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Confusiones en la lluvia

El oficio de vivir
Foto: Fernando Eloy

Salió como todos los días de lluvia a cazar pasajeros. —Como están urgidos siempre pagan más—, se dijo. No hacía mucho que para completar la quincena se hizo socio de las plataformas de transporte y ya había experimentado que con la lluvia le iba mejor.

Suena el timbre en el celular: una solicitud muy cerca de su casa, a sólo dos cuadras. La aplicación que usa es de subasta, ofrecen 45 pesos por recorrer unos cuantos metros, se siente abusivo al ofrecer 50, acepta el pasajero y se dirige al domicilio.

Google maps “se equivoca", lo manda a la calle 31 A, le marca al pasajero y le indica que es la calle 31 C, da la vuelta, llega a la calle y vuelve a marcar. —No, te dije: "es la 31, ¿sí?", sin letra— confirma la voz del otro lado del celular. —Ok, voy para allá—; llega ya fastidiado por las vueltas y porque estaba frente a un viaje de buena ganancia frustrado y se encuentra con una mujer de hermoso rostro en silla de ruedas, flanqueada por un chiquito tipo Harry Potter y dos hombres maduros.

Abre la cajuela pensando en que la usarán. —No llevaremos la silla—, le dice gritando el más viejo del grupo, cierra la cajuela, espera a que abran las puertas y todos suban al auto, la joven está incómoda en cómo la cargan y la lluvia arrecia, finalmente todos a bordo. Empieza el viaje. —Pinche lluvia—, dice el que queda como copiloto.

Los yucatecos acentúan lo que expresan con palabras tocando al interlocutor, aún sin conocerlo. —"¡Má, necesito un mecánico, gallo; tenemos coche, pero, puta, todos son más rateros!— golpea al antebrazo.

Les recomienda uno que él considera honesto, les da su teléfono y se muestran agradecidísimos. —"Eres chingom", le dice. 

—Nos vamos a estacionar ahí en el Monte de Piedad, ¿será que nos puedas esperar unos minutos y te pagamos ya fuera del viaje?

—Sin problema—, les confirma, después de que la mujer le informa que van, por su “sía buena” que está empeñada. —Entendí que me dijo que su “tía buena”— les confiesa, y se puebla el auto con una carcajada sonora.
—Eres un huachito simpático, ija, espérame tantito—, se baja el padre de familia, tarda un poco en regresar con la “silla de ruedas buena”.
—Ahítaeia, mi tía empeñada—, se carcajea la mujer, a quién le pide: —disculpe la confusión, señora.
—¡Mare, ya me dijiste donia!
—No era mi intención, señorita.
—Tampoco, señorita, ¿no ves que traigo a mi macho?.
—Entonces ya no sé cómo decirle".
—No te preocupes, cotorrea, coneo, me llamo Genny.
—¿Cuánto te debo”, inquiere.
—Lo que marcó el viaje, no se preocupe.
—Toma cien— le extiende el billete.
—No, es mucho— le contesta el chofer en un arrebato de honestidad y simpatía.
—Tómalo, hombe, hoy tenemos dinero, no ves, hasta sacamos a mi “tía la buena” del monte. Ya mañana veremos qué empeñamos, hoy toca hasta para el cine, que te vaya bien, gallo.

Con el billete arrugado entre las manos, recuerda una escena de Blade Runner en donde dice uno de los protagonistas: “Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Hora de morir”.


Lea, del mismo autor: Henequén, la verde identidad

Edición: Fernando Sierra


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