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Nil desperandum!

Claudianas
Foto: Efe

El tema es la inteligencia artificial (IA). La milagrería que le quieren colgar. El mundo que nos dicen que abrirá. En fin. La realidad es mucho más mundana. La IA no es sino un simple multiplicador. No tiene nada de mágico, ni necesariamente mejor, vamos quizá ni es algo nuevo. 

La IA permite dedicar millones de horas de análisis humano a problemas concretos y obtener los resultados en segundos, pero hasta ahí. La IA permite procesar mapas urbanos, textos larguísimos, análisis médicos, piezas rotas de restos arqueológicos como si miles de seres humanos dedicaran su vida entera a ello y luego todo fuera condensado en un instante. Lo que hubiera tomado años o existencias enteras, ahora se puede lograr presionando un botón, pero eso es todo, es un simple ejercicio multiplicador y concentrador. 

Ya ha pasado antes. Ese efecto multiplicador existió cuando la piedra fue multiplicada por la lanza y la flecha, y de pronto un cazador podía lograr por sí mismo lo que antes requería 30 integrantes de su tribu. Luego vinieron la polea y la palanca, y un albañil podía levantar piedras que antes hubieran demandado la energía de una aldea entera. Más cerca de la modernidad vino el vapor y de pronto una máquina podía mover lo que antes hubiese requerido miles de caballos. 

En eras más recientes vimos al motor a combustión interna y por supuesto las computadoras, los procesadores de texto, el correo electrónico y el trabajo remoto multiplicándonos por factores increíbles. 

Tan asombroso es que la IA pueda detectar enfermedades que un doctor de forma aislada no hubiera podido diagnosticar o que un chat de IA pueda escribir en un segundo un ensayo de 500 palabras sobre cualquier tópico, como en su momento resultó milagroso que un auto pudiera trasladar toneladas con tan solo prender un motor o que una computadora pudiera llevar un inventario con sólo presionar una tecla. Todo es, como siempre y con insistencia, un acto de multiplicarnos. 

Así, veamos a la IA como lo que es: estamos incrementando nuestro poder de análisis, el nuestro, el que sigue nuestros métodos y lógicas humanas. Porque la IA no hace sino agregar en cifras colosales lo que ya hemos hecho y lo que hemos aprendido antes. Somos nosotros mismos aplicando con mayor potencia y detalle lo que ya sabemos para resolver problemas que parecían imposibles de resolver -no por falta de capacidad o inteligencia- sino por falta de tiempo y de mano (o cerebro) de obra. 

Si algún día surge la verdadera Inteligencia Artificial ciertamente no será la que hoy estamos viendo, porque la que hoy pomposamente se autodenomina IA no es una mente nueva, es un simple multiplicador más, como en su momento lo fue la lanza, el vapor o la computadora. 

Lo que antes se medía en caballos de fuerza hoy se mide en Giga-Hertz, pero el concepto es el mismo. Por tanto, no tengamos miedo de la IA ni le demos un tamaño mesiánico que no tiene. 

La gran pregunta es para qué vamos a usar ese efecto multiplicador esta vez, porque la lanza y la flecha crearon los primeros ejércitos, el vapor los acorazados de guerra y los bits de cómputo la mayor desigualdad en la distribución de la riqueza de la historia. 

De pronto la IA está ahí como el más reciente potenciador de nosotros mismos, lo deseable sería que ese multiplicador tuviera mejores usos que los que hemos dado a los previos. Eso sí sería inteligente y tal vez hasta artificial. 

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Lea, del mismo autor: Moriamur, et in media arma ruamus


Edición: Estefanía Cardeña


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