Es solamente teoría y supuestamente tienen poco qué ver, pero el binomio deportes -política es difícil de deshacer en un Estado que tiene entre sus funciones la promoción de la actividad física y en el cual las federaciones actúan como intermediarias entre dependencias y deportistas en distintos niveles.
El hecho es simple: los resultados deportivos en competencias internacionales son un indicador muy particular de qué tan bien ha trabajado un gobierno, aunque esto no borre las historias de carencias que deben vencer los atletas tanto para calificar como para llegar a sus pruebas regionales, nacionales o mundiales; ya no digamos unos juegos olímpicos.
En la historia del país, una de las más grandes críticas se las llevó el gobierno de Carlos Salinas de Gortari el cual, a pesar de vanagloriarse de un proceso modernizador del país y de haber colocado a México entre las principales economías mundiales, apenas obtuvo una medalla de plata en las olimpiadas de Barcelona (1992), con todo y tener al frente de la Comisión Nacional del Deporte (Conade) a Raúl González Rodríguez, medallista de oro en Los Ángeles 1984.
Había muchas diferencias entre un ciclo olímpico y otro. De inicio, México había pasado del lugar 17 en Los Ángeles al 50 en Barcelona, pero en 1984 hubo un boicot por parte del bloque de países socialistas que, al no participar, permitió la mejoría de marcas de otras naciones. En 1992, tras la caída del Muro de Berlín, el panorama político era otro, al igual que el nivel de competencia.
En los juegos panamericanos, la historia de México es también distinta. Es difícil que el país quede fuera de las 10 primeras posiciones en el medallero, y en ciertas disciplinas se le ve como potencia. Esta vez, en Santiago de Chile, la delegación mexicana ha conseguido su mejor actuación en la historia, sumando 142 medallas, 56 de ellas áureas, que al cierre de esta edición la colocaban en el tercer lugar general, detrás de Estados Unidos y Brasil.
La tentación de ligar el éxito de los deportistas con el desempeño de la actual administración federal está ahí, pero las historias de cada uno deben bastar para desvanecerla. La apuesta original de las autoridades fue de 33 medallas de oro, meta que fue superada con creces, lo que indica dos cosas; por un lado, que las mismas autoridades desconfiaron de sus representados y por otro que a pesar de las adversidades, la preparación de los mexicanos ha avanzado.
Los resultados en Santiago de Chile obedecen, por principio, a que cada deportista mexicano salió a entregar todo en busca de un boleto a los Juegos Olímpicos París 2024, en general desafiando serios inconvenientes para cumplir con su preparación. Ejemplo de esto son los equipos de gimnasia rítmica, a cuyas integrantes sorprendió el inicio de la guerra entre Israel y Hamas, y el de natación artística, cuya relación con Ana Gabriela Guevara, actual titular de la Conade, es poco menos que tensa. El equipo de clavados es otro que llama la atención, dado que en éste operó un relevo generacional. En fin, ya sea en disciplinas colectivas o individuales, el aplauso es para atletas y entrenadores, quienes son los principales responsables de la proeza conseguida.
Vale la pena destacar la posición de Marijose Alcalá, presidente del Comité Olímpico Mexicano, quien sobre la actuación mexicana en Santiago resaltó: “Estamos muy orgullosos de los atletas y de sus familias, porque a pesar de las circunstancias, de las condiciones que se pudieron dar, nunca los observé con la moral baja. Nosotros como dirigentes tenemos que estar a su altura.
“Lo que sigue es buscar que no les falte el apoyo, los sueldos de los entrenadores y las becas para que tengan todo lo necesario rumbo a París. Tenemos que quitarnos los egos y estar para apoyar”, agregó la ex clavadista, en lo que resulta un exhorto a las distintas federaciones para que recuperen su vocación como organismos formadores, detectores de talentos y canalizadores de los apoyos para quienes tengan el potencial de desempeñarse en el nivel de alto rendimiento.
En tanto se tiene una infraestructura deportiva suficiente como para que los deportistas olímpicos mexicanos realmente se dediquen a prepararse para las distintas competencias, sin distractores de orden político y administrativo, difícilmente se establecerá una correlación positiva entre su desempeño y el de las autoridades. Por el contrario, los resultados en una olimpiada no van a las urnas, pero las historias de obstáculos que “los de pantalón largo” ponen a los atletas sí llegan a las familias de los atletas. Cumplir con la promesa de entregarles estímulos económicos por la obtención de medallas, también.
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