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El arte de mudarse y otros desprendimientos

Aceptar el cambio es abrir un espacio interior donde lo desconocido puede entrar
Foto: Jusaeri

De repente aparece la idea de mudarse de casa. A veces por necesidad, otras porque la vida nos empuja suavemente hacia otro destino. Y aunque parezca una decisión práctica, en el fondo despierta un temblor profundo: un cruce de miedo, esperanza y expectativa. Mudarse nos recuerda que nada en nuestra existencia está verdaderamente asegurado, que todo puede transformarse de un día para otro.

Al empacar, los recuerdos se despiertan como si hubieran esperado ese momento para salir a la luz. Cada objeto guarda un eco: la risa de alguien que ya no está, un gesto cotidiano, un antiguo sueño. En las manos no sostenemos cosas, sino capítulos de nuestra vida. Y al elegir qué guardar y qué dejar, entramos en el territorio del desapego, ese aprendizaje lento y a veces doloroso que atraviesa toda nuestra historia. Soltar siempre cuesta: dejamos ir objetos, sí, pero también memorias, amores, etapas que nos moldearon sin que lo notáramos.

Viajar es otra forma de mudarse. Cada lugar nos invita a mirar con ojos nuevos: personas desconocidas, calles que murmuran otras historias, árboles que huelen a un tiempo distinto. Los trenes llevan el aroma de largas distancias, los aviones el olor de las escapadas posibles. Viajar es desprenderse por un momento de lo cotidiano, abrir un espacio interior donde lo desconocido puede entrar y mover cosas que creíamos firmes. Así descubrimos que nuestro mundo habitual es solo un rincón pequeño dentro de la vasta diversidad del planeta.

A veces, al visitar otro país, surge la idea callada de quedarnos allí para siempre. Fantaseamos con comenzar una vida nueva, dejar atrás las certezas que nos nombraban. Algunas personas se atreven a hacerlo: abandonan su casa, su historia conocida, y se entregan al porvenir. Entonces imaginamos un mundo más flexible, donde cada quien pudiera dejar su hogar sin miedo y ocupar otro que alguien dejó vacío; un mundo donde la pertenencia fuera movimiento, no propiedad. Tal libertad no coincide con la que practicamos, tan ligada a la permanencia, pero mudarse y viajar nos dejan sentir su sombra luminosa.

Con los años llega otra mudanza, quizá la más profunda. Cuando envejecemos y la soledad se vuelve más densa, aparece la posibilidad de dejar el hogar para ir a una residencia donde la compañía y los cuidados nos sostengan. Esta decisión toca fibras antiguas: revive el vértigo de las mudanzas, el peso de los recuerdos, la resistencia del apego. En la vejez el hogar no es solo un espacio: es una memoria viva. Las paredes guardan voces, los objetos contienen vidas. Por eso partir se siente como arrancar raíces muy hondas.

Sin embargo, mudarse en esta etapa también es un gesto de sabiduría. Aceptar ayuda, abrirse a nuevas presencias, permitir que otro tipo de hogar —más compartido, más cálido— nos reciba. Es tal vez el acto de desapego más grande: dejar la casa propia para encontrar compañía. Y aun así, en ese desprendimiento hay una verdad serena: el hogar nunca estuvo hecho únicamente de paredes, sino de vínculos, de gestos, de la forma en que habitamos el tiempo.

Porque mudarse, viajar, regresar y volver a partir nos enseña que somos seres en movimiento. Que la pertenencia no está en los objetos que guardamos con tanto celo, sino en la mirada con la que tocamos el mundo. Que lo que dejamos nunca desaparece del todo, y lo que encontramos puede convertirse en hogar si lo habitamos con el corazón abierto.

Vivir es aprender a soltar, y soltar —aunque duela— es permitir que la vida siga fluyendo dentro de nosotros.


Edición: Fernando Sierra


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