Toda cultura posee tradiciones que la distinguen de otras. Sin embargo, esas costumbres que se transmiten de generación en generación no suelen tener su origen en tiempos inmemoriales o en las raíces más profundas del “pueblo” y además son, por naturaleza, cambiantes.
Existen también numerosas tradiciones cuyo espacio de celebración no rebasa el ámbito familiar o el de la comunidad local; algunas trascienden a una determinada entidad federativa y unas cuantas se tienen por representativas del país y hasta son consideradas pilar de la identidad nacional. En el otro extremo, otras costumbres han necesitado de la intervención oficial para su “rescate y promoción” y también han adquirido el estatus de patrimonio cultural inmaterial o intangible.
Pero, ¿quién sanciona la propiedad de una tradición? Cuando estas no rebasan el espacio familiar, es relativamente sencillo entender por qué no son continuadas, pero si se da por sentado que se trata de prácticas que realiza un grupo particular, una sociedad determinada, deberíamos poder aplicar con relativa sencillez una operación: si una tradición le pertenece a un pueblo, éste debe obtener un beneficio de su continuidad.
Llama la atención cómo el Cho’o Bak, el ritual de limpieza de osamentas que realizan los pobladores de Pomuch, municipio de Hecelchakán, Campeche, ha pasado de ser una práctica íntima, en la que según los propios vecinos refieren, hasta hace unas dos décadas se sentían incómodos en ser observados “como un objeto” por turistas, y que ahora refieran que esta tradición “no ha alcanzado su potencial turístico”.
Ocurre que los pomuchenses ya han naturalizado el ser observados, fotografiados y filmados por los turistas, y lo que antes era un momento de intimidad con los ancestros ha dado paso a conversaciones con los visitantes y a apariciones en documentales, reportajes para televisión y canales de Internet, así como menciones en libros. Pueblo, población y restos áridos de antepasados se han reducido a mero atractivo, a escenario y reparto de un festival, a cambio de una temporada de bonanza.
La intervención oficial también ha creado y alterado tradiciones, en aras de contar con algún atractivo para el turismo. Precisamente la conmemoración del Día de Muertos es de las que más intervenciones ha tenido y entre las más recientes se cuentan la celebración del desfile de catrinas en la Ciudad de México, que en realidad fue una creación de John Logan, guionista del filme 007: Spectre, vigesimocuarta entrega de las películas del espía James Bond. En Mérida se tiene igualmente el Paseo de las Ánimas, obra del ayuntamiento de la capital yucateca.
Las muestras y concursos de altares también se remontan a los años 80 del siglo pasado, iniciando específicamente en la Preparatoria 2 de la Universidad Autónoma de Yucatán, de donde las muestras de Janal Pixan dieron el salto a las plazas públicas y prácticamente todas las escuelas. Esto ha dado lugar a la aparición de “jueces de altares” que califican el “apego a la tradición”, cuando ésta depende siempre de lo que cada familia tiene disponible en el hogar. Si es la pequeña mesa de los santos, esa se utiliza, aunque tenga clavos, aunque carezca de los “tres niveles”; y en las ofrendas tampoco irán las viandas más elaboradas si están fuera de las posibilidades del bolsillo.
Pero cuando se trata de patrimonio turístico, no el cultural, no los rituales íntimos familiares, lo que importa es el espectáculo, la “experiencia” que se brinda al visitante hasta de participar en el paseo, caracterizado de ánima, aunque la tradición maya indique que maquillarse para aparentar que se está en los huesos sea una ofensa a los antepasados porque se destaca su aspecto actual.
Otra realidad es que las tradiciones conviven. No se trata de que una sea más auténtica que otra, más o menos válida, sino de que tengan significado para quien las celebre. Pero distingamos también entre lo que se ha creado para el mercado turístico de lo que tiene sus orígenes en rituales familiares; lo primero es para generar derrama económica, lo segundo para crear un tejido social sólido.
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