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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

La elección extraordinaria del Poder Judicial de la Federación, y en 19 estados, es el tema central en la agenda política nacional en estos días; y así lo será hasta que se den a conocer los resultados oficiales definitivos el 15 de junio. El punto en el cual se ha centrado la discusión es la (no) participación de la ciudadanía, que según la proyección del Instituto Nacional Electoral (INE) estará entre el 12.57 y el 13.32 por ciento del padrón electoral; en cifras absolutas, alrededor de 13 millones de votantes.

Es cierto que hay una gran diferencia entre la lista nominal de electores y el número de votos depositados en las urnas. Y todavía entre estos habrá que restar los que hayan resultado nulos, ya sea porque al votante se le hizo particularmente difícil comprender una boleta en específico, ya sea porque escogió anular completamente todas las papeletas que recibió. Pero también hay abismo entre decir “no salió nadie a votar” y que 13 millones de personas hayan acudido a la cita con las urnas. Cuestión aparte es la participación de quienes actuaron como funcionarios de casilla, que se mantuvieron al pie del cañón durante toda la jornada dominical.

Y si bien la presidenta Claudia Sheinbaum ha referido que el número de participantes en esta elección extraordinaria fue superior a la votación obtenida en 2024 por los principales partidos de oposición; el Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN), quienes ya anunciaron que buscarán la anulación de los comicios fundados en la baja afluencia y alta abstención, es de llamar la atención que, en efecto, la participación no es ni por asomo la acostumbrada en un proceso electoral regular, del Poder Ejecutivo y Legislativo, pero sí supera a la que recibieron ambos partidos el año pasado.

Entonces, lo que no se definió desde un inicio fue una cifra mínima para considerar exitosas las elecciones extraordinarias. De que se anticipaba una participación baja, sí, pero poco se dijo acerca de establecer un punto para que, fuera de toda duda, el proceso fuera reconocido como legítimo de facto; esto porque los mismos partidos mantuvieron la postura de descalificar la elección del Poder Judicial prácticamente de origen, aunque se sustenta en una reforma a la Constitución.

Pero de nueva cuenta, la estrategia opositora no fue la de fortalecer la práctica democrática. De haberle interesado hacerlo, se habrían concentrado en el marcaje hacia los candidatos que a su juicio se encontrasen más identificados con la Cuarta Transformación y promovido a quienes ubicara como más afines. La apuesta fue por dejar de transmitir que existía información disponible en la plataforma del INE y los respectivos Organismos Públicos Locales Electorales (OPLE), y reforzar las consignas de “vamos a votar por desconocidos”, “quieren controlar al Poder Judicial”, y recurriendo incluso a memes que resultan en el auto reconocimiento del votante como idiota (en el sentido etimológico de la palabra), sintetizado en la frase “ni siquiera sé elegir un aguacate, ¿qué voy a escoger jueces y magistrados?”.

Lo que hicieron los partidos de oposición fue debilitar una de las cualidades básicas de la ciudadanía: la búsqueda de información confiable. Esto implica otro interés particular: no les interesa facilitarle información a la ciudadanía, pues eventualmente ésta podrá llamarles a rendir cuentas.
Los discursos que buscan descalificar el proceso electoral por la baja participación pueden terminar cayendo incluso por el historial de algunos de estos partidos, especialmente los que en tiempo ya lejano argüían que el voto de uno solo de sus simpatizantes valía más que el de cientos que habían sido comprados o coaccionados, porque se trataba de alguien que se había informado. Así, ¿cuántas personas, de los 13 millones que sufragaron, lo hicieron armadas de un “acordeón” elaborado por ellas mismas? Cualquiera de ellas lo hizo por no permanecer indiferente y tampoco siguió una consigna, más que votar. Esas son las que le han entregado un voto legítimo, inmune a cualquier llamado a anular el proceso, y eso vuelve exitosa la jornada electoral.
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Edición: Estefanía Cardeña


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