El planteamiento puede explicarse con sencillez: la literatura es un objeto estético y las estrategias de autoayuda son mecanismos para la gestión de habilidades específicas que buscan que nuestras emociones no desequilibren esferas diversas de nuestra existencia. Los objetos estéticos operan sobre nuestra sensibilidad (concretamente en la esfera de nuestros sentimientos); las estrategias de autoayuda, en cambio, intentan trabajar con nuestra racionalidad práctica.
Si bien la hibridación de ambas tareas se ha popularizado enormemente en nuestros tiempos, sus resultados son prácticamente nulos pues no se ha desarrollado una literatura siquiera medianamente interesante en ese terreno ni se han resuelto los problemas emocionales de las personas y, por el contrario, cada vez observamos un mayor número de individuos insatisfechos consigo mismos.
Aunque el arte nos abre a la reflexión, su objetivo nunca ha sido enseñarnos nada ni concientizarnos ni mostrarnos los caminos de la redención; antes bien, el arte busca emocionarnos y, eventualmente, causar placer a nuestros sentidos; lo que derive de allí ya no es su responsabilidad. Por otro lado, la hibridación no ha generado ni buena literatura, ni buena sicología (ni sociología, ni nutrición, ni política) y sólo ha servido para abastecer a un mercado que requiere ayuda a través de recetarios y fórmulas esotéricas que nos hacen olvidar que la economía de mercado vive de nuestra insatisfacción permanente.
En el caso específico de la literatura, no es exagerado decir que los escritores vivimos de las miserias humanas; el drama deviene de esas acciones individuales, compulsivas y fatalmente inevitables. La lógica de una situación trágica está determinada entonces por la imposibilidad de un individuo para enderezar un defecto de su personalidad y ello es la causa de su desgracia, según nos lo explicó Aristóteles. Esa estructura dramática ha prevalecido como tal desde hace 2600 años y lo único que ha cambiado a partir de la modernidad es que a ella se ha añadido el drama de una sociedad problemática que potencia los defectos del héroe trágico, tal y como lo explicara a principios del siglo XX György Lukács, refiriendo los orígenes del drama novelesco.
Aristóteles explica algo más en su análisis de la tragedia griega, pues refiere cómo el espectador “mimetiza” sus emociones con las del héroe trágico y se apropia temporalmente de ellas, de tal manera que sufre junto con el protagonista hasta un punto específico en el que espectador y héroe se separan nuevamente y siguen sus propios caminos: el héroe, el de la catástrofe (consecuencia lógica de sus acciones) y el espectador, el de la catarsis (que lo lleva a una reflexión que lo purifica de sus propias fallas trágicas).
Cumplido su objetivo de emocionar, el drama abre un camino a la racionalización de las circunstancias personales, pero ese camino el receptor lo recorre por cuenta propia y ello lo pone en posición de un aprendizaje más cabal y de desarrollo de algunas habilidades.
En sentido contrario, la literatura de autoayuda opera desde un esquema maniqueo pues parte de que el autor se ubica en una posición de poder con respecto del receptor: “tú tienes problemas y yo tengo la solución mágica para ellos”; a partir de allí todo se convierte en mercancía y en perversión: al vendernos una falsa estabilidad emocional y fórmulas para conquistar el éxito, la literatura de autoayuda nos hunde en las oscuridades de un individualismo patológico.
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