Opinión
Lourdes Álvarez
31/12/2025 | Mérida, Yucatán
¿Qué pasa cuando el año se acaba, cuando termina un fin de semana, unas vacaciones, una fiesta, un trabajo, un noviazgo o un matrimonio? Algo en nosotros se detiene por un momento. Esos finales —y en especial el fin de año— nos regalan una pausa para mirar lo vivido, reflexionar y preguntarnos qué queremos conservar y qué ya no queremos seguir cargando. Como si el tiempo nos pidiera silencio para mostrarnos que algo ya cumplió su ciclo. Los finales, incluso los más pequeños, nos recuerdan que la vida sigue avanzando y que nada permanece igual para siempre.
Frente a esos cierres solemos movernos entre dos emociones. A veces nos entusiasma lo que puede comenzar; otras, sentimos tristeza y creemos que con ese final se va también nuestra alegría. Como si la felicidad dependiera de cuánto duran las cosas y no de cómo las vivimos.
Aceptar una pérdida o una despedida nos enfrenta a una verdad sencilla pero difícil: todo cambia. Nada se queda fijo, nada nos pertenece del todo. Sin embargo, muchas veces vivimos tratando de aferrarnos, como si así pudiéramos detener el paso del tiempo o protegernos del dolor.
Los griegos entendían la palabra crisis no como una desgracia, sino como un momento de decisión, un punto de cambio que abre la posibilidad de algo mejor. Desde esa mirada, las crisis no llegan para castigarnos, sino para ayudarnos a ver con más claridad. El tiempo no quita por quitar: ordena, limpia, enseña.
Cuando algo termina, sentimos que perdemos una parte de nosotros. Pero quizá lo que se va no es lo más importante, sino aquello que ya nos dio lo que tenía para darnos. La vida, al moverse, nos invita a soltar lo que ya no nos acompaña para poder crecer.
Muchas veces confundimos amar con poseer, cuidar con controlar, seguridad con permanencia. Nos apegamos a los hijos que tienen que crecer, a los trabajos que nos dieron identidad, a las relaciones que nos hicieron sentir en casa. Y cuando ese apego se vuelve rigidez, aparece el sufrimiento: la sensación constante de estar perdiendo algo frente a un mundo que cambia todo el tiempo.
El desapego no es frialdad ni indiferencia. Es una forma de amor más consciente. Es entender que amar también es dejar crecer, que acompañar no es retener y que cuidar no siempre significa evitar el cambio. El desapego nos ayuda a relacionarnos mejor con la vida, tal como es, y no como quisiéramos que fuera.
Aceptar el cambio es aceptar el tiempo. Y aceptar el tiempo es aceptar que somos humanos: finitos, cambiantes, imperfectos. Pero es justamente ahí donde aparece el sentido. No en lo que dura para siempre, sino en el camino. No en el control, sino en la confianza.
Atravesar las crisis puede ser, entonces, una experiencia esperanzadora. Cada quiebre nos invita a detenernos, a pensar, a aprender. A reconocer lo que nos hizo bien y también lo que ya no queremos repetir. En ese gesto sencillo pero valiente, dejamos de vivir desde el miedo a perder y empezamos a vivir desde una mayor comprensión.
Tal vez la sabiduría consista en aprender a caminar con el tiempo, en aceptar los cierres y en confiar en que ningún final es vacío. Cada final abre un espacio nuevo y, al soltar, la vida vuelve a ofrecernos —de otra manera— lo que necesitamos para seguir adelante.
Edición: Estefanía Cardeña