Opinión
José Juan Cervera
07/01/2026 | Mérida, Yucatán
Los ciclos que marca la división convencional del tiempo imponen un repertorio de frases hechas que se repiten para zanjar ponderaciones más profundas. Así es como en el tránsito de un año a otro se externan deseos de prosperidad, y es lo que más se escucha cuando se abre un nuevo casillero en el calendario. Todo mejoramiento individual depende de los procesos que se suscitan en la sociedad en su conjunto, y estos, a su vez, de los que llegan con el pulso de las tendencias mundiales, que hoy hacen más evidentes los signos de lo que pudiera considerarse un fracaso civilizatorio de efectos letales.
En esta medida se exacerba la voracidad de las élites que concentran capitales inmensos, el crecimiento ciego de la tecnología de punta, los desplantes fanáticos de figuras y formaciones políticas de extrema derecha y la inercia de las masas que son presa fácil de propaganda burda y de enajenación inducida. Todos estos factores desembocan en una emergencia ambiental cuyos puntos críticos se agudizan en todos sus flancos porque los articula un eje integrador.
En términos de proyección mediática y de injerencia activa en este cuadro desolador, el rostro más visible es el del presidente estadunidense Donald Trump, quien apenas cumple el primer año de su segundo mandato, que supo allegarse mediante el torcimiento de resoluciones judiciales que, en apego estricto de las leyes, le hubiesen impedido postularse a otro periodo, mediado por la administración demócrata de Joseph Biden.
El republicano es alguien que ha hecho de la patraña y del embuste la línea central de su discurso. Mediante tácticas amañadas ha logrado influir, de manera particular, en el ámbito geopolítico del continente, propiciando el ascenso y la consolidación de gobiernos de su mismo signo ideológico. El recrudecimiento de las acciones intervencionistas de Estados Unidos le han permitido apropiarse recursos naturales y ampliar sus bases militares en territorio latinoamericano. El ejemplo más reciente de este abuso es el ataque a Venezuela y el secuestro de su jefe de Estado.
En este caso es preciso observar las reacciones que este hecho ha producido en distintos sectores de la opinión pública, para determinar quiénes son los que se han regocijado del acto violatorio a la soberanía de ese país y cuáles son los argumentos falaces que se esgrimen para justificarlo. Es de notarse igualmente la facilidad con que mucha gente cae en el juego propagandístico yanqui, del que se hacen eco numerosos medios de comunicación; o, dicho en otras palabras, es previsible el sentido en que se expresan personas que por sus condiciones materiales de vida siempre han sido rehenes de tales versiones. Aquellos que aprueban la embestida de inicio de año pierden de vista que el fortalecimiento de las posiciones favorables a Trump y el avance de sus intereses en América Latina pone en riesgo a todas las demás naciones que la conforman, aunque la amenaza sigue permeando a todo el planeta.
En efecto, la gravedad de este despliegue de fuerza armada tiene un fondo más oscuro que sobrepasa la pérdida del derecho de autodeterminación de los pueblos y alcanza las posibilidades efectivas de sobrevivencia de las especies en el orbe, porque uno de los componentes de esta ceguera impuesta con ansias de dominio unipolar es la negación de la necesidad de enfrentar el calentamiento global causado por la actividad humana, pero sobre todo por quienes rigen la economía capitalista multiplicando el deterioro ambiental no sólo por inducir el consumo obsesivo y la extensión desmedida de las actividades industriales sino también por su estilo de vida ostentoso que contamina mucho más que la prácticas cotidianas de los ciudadanos comunes. Este contexto incluye la supresión de energías limpias, sin reparo alguno en esparcir sustancias tóxicas y en dejar una huella de carbono descomunal. La exigencia perentoria del gobierno de Estados Unidos a México de mayores volúmenes de agua como resultado de un tratado arbitrario responde en gran medida al elevado uso del líquido vital que exige la llamada inteligencia artificial, rubro en el que Trump pretende superar a otras potencias en sus aplicaciones diversas, acorde con sus aspiraciones hegemónicas.
La tibieza de las organizaciones internacionales por contener los excesos del presidente estadunidense ha expandido sus márgenes de acción, reclutando emuladores en donde se incuban regímenes afines al mandatario del país del norte, por un lado, y por otro, sin poder desligarlo de aquello, el predominio de las exigencias del mercado con su cauda de adicciones y servidumbres erosiona escenarios alternativos. La perspectiva de conjunto basada en principios éticos ha sido desplazada por la complacencia en el rasgo aislado, por la pereza cognitiva y por el velo sobre la imaginación que impide proponer y construir opciones de convivencia.
No puede negarse la crudeza de la realidad política del mundo ni la presencia del conflicto en la historia, pero los daños que gravitan sobre la humanidad junto con todos los organismos vivos son inconmensurables. Y aunque el espacio para albergar siquiera un optimismo moderado sea cada vez más reducido, sólo queda actuar con responsabilidad e invocar la lucidez que anida lejos del prejuicio, ante los poderes que alientan este panorama sombrío.
Edición: Fernando Sierra