—Mi más grande error fue casarme ¿A quién se le ocurre? —María se lleva la mano a la frente y se acomoda el cabello. Lanza sus frases al aire, como para ver en dónde aterrizan.
Al aterrizar en el silencio, continúa:
— Algo tan anticuado, tan pasado de moda. Si mi padre no me hubiera obligado, yo no lo habría hecho.
Intenta disimular su expresión de arrepentimiento. También disimula su mirada que se dirige a mi mano, a mi anular izquierdo: a la alianza, que dibuja reflejos dorados en su negra pupila.
—¿Por qué la obligaron?
Lo que considera su mayor error comenzó a los 18 años. Un embarazo no planeado, no deseado, ni siquiera imaginado. En su fantasía adolescente los riesgos no existían si uno no los piensa. Cuando sus padres se enteraron, el único medio para salvar su honra —así lo llamaron ellos— fue casarse.
—Él era bueno, y yo lo quería. Por eso intenté convencerme de que era mi media naranja. ¿Cómo puede saber una, a los 18, que alguien es su media naranja?
Hace casi 2 mil 500 años que Platón meditó sobre lo que María intentó convencerse. En El banquete, en voz de Aristófanes, medita sobre el amor, a través del mito del Andrógino. En un principio existían tres tipos de seres redondos: hombre, mujer y andróginos. El andrógino era un ser perfecto. Tenía cuatro pies, cuatro manos, dos cabezas y los dos sexos. Sin embargo, nos explica Platón, cometieron un error: tramaron conquistar el reino de los dioses, como ya antes lo habían hecho los gigantes. Entonces los dioses decidieron escarmentarlos.
—Al principio las cosas fueron bien. Parecía una vida perfecta. Nació bebé, y mi esposo y mis padres estaban felices.
—¿Y usted lo estaba?
Por respuesta, una sonrisa.
La ira de los dioses suele ser destructiva. Zeus tomó su rayo y partió en dos a los Andróginos. No los mató porque los necesitaba para ser adorado. Lo que hizo fue poblar la tierra con ellos. Dice Platón: desde entonces cada parte de este ser busca su otra mitad, su completud. El ser andrógino, ahora imperfecto, busca su otra parte —que antes estuvo unida— para completarse. Y también la parte de hombre busca su parte de hombre, y la parte de mujer busca su parte de mujer.
—Al principio sí estuve feliz —acepta María—. Dos años, quizá cinco. Cuando cumplí 23 fue imposible preguntarme por qué había dejado todo. Mis amigas tenían carrera, viajaban, gastaban su dinero en lo que querían. Yo seguía en el intento de forzar un amor que no existía. ¿Usted qué opina? ¿Existe el amor que dura? ¿Existe la media naranja?
La ira de los dioses, nos dice Aristófanes, es misericordiosa. Tras la separación de los andróginos, Zeus fue benevolente. Observó cómo estos seres se abrazaban para acompañarse, aunque después tuvieran que renunciar a la unión. Así, reconoció que estaban muy solos. Por eso puso sus sexos de frente, para que pudieran copular y, de esta forma, eternizarse. Sólo por medio de la eternidad el amor se sucedía.
—Quizá hay quienes sí lo piensan… y yo también. Sólo que no ahí, no con él, no en ese momento. Perdón —señala mi alianza, esta vez, sin disimulo—. Usted no se me vaya a divorciar.
Baja la mirada, como si temiera que su duda, cual rayo de Zeus, fuera a partirme a mí y a lo mío.
Su cuestionamiento, más allá de alejarnos, nos acerca a las respuestas. Porque es la duda, creo, de cuanto hombre y mujer ha existido. ¿Es el amor una necesidad de encuentro, un deseo de completud? Y en la pregunta, un inevitable temor a la confirmación de que una fuerza, externa e implacable, decida nuestro destino. Como el rayo de Zeus, como la palabra del padre: el primero separando, el segundo uniendo. Ambos para salvar su propia honra.
Alonso Marín Ramírez es escritor, sicoanalista y siquiatra de adultos y niños.
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