Opinión
Cristóbal León Campos
08/01/2026 | Mérida, Yucatán
La reactivación aguda de la Doctrina Monroe por parte del gobierno de Donald Trump ha comenzado a reabrir muchas de las venas de América Latina que aún no encuentran cura por la continuidad sistémica de la opresión y la violencia sistémica que genera la fase imperialista del capitalismo cuya cabeza sigue en los Estados Unidos, pero con una crisis que marca su decadencia como imperio y lo acerca a la pérdida general de su poder, pues en términos económicos ha dejado de ser la mayor potencia para dar paso a China que con su estrategia de invasión de los mercados y la masificación de la producción y el control de varios sectores hoy primordiales sin la necesidad de guerras ha colocado a Estados Unidos en un segundo plano. Y ahí se encuentra la raíz de la beligerancia y la bravuconería que caracteriza a Trump, cuya desesperación por controlar el petróleo y cerrar el paso a China y Rusia en la región latinoamericana y caribeña tiene en el intervencionismo bélico a Venezuela la expresión que concatena la crisis y urgencia del imperialismo estadounidense.
El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, las amenazas a la presidenta interina Delcy Rodríguez a quien Trump ha dicho que si no acata sus mandatos sufrirá la misma suerte que los hoy prisioneros de guerra -Maduro y Flores- junto a la campaña mediática que continúa y ahora se enfoca en provocar una división interna en el aún gobierno chavista y las Fuerzas Armadas Bolivarianas con el fin de abrir grietas por donde desmoralizar a las bases sociales que siguen estando mayoritariamente a favor de Maduro y buscando también la claudicación de políticos y dirigentes chavistas con posiciones claves que faciliten un cambio de gobierno para, ahora sí, imponer a una figura que garantice la conversión de Venezuela en una neocolonia, siendo por ahora que el modelo que busca imponer Trump es el de un protectorado con una superestructura por encima de las estructuras e instituciones venezolanas actuales –usando a Marco Rubio, Pete Hegseth y Stephen Miller como “encargados de la transición”-, pues su intención es primero garantizar la extracción de petróleo a su favor para así tratar de revertir la crisis que tiene al imperio estadounidense en decadencia, por eso muchos medios estadunidenses publicaron poco después de los ataques intervencionistas del 3 de enero que María Corina Machado no era opción, por ahora, para ocupar el poder en Venezuela, ya que se sabe que no tiene el apoyo popular ni el control del Ejército venezolano.
Toda la parafernalia que meses atrás montó el imperialismo y sus voceros con la campaña mediática que acusaba a Maduro de ser narcotraficante se derrumbó con las declaraciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos al revelar que el llamado “Cártel de los Soles” nunca existió y que era una figura retórica para nombrar supuestos delitos, además, la defensa de Maduro al declararse como prisionero de guerra y actual presidente de Venezuela evidencia las múltiples violaciones al Derecho internacional, la soberanía y la autodeterminación de la nación caribeña efectuada por los Estados Unidos, algo que se sabía de inicio pero que con las bases legales establecidas toma mayor peso, aunque claro, si la legalidad global se respetara el imperialismo estadounidense no podría atacar, asesinar a más de 100 personas, secuestrar a un presidente en funciones y declarar con prepotencia y cinismo que a partir de ahora se hará cargo de la nación agredida.
En este contexto, Trump ha incrementado sus amenazas a países como Colombia, México y Cuba, es evidente que su intención es polarizar la región aprovechando las coyunturas internas, como las próximas elecciones presidenciales en Colombia, pues los ataques a Venezuela dejaron claro que los sectores conservadores y la derecha latinoamericana cada vez se acercan más al fascismo y no esconden sus intereses injerencistas, sin importarles el daño a la democracia, a la autodeterminación nacional y a los pueblos. Pero, ante todo, en este panorama, como siempre, los pueblos tienen la última palabra, y la organización de Nuestra América en resistencia es fundamental para detener el intervencionismo y el neocolonialismo estadounidense que hoy ha puesto a la región al rojo vivo.
Edición: Estefanía Cardeña