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De nuevo los transgénicos

La UE tendrá que permitirse hasta el año 2030 el uso del glifosato
Foto: Reuters

Hace unos días, la Unión Europea – o, más bien, los abogados que en ella dirimen las cuestiones jurídicas – decidieron que tendrá que permitirse cuando manos hasta el año 2030 el uso del glifosato, el herbicida preferente para el cultivo de organismos vegetales genéticamente modificados. Después de oír la noticia por segunda vez (la primera no me lo podía creer del todo), lo que me vino a la cabeza inmediatamente fue una mezcla de “en todas partes cuecen habas”, y “vuelve la burra al trigo”. Parece ser que en todo el mundo resulta difícil otorgar valor al más elemental criterio precautorio, que se piensa que tenemos tiempo de sobra para enmendar más adelante, y para seguir citando lugares comunes, “poderoso caballero es don dinero”, de manera que los intereses económicos siguen controlando la narrativa.

Después de pensarlo un poco más, caigo en la cuenta de que no queda otra que repetir una y otra vez algo que ya hemos dicho muchos en múltiples ocasiones: el discurso de las organizaciones que pugnan por la prohibición del uso de este y otros agroquímicos, y por imponer restricciones al cultivo y consumo de organismos genéticamente modificados tiene una debilidad aparentemente insalvable: en aras de ganar adeptos, o quizá solamente en el ánimo de construir una narrativa más inteligible, se ha optado por enfatizar los daños, presentes o posibles, que puede generar el empleo del glifosato en la salud humana. Si bien a muchos nos parece que el mero riesgo de estos daños es inadmisible, los grandes fabricantes y promotores de esta sustancia, y de los cultivos que dependen de su utilización, encuentran relativamente fácil lograr que las cortes y los actores políticos relevantes encuentren insuficiente toda evidencia de daño. Si bien es cierto que en ciencia es difícil probar que algo no existe, resulta sencillo generar argumentaciones para sostener que los ejemplos y las pruebas de que sí existe no son suficientes, o convincentes. Sobre todo, si se le avientan cantidades ingentes de dinero al asunto.

Concedamos, ante la duda y para propósitos de continuar la discusión, que no se ha probado plenamente que el glifosato y otros agroquímicos tengan una relación causal con problemas de salud. La pregunta es entonces si esto es motivo suficiente como para continuar permitiendo su utilización. Para encontrar respuestas a esta pregunta habrá que poner el énfasis en otra mirada. La que pone por delante la calidad del ambiente, y la sustentabilidad de las actividades humanas. Puestos a sembrar dudas, creo que hay evidencia relevante y suficiente como para preguntarnos si en efecto el cultivo de organismos genéticamente modificados es la única vía para garantizar la seguridad alimentaria de una población global creciente.

Pero ¿será cierto que es la única vía? Ya antes de la aparición de los transgénicos, la humanidad había probado ser capaz de producir alimentos para esa masa enorme de congéneres: las cifras de la Organización de las Naciones Unidas demuestran que, a nivel global, cada vez menos gente sufre hambre, desde hace décadas. Esto no quiere decir que no haya poblaciones con hambre, en pobreza alimentaria y francamente famélicas. La tendencia global no borra los lacerantes contrastes de muchas regiones, como el África subsahariana, áreas de América Latina y el Caribe, o el sureste asiático. La gente pasa hambre, no porque no se producen suficientes organismos transgénicos en el mundo, sino porque la riqueza está injustamente distribuida, y dar más poder a las transnacionales agroindustriales no hará más que exacerbar esta situación.

Por otra parte, lo que resulta mucho más grave, al menos desde mi punto de vista, y que creo que sí está más que suficientemente probado, es que los transgénicos, y los agroquímicos que los acompañan, son una amenaza para la diversidad de los cultivares nativos y sus plantas originarias. El caso de los maíces en México es paradigmático: el crecimiento en la utilización de maíces “mejorados” después de la “revolución verde” (hecha por cierto para asustar a las revoluciones rojas, como dijera hace años acertadamente Hans Magnus Enzensberger), y la incorporación después de semillas genéticamente modificadas, ha venido erosionando la agrobiodiversidad, al desplazar el uso de las semillas nativas, que no suelen contar con el subsidio de los organismos oficiales, o con la presión financiera y comercial de los grandes agronegocios.

A esto hay sumar el efecto que tiene el incremento del uso de los agroquímicos que acompaña a los organismos genéticamente modificados, sobre otros grupos importantes para la biodiversidad, y para la capacidad continuada de los ecosistemas para proporcionar a las comunidades humanas con servicios indispensables para su permanencia en el planeta. El caos más evidente es el de los polinizadores: las poblaciones de los polinizadores más importantes, como las abejas, sin ir más lejos, sufren presiones crecientes frente al embate agroquímico, que ponen en entredicho su capacidad de sobrevivir, y amenazan también su capacidad de generar negocios. Baste con ver la reticencia de los grandes compradores de miel para continuar recibiendo mieles contaminadas con herbicidas y plaguicidas diversos, el glifosato, entre ellos.

Hay, pues, suficientes argumentos para restringir el cultivo de organismos transgénicos, y más aún para prohibir el uso de agroquímicos que, aunque quizá no hayan probado su peligrosidad para la salud humana, sí que queda claro que amenazan los cálidos del ambiente y la biodiversidad. Por criterio precautorio y, ¿por qué no? Por elemental sentido común, tendremos que continuar pugnando por la restricción de unos y la prohibición de otros a nivel global.

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Lea, del mismo autor: Apuesto de nuevo por el optimismo



Edición: Estefanía Cardeña


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