En todo asentamiento humano, la plaza principal, el centro de la población, se tiene como el corazón de la sociedad misma. Es el espacio público por excelencia, donde se forma la ciudadanía, pero esto es más que nada porque puede darse la convivencia libre entre las personas.
Los parques son espacios en los que se crean vivencias en común, donde se encuentran vecinos de todas las edades, donde se forman amistades y parejas, donde se comparte y departe, donde suelen borrarse diferencias sociales y surge la opinión pública. De ahí la importancia que tienen en las ciudades.
Históricamente, los parques poseen esa cualidad de ser punto de encuentro social. Mérida, además de la Plaza de la Constitución, la conocida Plaza Grande, tiene un parque en cada uno de sus barrios tradicionales: Santa Ana, Mejorada, San Cristóbal, San Sebastián, Santiago y San Juan; también en el centro de la ciudad se encuentran el de la Ermita de Santa Isabel, el de Santa Lucía, que es más una plazuela, el de la Madre, el Hidalgo y el Eulogio Rosado; este último es más bien el vestigio de lo que fue el llamado paseo de las bonitas. Cada uno de ellos ha tenido su particular historia y simbolismo político.
A mediados del siglo XX, cuando la ciudad comenzó a desbordarse de su zona histórica y conforme se fueron formando las colonias, fueron surgiendo otros parques, pero fue notoria la diferencia tanto en la cantidad de metros cuadrados dedicados a cada área, así como la función a que eran destinados. En muchos casos, más que un punto de reunión vecinal, el parque resultó un campo para el beisbol o el futbol; tal vez con alguna pequeña cancha de basquetbol aledaña, unos columpios y una resbaladilla de metal. La formación de memoria implicó o presenciar algunos partidos o tal vez haber “echado una cascarita” con los contemporáneos. Las experiencias colectivas sucedían en los parques tradicionales, en particular uno: el del Centenario. Prácticamente, no hay meridano que no tenga su foto en la escultura del león.
Los años ochenta y noventa vieron el surgimiento de otros espacios de convivencia, pero sobre todo de consumo: las plazas comerciales. La comodidad, el aire acondicionado y la exclusión comenzaron a pesar en contra del parque como punto de encuentro. El envejecimiento de la población en las colonias también fue otro factor en contra.
Algunos parques, a pesar de su carácter público, fueron convirtiéndose también en espacios a los que debe acudirse preparado para consumir. El juego libre infantil y la plática espontánea entre adultos giró hacia los puestos de elotes, esquites y marquesitas, así como a las instalaciones de brincolines o el alquiler de vehículos eléctricos, por supuesto, debidamente concesionados. Mientras, los viejos columpios, pasamanos y resbaladillas iban oxidándose, aunque en algunos casos fueron sustituidos por otros que las autoridades adquirieron en un supermercado de franquicia.
Los parques, como espacio público, también son motivo de disputa. No dejan de ser un terreno en la mira de desarrolladores, y por lo tanto son vulnerables ante funcionarios susceptibles a caer hipnotizados cuando escuchan el timbre de una caja registradora. Esto ocurre particularmente cuando las áreas de donación que los fraccionadores están obligados a entregar quedan en zonas de alta plusvalía. Así, la cantidad de parques en Mérida será siempre insuficiente para satisfacer tanto la demanda de lugares de esparcimiento libres como la de servicios ambientales.
Debe reconocerse también que en Mérida existen zonas en las que es posible hallar varios parques en menos de un kilómetro a la redonda. Sin embargo, también es frecuente ver que a pesar de estar situados a pocos metros, cada uno recibe atención distinta por parte de los vecinos. Así como en algunos es posible ver que cumplen una función como punto de reunión de familias que celebran un cumpleaños o se juntan para convivir durante algunas horas del domingo. Otros son espacios que se recorren en compañía de las mascotas o se han convertido en sitio oficial de entrenamiento de diferentes equipos infantiles y juveniles; unos más cobran vida porque ciertos días de la semana se instala un tianguis, y alguno más exhibe huellas de vandalismo en juegos, muros o incluso los vestigios prehispánicos que ahí se encuentran.
Cada vecindario se apropia de manera distinta del parque más cercano. En su cuidado, sin embargo, no debieran existir diferencias. Son espacios necesarios para la formación de sociedades sanas.
Este fin de semana fue inaugurado el Gran Parque de La Plancha, que sin duda se convertirá en un espacio vital para Mérida conforme pasen los días. En lo inmediato recibirá críticas, pero su importancia radica en que es un potencial punto de unión y conexión entre vecinos de varias zonas de la ciudad. Su construcción es resultado de la coordinación entre el gobierno federal y la administración que encabeza Mauricio Vila, cuyo primer efecto ha sido dar un nuevo rostro a la zona, y esta nueva faz ofrece muchos aspectos positivos.
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