Opinión
Ronald Rojas
04/01/2026 | Mérida, Yucatán
En agosto de 1990, el mundo occidental vio de manera perpleja cómo la cadena de televisión CNN transmitió de manera directa el bombardeo hacia Irak para dar inicio a la Guerra del Golfo. Los cuarentones o cincuentones aún recordamos las luces que resaltaban en medio de una pantalla verde.
Veíamos con asombro aquello porque estaba a miles de kilómetros de este rincón del mundo. Sin embargo, el 4 de febrero de 1992, los venezolanos vivieron el horror de lo que significa estar bajo una lluvia de balas, cuando cinco tenientes coroneles protagonizaron un golpe de Estado en contra del entonces presidente, Carlos Andrés Pérez. El golpe tuvo rostro y nombre: Hugo Chávez Frías, un militar que ante los medios de comunicación admitió que había fracasado en su objetivo.
En medio de la condena de empresarios, intelectuales y periodistas, el ex presidente Rafael Caldera se manifestó para deplorar la insurrección pero hizo un llamado de atención a las causas que generaron esa violencia protagonizada por militares venezolanos.
“El gobierno sepultó los antagonismos” dijo Caldera en aquel entonces desde la sede del Poder Legislativo y otras frases que me permito recordar en este momento.
“La inteligencia de la dirigencia política ha olvidado en muchas ocasiones servir para el fortalecimiento de las instituciones”, dijo. Las Fuerzas Armadas se deterioran debido a la convicción de que por encima de todo no debe tener una posición beligerante, sino de defensa y cumplimiento de las instituciones”.
Caldera le pidió a Pérez afrontar las rectificaciones profundas que el pueblo estaba reclamando. “La democracia no le está dando de comer al pueblo, el alza de la subsistencia no pone un coto definitivo al morbo de la corrupción “.
“La democracia no puede existir si el pueblo no come” dijo con vehemencia.
Las palabras de Caldera siguen vigentes en Venezuela porque esas mismas frases desnudan al régimen chavista. No obstante, la violencia militar y extranjera no es la solución a los problemas de gobernabilidad y de separación de poderes, que fueron denunciados oportunamente ante el mundo, pero los países vecinos y las superpotencias no fueron determinantes. Ver los ataques con misiles que iluminaban la noche caraqueña el 3 de enero de 2025 hicieron recordar el horror de Gaza, de Ucrania, entre otros pasajes actuales.
La violencia inició en Venezuela aquel 4 de febrero de 1992 y tuvo una réplica el 27 de noviembre del mismo año con otro intento de golpe. Seis años después, Chávez llegó a la presidencia por la vía del voto ante la necesidad del venezolano de tener a un vengador para acabar con la corrupción y los abusos.
La represión, los encarcelamientos arbitrarios, torturas, vejaciones y hasta muertes de personajes políticos o sociales han sido la constante de más de dos décadas. Pero el mundo no reaccionó. Ese debate no se produjo. La conversación que está en desarrollo fue por la ferocidad de los misiles y por la fila de helicópteros que volaron más abajo del pico del cerro El Ávila, en el valle de Caracas.
Ahora, los venezolanos ven en Trump a otro vengador, porque aunque esté prohibido olvidar, muchos ya extinguieron el recuerdo del vengador que llegó al poder en el 98, tras dos intentos de golpe de Estado en el 92 y que llevaron al país a una dictadura legalizada por una carta magna a modo.
Nadie en su sano juicio debe querer vivir una guerra y menos en casa, pero también es cierto que el ciudadano de a pie ya no podía hacer nada más.
Por más de 20 años, el venezolano ocupó las calles y fue reprimido. El venezolano salió a votar pero su voluntad no fue respetada, es por ello que le abre los brazos a un escenario extremo, como entregarle el mando del país al Jefe de Estado de otra nación.
La inmersión en las instituciones de chinos, rusos y cubanos era bien conocida, incluso, hasta la participación de extranjeros en las elecciones.
Sin embargo, sería un pecado no reclamar democracia. El lema “El fin justifica los medios” también fue utilizado por Fidel Castro en 1959 y Cuba aún vive bajo revolución.
Si no hay una apertura pronta a la democracia, lo que ocurrió el 3 de enero sería el inicio de un nuevo régimen que va a sustituir a otro.
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Edición: Fernando Sierra