Este domingo, con el primero de los tres debates entre Claudia Sheinbaum Pardo, por la coalición “Sigamos Haciendo Historia”; Xóchitl Gálvez Ruiz por la alianza “Fuerza y Corazón por México”, y Jorge Álvarez Máynez por Movimiento Ciudadano (MC), se cumplieron tres décadas de enfrentamientos cara a cara entre candidatos presidenciales en México.
Durante la primera mitad de la década de 1990, la exigencia de celebrar debates fue haciéndose más fuerte, como parte de una mayor participación ciudadana en las elecciones y a fin de que los votantes contaran con información clara, obtenida directamente de los candidatos, y las propuestas contrastadas sobre sus intenciones en caso de llegara al gobierno. La expectativa sigue siendo eso, una aspiración, y en ocasiones han sido más las ocurrencias que las propuestas sensatas.
Siempre cabe preguntar cuál es el interés de la ciudadanía porque de verdad está interesada en escuchar propuestas y en cuestionar el cómo; si de verdad pretende informarse seriamente a fin de definir su voto. El hecho de que el Instituto Nacional Electoral haya recibido más de 24 mil preguntas, de las cuales se seleccionaron 108, es indicativo de que existe un interés, pero probablemente éste sea el de una élite que entiende la participación en política como algo mucho más amplio que acudir a votar periódicamente. Entonces, la idea de que los debates son un elemento que puede alterar radicalmente la intención del voto y convencer a quienes se encuentre indecisos, es una hipótesis.
Agreguemos que pocas personas llevan el registro de las promesas electorales. Por el contrario, en la memoria colectiva permanecen como aspectos destacados en los debates han sido ocurrencias, como la idea de cortarle la mano a los delincuentes, el incidente por el vestido de una edecán, o la frase “Ricky riquín canallín”. El contraste de propuestas pasa a segundo o tercer término y por lo general se juzga el desempeño del candidato, su capacidad de responder al bote pronto y la de pasar rápidamente al ataque, de preferencia personal.
Una de las principales expectativas para el actual proceso electoral se relaciona con la novedad de tener a dos mujeres como las candidatas punteras. Esta situación sería suficiente para esperar una forma novedosa de hacer política y de conducirse en el debate. La expectativa se disolvió en el aire desde el primer minuto, pues ninguna de las candidatas, y menos Álvarez Máynez, dejó de recurrir al ataque personal en cada una de sus intervenciones.
De nueva cuenta hemos presenciado un debate en el cual los candidatos buscan dar un golpe mediático para acercarse a la puntera Sheinbaum. De nuevo vimos a ambos sacar una gráfica con la fotografía de cualquiera de los adversarios en una situación comprometedora. La abanderada de “Sigamos Haciendo Historia” tampoco desperdició oportunidad para recurrir a la misma táctica. En formas, seguimos en lo mismo y, en palabras de uno de los más grandes ideólogos que ha dado México, “en política, la forma es fondo”.
También, desde hace 30 años, nadie ha escapado a la tentación de proclamarse ganador del debate, Es uno de los usos y costumbres que llegó para quedarse y ahora no fue la excepción: Tanto Claudia Sheinbaum como Xóchitl Gálvez y Jorge Álvarez hicieron lo propio. Se trata de un llamado a las bases del partido, que decidieron de antemano el sentido de su voto, para que se activen y agreguen a más personas a sus redes. Ahora bien, la elocuencia, la capacidad de oratoria, no garantiza que se sea buen administrador o mejor gobernante.
Al concluir el primer debate de los tres programados, los temas que se perfilan para ser recordados son los calificativos de “fría y sin corazón” y “la mentirosa candidata del PRIAN” que se intercambiaron Claudia Sheinbaum y Xóchitl Gálvez. Por parte del INE, resultará lamentable que lo más destacado serán los problemas con el cronómetro que el enorme esfuerzo de hacer transmisiones simultáneas en varias lenguas indígenas.
Fue el primero de tres encuentros, y seguramente a estas horas están activos los respectivos “cuartos de guerra”, para definir la estrategia para el próximo encuentro. Los cálculos estarán tanto en cómo aumentar o disminuir la ventaja, pero también en que las expectativas para el segundo y el tercer debate no resulten en inhibir la intención de acudir a las urnas el 2 de junio.
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