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Creo que fue Truman Capote quien aseguró que, para estar solo o sentirse solo, no había como ir a Nueva York. Lo dijo, si es que lo dijo, un poco después de traicionar la confianza de sus amigas acaudaladas, cuando ellas le declararon la ley del hielo por diseminar sus secretos en público. Años después es posible decir que, para estar solo, estructuralmente solo, no hay como ir a cualquier lugar de Estados Unidos. Excepto por Nueva York, donde el transporte público vuelve necesario, si no es que inevitable, el contacto con los otros, la mayoría de las ciudades estadunidenses están diseñadas para el aislamiento que producen los automóviles –ya sea avanzando a toda velocidad o atascados en los interminables freeways– y para la ausencia de cualquier forma de vida pública que no sea el consumo.

José Agustín las retrató bien en esa novela de 1982 que se llamó Ciudades desiertas (existe una versión cinematográfica no del todo lograda bajo el título de Me estás matando Susana, dirigida por Roberto Schneider en 2016). Cuando Eligio decide dejar la Ciudad de México para ir a buscar a su mujer, quien ha aceptado una beca en un Programa Internacional de Escritores en un lugar que a todas luces es la Universidad de Iowa, el encuentro con el vecino del norte es complejo y estereotípico a la vez. Aunque describe centros urbanos medianos y pueblos pequeños del Medio Oeste, esas ciudades sosas y estériles de tan limpias, vacías de la gente que se repliega en sus trabajos de ocho o más horas y en sus casas en los suburbios, podrían encontrarse en Arizona o Virginia, Oregon o Wyoming. A fines del siglo XX ya eran sitios inhóspitos, regidos por férreas jerarquías de raza y de clase, donde los diferentes, originarios casi todos del así llamado Tercer Mundo, eran recibidos, decía Agustín, para “lucirse mostrándoles las maravillas de la civilización: teléfono instantáneo, cuentas de banco personalizadas”. En el primer cuarto del siglo XXI esa hostilidad primigenia se ha destilado hasta quedar convertida en pura inmisericorde crueldad.

He vivido ya por algunos años en un barrio de tradición mexicana en el este de Houston. Lo elegimos no sólo porque queda cerca de la universidad, sino también porque sólo ahí era posible escuchar música y aspirar el aroma de carne asada los fines de semana–esas formas de presencia y festejo público que captan el oído y el olfato, no siempre la vista–. Desde que iniciaron las operaciones de ICE, en 2025, la ciudad más diversa de Estados Unidos se parece cada vez más a las ciudades desiertas de José Agustín. Ya no hay música, ya no hay carnes asadas, y ya nadie atraviesa, en algún arrebato de locura, esas anchísimas calles sin banquetas. Si bien es cierto que la obsesión por el dinero, y la convicción de que el tiempo es dinero, provocó que sólo pocos tuvieran la oportunidad o el deseo de “perder el tiempo” visitando amigos o vagabundeando porque sí, el temor justificado a la captura o el secuestro y la desaparición ha dejado a las calles convertidas en páramos sin resguardo. Carentes de sistemas de salud eficientes o asequibles, sin transporte público que facilite la circulación, sin acceso a la educación pública que va desapareciendo indefectiblemente, sin derechos civiles o laborales, el desamparo y la soledad campean por todos lados. No se trata de una soledad sentimental u ontológica, sino estructural y violenta. No hay nadie más desprotegido que un trabajador en Estados Unidos.

Ahora que el imperio se desnuda, invadiendo eficazmente a Venezuela mientras planea incursiones en Colombia, Cuba o México, hay que pensar que éste es el mundo que conocen y planean reproducir. De esto hablan cuando se regodean con frases como sueño americano. Por si los últimos crímenes (el homicidio de la poeta Renee Good en Mineápolis, entre otros 30 asesinatos de migrantes todavía sin nombre) no lo han dejado claro, la única libertad que promueve y reconoce el imperio es la del capital y sus secuaces. Para los demás (legales o ilegales, profesionistas o trabajadores, hombres o mujeres, de derecha o de izquierda) sólo queda andar con mucha cautela, esconder sus publicaciones de plataformas sociales o WhatsApp, evitar participación alguna en marchas o actos de protesta, y portar sus documentos de identidad en todo momento. Eso, y rezar para no toparse en el camino con los matones de ICE. Mientras tanto, ande, siga avisando con anticipación antes de tocar cualquier puerta y asista a esas fiestas de 9 a 11, puntuales, trayendo, por supuesto, su bebida predilecta.

A esa soledad estructural, acompañada del bombardeo informático de nuestros días, no se le vence encerrándose en casa, como lo proponía no hace mucho el filósofo coreano Byung-Chul Han. Por el contrario, hay que salir a la calle, tomar el camión o Metro o Metrobús, participar de y apoyar las escuelas públicas, juntarnos y confabular con otros, fiestear de lo lindo y hasta que el cuerpo aguante, encontrarnos al fin, y mientras podamos, en nuestra diferencia y en nuestra solidaridad y en nuestro deseo. Escribir no es soledad. Vivir tampoco.

Edición: Ana Ordaz


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