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Mis amigos los árboles

Compañeros del viento, danzan, cantan, lloran y tiñen su alma de colores diversos
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Llegar a Mérida fue entrar en un mundo donde los árboles hablan primero.
A un lado y al otro, por todas partes, aparecían como presencias verdes
que reciben y nombran la tierra. Había árboles altos como guardianes
antiguos y pequeños como secretos tiernos, pero todos frondosos, vivos,
derramando una sinfonía de verdes. Entre esos verdes brillaba un
arcoíris inesperado: hojas azuladas, rojizas, amarillentas, moradas,
cafés infinitos, grises suaves, naranjas encendidas. Era la naturaleza
pintándose a sí misma, sin prisa, revelando su alma color por color.

Mi primer amigo árbol llegó cuando en casa las cosas se llenaban de
sombras. Yo corría hacia él, trepaba su tronco firme, lo abrazaba, y ahí
desaparecía el miedo. Aprendí temprano que los árboles no se van:
permanecen. Son compañeros del viento; con él danzan, cantan, lloran,
escuchan, comprenden y acompañan. Bajo la tierra, sus raíces se
entrelazan con otras como manos que buscan consuelo. Tienen amores, se
besan, se encuentran. En su silencio descubrí que la fortaleza puede ser
suave.

Caminar por un parque o por el Paseo Montejo es caminar con ellos, no
solo entre ellos. Su presencia entra en uno, acompaña, abraza. Los
árboles hablan sin voz, y sin embargo lo dicen todo. Al abrazarlos
siento cómo curan el alma, alinean las emociones, aquietan el cuerpo.
Ellos recuerdan que la vida se sostiene en cosas sencillas: la sombra,
el aire, la quietud, la compañía silenciosa.

En mi jardín plantamos un árbol de neem, un ser dulce y tierno, casi
tímido. Crecía como crecen las cosas que saben esperar: sin ruido, sin
exigencias. Cuando un huracán lo derribó, cayó con una delicadeza
imposible. No lastimó bardas ni plantas vecinas; buscó la tierra como
quien busca un abrazo. Así entendí que algunos árboles enseñan con su
manera de caer.

Ahora tengo un árbol de limones, luminoso y generoso. Da frutos todo el
año: con calor, con frío, con lluvia y con viento. A veces parece que
respira al ritmo de la casa, ofreciendo limones como quien ofrece un
gesto de ternura. No pide nada, solo existe. En esa forma simple y
completa me enseña que la abundancia no es tener mucho, sino dar sin
miedo, dejar que la vida se exprese a través de uno.

Aquí en Mérida tengo muchos amigos árboles, y ellos permanecen como un
pequeño consejo de sabios alrededor de mi vida. Cada uno guarda un
secreto distinto: el silencio que calma, la sombra que cobija, la
paciencia que mira pasar los días sin ansiedad. Con ellos aprendo que la
vida se vive plenamente cuando nos detenemos a mirar un árbol con calma,
cuando permitimos que la prisa se disuelva y dejamos que la mirada
repose en una hoja o en un rayo de luz tembloroso. Solo en esa quietud
aparece una verdad sencilla: existir no es correr, es estar.

Mirar un árbol, mirar la naturaleza, es contemplar la manifestación de
lo intangible: algo que no se toca pero que nos toca, algo que no
podemos nombrar por completo pero que nos sostiene. Los árboles revelan
que la vida es un tejido invisible hecho de presencias silenciosas, y
que basta detenerse —mirar, escuchar, sentir— para que el alma recuerde
su lugar en el mundo. Parece que no hacer nada nos da culpa, pero es
ahí, en esa pausa profunda, donde empezamos a escucharnos y a
pertenecer. En ese instante de quietud, la vida se revela.

Lea, de la misma columna: Ambición y deseo

Edición: Fernando Sierra


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