la que todo se reduce a la “pérdida de valores” factor que se soluciona a través de la enseñanza de los mismos.

De hecho, lo primero que tendríamos que averiguar con mucha precisión es cómo está estructurado y jerarquizado el universo axiológico de quienes ejercen el llamado bullying, pues ello nos permitirá obtener datos de gran relevancia para conocer el fenómeno y diseñar sistemas de información muy rigurosos a través de los cuales se establezcan aquellos datos del sistema que deben reforzarse, así como los que tendrían que irse debilitando hasta que queden neutralizados. A fin de cuentas, el bullying es mucho más un problema de comunicación que un problema de educación y quizá por eso nadie sabe qué hacer cuando se presenta un caso en un ámbito específico; así, el asunto interpela mucho más la acción de la gestión cultural que la de la educación y a la construcción de relaciones horizontales y no a la reproducción de las relaciones verticales entre los actores sociales.

Asimismo, el paradigma de interacción de nuestros tiempos está casi absolutamente determinado por las redes sociales y ello potencia tanto las fortalezas como debilidades con que se ejercen nuestras interacciones comunicativas. Así, la posibilidad de la llamada “participación ciudadana” se potencia y complejiza en el ciberespacio, pero, junto con esa participación, también se fortalecen y agigantan los sistemas de información central cuya influencia es cada vez más decisiva en nuestras vidas.

Tal vez el problema se centre en reconocer qué tipo de información consumen nuestros niños y adolescentes (en todos los niveles posibles, es decir: en el ciberespacio, en los medios tradicionales y en su entorno) y cómo la procesan y emplean en su vida práctica; ello nos permitirá reconocer la estructura ética y estética con la que se enfrentan al mundo e interactúan con sus semejantes, para saber, entonces, el significado que la violencia tiene en sus vidas.

Es un trabajo arduo que requiere de gran creatividad, además de los consecuentes apoyos de orden teórico y económico. Como quiera, el desinterés en el asunto (o su explicación a veces inocente —por decir lo menos—) ya nos son onerosos. 

Necesitamos urgentemente mecanismos de defensa, pero, lo más importante, es disponer de sistemas simbólicos que destierren el acoso emocional y físico de nuestras formas de convivencia. A Norma Lizbeth, la niña de Teotihuacán que murió la semana pasada, no la mató solamente la piedra con que la golpeó su compañera; la mataron también los que grabaron el hecho con sus teléfonos, los maestros y las autoridades escolares que restaron importancia al asunto (los hechos tienen seguramente una narrativa anterior de meses o semanas y nadie tomó cartas en el asunto). La matamos entre todos por no hacer un esfuerzo legítimo para comprender lo que nos pasa. 

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Lea la primera parte de este artículo: Bullying e ingeniería social

 

Edición: Estefanía Cardeña


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