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Foto: Juan Manuel Valdivia

En una democracia, los números son sumamente importantes. En este sistema, la legitimidad de un gobierno es directamente proporcional a la cantidad de votos obtenidos en cada jornada electoral y las elecciones deben celebrarse periódicamente. Una alteración que resulte en inhibir la asistencia de la ciudadanía a la cita con las urnas o que ésta no tenga lugar en las fechas establecidas previamente por las autoridades, termina por cuestionar severamente el origen de quienes deberán gobernar.

Ahora, mundialmente, los partidos políticos, como entidades que encauzan la participación de la población en los asuntos políticos, se encuentran sumamente desprestigiados. No en balde existe la percepción de que existen organismos ciudadanos en oposición a los partidos políticos; como si estos no estuvieran conformados por hombres y mujeres que pretenden ejercer sus derechos políticos.

Volviendo a los números, las democracias consideran varios: el que resulta de la lista nominal de electores o padrón electoral (universo de sujetos con derecho a sufragar), la de quienes sí depositan su voto en las urnas y el porcentaje de individuos en la lista que votó. Este último es el de participación ciudadana, que termina traduciéndose en capital político y respaldo popular para quien resulte vencedor en la jornada.

Los números, finalmente, miden el interés de la ciudadanía en respaldar con su voto, primero a un candidato determinado y segundo al sistema electoral. Es entonces cuando se requiere evaluar los criterios por los cuales puede considerarse exitosa la organización de un proceso electoral.

Resulta interesante ver que, en números relativos, la participación ciudadana ha disminuido desde la década de 1990. El dato parecería alarmante, si se considera que la elección más concurrida ha sido la de 1994, que arrojó una participación nacional de 77.16 por ciento. Si se recuerda que aquel fue un año de crisis política violenta (con la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el asesinato del candidato presidencial del PRI, del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y de José Francisco Ruiz Massieu, líder del PRI). La asistencia a las urnas se vio como una esperanza de resolver la crisis por medios pacíficos.

Desde entonces, la población ha ido en incremento y el porcentaje de votantes ha disminuido; no así el de votos emitidos, que ha ido en aumento. Resulta llamativo que el Instituto Nacional Electoral (INE) considere alta la participación, en elecciones concurrentes, cuando el porcentaje de participación supera el 54 por ciento como media nacional. Es decir, que vote apenas un poco más de la mitad del padrón.

Así, en el recién concluido proceso electoral, que fue denominado el más grande de la historia contemporánea por la cantidad de cargos que debían elegirse, la media nacional de participación fue del 61.04 por ciento. Esto implica que casi cuatro de cada 10 ciudadanos, por las razones que se quiera, optaron por no sufragar.

Pero destaca la participación de Yucatán, que fue superior a la media nacional en más de 10 puntos porcentuales, con 71. 67 por ciento; con todo y que la jornada fue sumamente calurosa y los reportes de apertura tardía en varias casillas, por inasistencia de los funcionarios y suplentes.




La participación, más que números, aporta un dato cualitativo: el interés de los yucatecos porque sus autoridades cuenten con el mayor respaldo posible. Se entiende que el voto obliga a quienes resultaron ganadores a cumplir con sus promesas de campaña y también a que habrá una ciudadanía vigilante de las autoridades. Cuando se tienen porcentajes arriba de la media, quiere decir que hay una población que de alguna manera cree en la importancia de su voto y que considera que tiene el derecho a ser escuchada.

El ganador de la elección en Yucatán, Joaquín Díaz Mena, cuenta entonces con un gran respaldo de la población. Este es un mensaje que debemos entender todos, porque le tocará precisamente gobernar para todos y no para unos cuantos. Quien apueste por su fracaso estará apostando por enrarecer el clima de la entidad y por hacer realidad todo lo malo que se dijo que ocurriría si Huacho y el partido que lo postuló llegaran a triunfar. Los votos ya hablaron, le queda ahora al gobernador electo encabezar un gran proyecto del cual todos los habitantes del estado podamos sentirnos orgullosos.

Edición: Estefanía Cardeña


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