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La montaña de Bacalar

Noticias de otros tiempos
Foto: Gerardo Jasso

 

Al darse por concluida la Guerra de Castas, los yucatecos se encontraron con la posibilidad de ocupar un territorio que durante 50 años les estuvo vedado. El gusto les duraría poco, pues ya el gobierno nacional, encabezado por Porfirio Díaz, tenía entre sus planes establecer un Territorio Federal. La idea era apoyada por Manuel Sierra Méndez y otros yucatecos de la élite, y finalmente a finales de 1901 el Congreso del estado aprobó por unanimidad el dictamen de reforma al artículo 43 de la Constitución de 1857, a fin de reconocer a Quintana Roo como una nueva entidad.

Mientras llegaba ese día, el oriente de la península se presentaba como una zona de múltiples posibilidades de iniciar una empresa distinta al henequén. La poca población del estado y el control militar de la zona inhibieron la migración al nuevo Territorio, aunque algunas familias ya se habían establecido en la parte norte, y una oficialía del Registro Civil ya prestaba sus servicios para 1901 en Cozumel.

Pero la zona que después fue nombrada Quintana Roo había sido explorada muchos años antes con el mismo fin. Así lo recordaba el diario El Eco del Comercio, que en su edición del 4 de junio de 1901 incluyó un largo texto llamado “La montaña de Bacalar. El territorio maya. Riqueza de la flora y la fauna”, que a su vez era un artículo que se publicó en 1845 en el periódico El Mundo. Sin darnos más información sobre el autor del estudio, El Eco reproduce la descripción, de la que llama la atención un abuso de comillas.

El estudio se enfoca en las especies vegetales “útiles al comercio y a la medicina”. Así, detalla que “Los vecinos de Bacalar y de Belice mantienen considerables cortes de toda madera para construcciones de buques y para muebles preciosos, que exportan por aquel río [el Hondo] los ingleses, con dirección a Londres, en donde la expenden con conocida utilidad”.

La nota es una ventana al pensamiento económico de mediados del siglo XIX en Yucatán. Es notorio el impulso por aprovechar las especies enumeradas, algunas de ellas eran conocidas desde la Colonia, como el palo de tinte o de Campeche y “del brasilete ‘chacté,’ á peste un capitán retirado de tiradores, nombrado Aguilera, en Izamal, sabía darle beneficio para extraer el carmín formado en pastillas, que vendía para pinturas, de tan buena calidad como el extranjero [...]”.

El autor también manifestó preocupación por el modo en que los habitantes de Peto cosechaban la pimienta, pues “por concluir pronto sus tareas, y por conveniencia propia, proceden contra el árbol sin consideración alguna, o trayéndolo de una vez al suelo, o contentándose, a lo menos, con cortarles las ramas para sacudir y aprovechar fácilmente el verde fruto, lo que del uno o del otro modo, vendrá a causar la total destrucción de este importante ramo de industria.”

El estudio tenía también el propósito de iniciar alguna industria, más allá de extraer los frutos de la selva por temporadas, como se hacía con la pimienta de Tabasco y el copal blanco, según menciona el autor, a quien llamaron la atención las palmeras “para usos comunes: el ‘hbom,’ huano largo de que se hacen los sombreros de paja; el pequeño verde que sirve continuamente para las cobijas de las casas, como el ‘chit,’ ‘tasiste,’ ‘cocoyol,’ la ‘palma real,’ ‘palmitos’ y el ‘corozo’ que de este último aprovechan también el fruto, sabroso como el cocoyol, pues da un aceite fino y claro, sacado por expresión, tan bueno y útil á los pintores, que el cura de Tihosuco, D. Manuel Pacheco, ocurrió á su beneficio por falta del del linaza, con el que logró á muy poco costo, limpiar y avivar los dorados y pinturas de los altares de su iglesia.”

Faltaría un cuarto de siglo para que se intentara una industria extractiva en Quintana Roo, con el chicle. La vocación del estado la definieron otros actores y algunas de las opciones para emprender un negocio como los que se sugerían en el siglo XIX se escuchan fantasiosas el día de hoy.

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Lea, del mismo autor:  Ciencia, navegación y obra pública


Edición: Estefanía Cardeña


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