Este martes se dio a conocer la constitución de la agrupación política Alianza Progresista, conformada por un grupo de ex militantes del Partido Revolucionario Institucional (PRI) entre quienes destacan Alejandro Murat Hinojosa, ex gobernador de Oaxaca; Adrián Rubalcava Suárez, alcalde de Cuajimalpa, y los senadores Eruviel Ávila Villegas y Jorge Carlos Ramírez Marín. La alianza, indicaron, es en pro de la candidatura presidencial de Claudia Sheinbaum Pardo, hoy formalmente precandidata por Movimiento Regeneración Nacional (Morena).
La aparición de esta alianza no hace más que confirmar la ruptura del PRI, alguna vez percibido como un bloque monolítico pero que desde su fundación fue la confluencia de los distintos intereses de los caudillos de la Revolución Mexicana, a quienes el general Plutarco Elías Calles, erigido como Jefe Máximo, integró en aras de conseguir la paz en el país y que las disputas por el poder político dejaran de resolverse mediante sublevaciones.
El hecho de que Murat Hinojosa, al referirse a la nueva agrupación, indicara que “encontramos simpatía por la propuesta que tiene proyecto y plan y que propone la transformación de México de la doctora Claudia Sheinbaum” es precisamente indicativo de que en lo que va quedando del PRI, las diferencias han alcanzado un punto irreconciliable y la separación es irreversible.
A diferencia de otros estados, donde algunos todavía militantes e incluso dirigentes priistas se están colocando en puestos directivos de las campañas de los precandidatos de Morena, el priismo nacional enfrenta la diáspora de sus líderes. En la alianza, todos cuentan con un capital político labrado durante décadas, pero también han quedado fuera de los acuerdos promovidos por el actual presidente del partido, Alejandro Moreno Cárdenas.
Las rupturas y conflictos internos del PRI no son nuevos, ni siquiera puede decirse que han sido provocadas por Moreno Cárdenas; al contrario, vienen de hace por lo menos tres décadas, desde que con Carlos Salinas de Gortari se optó por la vía neoliberal en lo económico, dejando atrás a quienes se habían formado en la operación política más tradicional, de calle y colonia, y en favor de los “Chicago boys”, más tecnócratas.
También, la actual simpatía de la alianza por Morena se remonta a los primeros tiempos del otrora partido hegemónico, cuando algunos grupos de izquierda que entonces eran partidarios de instaurar un régimen socialista optaron por colaborar con el PRI, por considerar que ahí tenían un espacio para impulsar propuestas, en lugar de quedar relegados en la competencia electoral y rebasados por la derecha, representada por el Partido Acción Nacional (PAN).
Difícilmente puede decirse que los impulsores de la alianza son gente de izquierda, pero sí han sido opuestos a confundirse con el PAN. Incluso muchos de ellos se formaron considerando a los panistas como el enemigo histórico y al cual favoreció Salinas de Gortari en las “concertacesiones”. Hoy acusan que el blanquiazul es quien lleva la batuta y toma las decisiones de mayor relevancia.
Queda pendiente cuánto podrá sumar la alianza a la causa de Claudia Sheinbaum, pero si a paralelismos históricos nos atenemos, la Revolución Mexicana se hizo con porfiristas; a nadie extrañe entonces que sea necesario abrir espacios a priistas de viejo cuño.
Edición: Estefanía Cardeña
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