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Equilibrar investigación y docencia en la Universidad

Es necesario continuar fomentando la cultura de mentoría
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

En muchas escuelas, facultades, centros e institutos de vocación interdisciplinaria, especialmente aquellas que integran las cuatro áreas de conocimiento: 1) Ciencias Físico-Matemáticas y de las Ingenierías; 2) Ciencias Químico-Biológicas y de la Salud; 3) Ciencias Sociales, y 4) Artes y Humanidades, se observa una tendencia clara: los académicos priorizan la investigación por encima de la docencia. Este énfasis ha permitido consolidar una planta académica de excelencia, reconocida por la calidad y el impacto de sus publicaciones y proyectos. Lo anterior se observa en los premios conferidos, en las subvenciones obtenidas, en los reconocimientos otorgados. Tal es el caso de la ENES Mérida y su planta académica.

Sin embargo, el costo de esta orientación ha sido una matrícula escolar baja y una menor atención a la formación de estudiantes de licenciatura. Ante este panorama, surge la necesidad de equilibrar ambos aspectos, sin sacrificar la investigación de primer nivel, pero reconociendo que la docencia es igualmente estratégica para la sostenibilidad institucional.

A nuestro parecer, el primer paso para lograr dicho equilibrio es generar conciencia colectiva y cultura institucional. Los académicos deben ser conscientes de que la matrícula escolar no es únicamente un indicador administrativo, sino la base que garantiza la continuidad de la entidad. Sin estudiantes, la investigación pierde un componente esencial: la formación de nuevos recursos humanos que eventualmente se integrarán a los equipos de investigación, a la sociedad y al mercado laboral. La docencia, lejos de ser una carga, es un espacio para transmitir la pasión por la investigación y despertar vocaciones científicas en los jóvenes.

Es necesario revalorar los incentivos institucionales existentes que reconocen la labor docente. Así como se valora, y prioriza, de manera amplia el acceso a los estímulos para publicaciones y proyectos financiados, debemos imaginar mecanismos que revaloren la calidad de la enseñanza, la innovación pedagógica y la capacidad de atraer y retener estudiantes. Estos incentivos son primordialmente de carácter económico, una opción es hacerlos también simbólicos: premios, menciones honoríficas, visibilidad en redes y medios, además de otorgarles créditos en los informes institucionales. La clave está en mostrar que la docencia es un componente de prestigio, no un requisito menor.

Otro aspecto fundamental es la integración entre investigación y docencia. Nuestros programas de licenciatura pueden, y deben, incorporar proyectos de investigación desde etapas tempranas, permitiendo que los estudiantes participen en seminarios, laboratorios y grupos de trabajo. Los académicos no deben sentir que enseñar es una actividad separada de investigar, sino que ambas se retroalimentan. Los estudiantes, por su parte, se benefician al tener contacto directo con investigaciones de frontera, lo que incrementará su motivación y compromiso.

Paralelamente, es necesario continuar fomentando la cultura de mentoría. Los académicos, sean investigadoras, investigadores, profesoras, profesores o técnicas y técnicos académicos, pueden asumir el rol de tutores, guiando a los estudiantes en proyectos pequeños, publicaciones conjuntas o presentaciones en congresos. Este acompañamiento no solo fortalece la formación de los jóvenes, sino que también genera un sentido de pertenencia institucional en la planta académica, al ver que su legado trasciende más allá de los artículos publicados.

Finalmente, es crucial establecer un plan de comunicación estratégica que muestre los beneficios compartidos. Los académicos deben visualizar que un aumento en la matrícula escolar implica más recursos financieros, mayor visibilidad institucional y más manos y mentes disponibles para apoyar la investigación. Convencerlos de priorizar lo institucional sobre lo personal requiere demostrar que el éxito individual está íntimamente ligado al éxito colectivo: una escuela con estudiantes motivados y bien formados es una escuela con futuro.

Equilibrar investigación y docencia no significa restar importancia a la primera, sino reconocer que ambas son pilares inseparables de la vida universitaria. La excelencia académica se mide no solo por los proyectos de investigación, sino también por la capacidad de formar generaciones que continúen y expandan ese conocimiento. Convencernos de esta visión es apostar por la sostenibilidad y el impacto real de la UNAM en la sociedad.


Edición: Estefanía Cardeña


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