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Foto: Efe

En la aberrante hipótesis de que Donald Trump hubiese sido declarado Premio Nobel de la Paz, tal vez las invitaciones a la ridícula ceremonia de entrega habrían llevado algunas de las frases recientes del halcón que quiere hacerse pasar por blanca paloma conciliadora: “no tendremos más opción que entrar y matarlos”, dijo ayer como asesina advertencia a Hamas, luego de que en Gaza se produjeron actos letales contra “un par de bandas muy malas”, lo cual al selectivo apaciguador naranja, “para ser honesto”, no le “molestó mucho”, reconoció.

Al persistente aspirante al Premio de la Paz de los Sepulcros le urge cualquier pretexto para declarar en falta a la parte palestina y aplastar los reductos de resistencia al plan que implica, por un lado, lo inmobiliario y turístico que desea desarrollar en Gaza (con la participación muy lucrativa del yerno Jared Kushner, que se mueve ventajosamente entre lo paragubernamental, lo familiar y lo empresarial privado) y, por otra parte, la consolidación del asociado poderío israelí en la región.

El rayo exterminador naranja no ataca sólo en tierras extracontinentales. En América se lanza contra ciudades estadunidenses gobernadas por miembros del Partido Demócrata (“guerra” fratricida entre élites que, a la hora de los altos intereses dominantes, terminan siendo casi lo mismo, con diferencias menores). Un individuo sentenciado como criminal, que se revuelve para impedir que se difunda el expediente Epstein que podría mostrarlo como pedófilo constante, notablemente enriquecido mientras es presidente de Estados Unidos, ha desatado una guerra abierta contra “la izquierda” en general y sus enclaves universitarios, culturales y de protección a migrantes.

Si así se muestra hacia adentro, habrá de verse cómo es hacia afuera. Por ello es que se solaza de ordenar asesinatos de personas que viajan en pequeñas embarcaciones en el mar Caribe, a las cuales se les declara narcotraficantes y, por tanto, se les condena a la muerte sin pruebas ni juicio. Todo, en realidad, con la mira puesta en Venezuela y Nicolás Maduro.

No hay absolutamente ningún sustento legal para esos ataques letales de las fuerzas armadas gringas, que tienen 10 mil militares en aquella zona. No hay guerra declarada ni autorización del Congreso ni norma de derecho internacional que pudiera justificar lo que debe calificarse como asesinato con agravantes.

Trump está ordenando a parte de su ejército que realice tareas no sólo inmorales e históricamente condenables, sino judicialmente punibles si hubiera contrapesos eficaces. Por lo pronto, el secretario gringo de Guerra ha anunciado el retiro, “a fin de año”, del almirante Alvin Holsey, jefe del Comando Sur que, en tal función, es el supervisor de las operaciones armadas de Estados Unidos en Centro y Sudamérica, entre ellas los ataques a embarcaciones en las cercanías de Venezuela. Según publicó ayer The New York Times, en realidad el almirante Hosley habría renunciado al cargo, aunque la decisión pretende ser presentada por el Pentágono como un retiro laboral para fin de año.

Tal renuncia sería significativa como parte de un descontento creciente entre las fuerzas armadas del país imperial ante las decisiones ilegales e inaceptables de Trump, quien maltrató el último día de septiembre, en Quantico, Virginia, a 800 altos mandos que tuvieron que viajar desde diversos lugares del mundo, a la carrera, para atender un citatorio extraño en el que el presidente les dijo que deben usar “ciudades peligrosas” de Estados Unidos como “campo de entrenamiento” y que deben acomodarse a las nuevas líneas trumpistas o renunciar a sus cargos.

Y, mientras el cabildeo de las refresqueras hizo burbujear azucaradamente al gobierno federal y los diputados, crédulos en Palacio y en San Lázaro de las promesas de enmiendas calóricas y propagandistas de cocacoleros y conexos, ¡hasta el próximo lunes, con el PAN soñando con “relanzamientos”!


Edición: Estefanía Cardeña


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