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Desde 2018, la fortaleza del movimiento político que encabezó Andrés Manuel López Obrador en México no ha parado de crecer. Esto ha sido a costa de los partidos tradicionales, que en algún momento suscribieron el Pacto por México, que ya se antoja lejano. Así, Movimiento Regeneración Nacional (Morena), el partido que encausó el proyecto, ha obtenido victorias cada vez más contundentes y en el futuro inmediato no se vislumbra mayor dificultad para seguir cosechando triunfos electorales.

En palabras de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, pronunciadas durante su conferencia diaria del lunes 13 de enero, “el movimiento de la cuarta transformación está más fuerte que nunca. Eso es lo que molesta a los adversarios políticos”; esto tomando en cuenta que apenas el domingo la titular del Ejecutivo federal rindió en el Zócalo de la Ciudad de México el informe de sus primeros 100 días de gobierno, ante una multitud de ciudadanos.

El apoyo a Sheinbaum y el proyecto que representa es innegable. “No puede haber divorcio entre pueblo y gobierno”, es la premisa que se ha seguido desde Morena, en el entendido de que la popularidad -traducida también en la cantidad de votos que se recibirá oportunamente en el siguiente proceso electoral -es porque la población se siente representada efectivamente por su gobierno.

Pero también debe reconocerse que, desde 2018, la oposición se encuentra en la lona, desorganizada y en consecuencia ha obtenido menos puestos de representación y el tamaño de los partidos que la componen va a la baja; incluso el Partido de la Revolución Democrática (PRD) fue declarado extinto.

El escenario de un partido prácticamente omnipotente, sin una oposición importante, tampoco es conveniente. México ha coqueteado en otros momentos con gobiernos sin críticos o en el que estos son tildados de locos. Particularmente en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), la desbandada ha sido constante. Ahora, incluso el Grupo Atlacomulco ha encontrado cabida en Morena, a pesar de haber representado un bastión emblemático del PRI en todo el país. Esto resulta sintomático en cuanto a la rapidez con que Morena puede terminar siendo un conglomerado de intereses, más que un movimiento con un programa de gobierno.

Las historias de grupos políticos locales pretendiendo incrustarse en las estructuras con mayor probabilidad de obtener el poder en una elección son muchas y en México han dado origen a estructuras tanto informales, como en el porfiriato, e igualmente formales, como los partidos surgidos durante el siglo XX, en las que lo más importante era la disciplina y el respeto a los acuerdos “en lo oscurito” y no necesariamente la fortaleza en el terruño. El propio Porfirio Díaz, refiriéndose a la ausencia de un partido de oposición a él, reconoció en la entrevista concedida al periodista James Creelman que sus enemigos eran muy pocos y preferían no figurar públicamente, pero que personalmente deseaba ver surgir la oposición: “si aparece, lo consideraré una bendición, no un mal. Y si puede desarrollar poder, no para explotar, sino para gobernar, estaré a su lado, lo apoyaré, lo aconsejaré y me olvidaré de mí mismo en la inauguración exitosa de un gobierno completamente democrático en el país”.

Pero mientras, ni el PRI, ni el PAN cuentan con figuras que realmente constituyan un desafío a la fortaleza de Morena; al menos no se ve un liderazgo que despunte con miras a las próximas elecciones intermedias, ni que desde alguna de las Cámaras utilice la tribuna para otra cosa que no sea insultar a los morenistas. La capacidad de argumentar, aparentemente, es una a cuyo ejercicio han renunciado.

El mayor riesgo para Morena, entonces, es convertirse en el partido del cual ha querido diferenciarse, pero la dirección que en su momento indicó Andrés Manuel López Obrador es moral y condensada en tres prohibiciones; cuando se insiste en el pragmatismo por encima de los principios, lo que se tiene no es un partido sino una bolsa de trabajo. La oposición está disminuida, pero a México no le conviene que su extinción; necesita, eso sí, nuevos cuadros y dirigentes que dejen de ver sus membretes como oportunidades de negocio.

Edición: Estefanía Cardeña


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