Opinión
La Jornada Maya
19/01/2026 | Mérida, Yucatán
El turismo, la llamada “industria sin chimeneas”, es uno de los principales motores de la economía mundial; uno que implica el desplazamiento de personas, la creación o apertura de atractivos y su mantenimiento, y los servicios para los visitantes; estos últimos en una muy amplia gama. La competencia entre países y destinos específicos es fuerte y la captación de divisas por hospedaje, recorridos, recreación y alimentación es también frágil, pues depende de otros factores como la estabilidad económica, los índices de seguridad y, quiérase o no, de la publicidad de boca a boca.
Desde hace unas cuantas décadas, el mercado turístico celebra grandes eventos para dar a conocer la oferta en varios segmentos. En estos días tiene lugar la Feria Internacional del Turismo de Madrid, España, donde México tiene una representación e incluso figuran varios destinos nacionales, destacando Quintana Roo, que lleva ya más de medio siglo siendo sinónimo de sol y playa.
Y entre una campaña promocional y otra, buscando atraer visitantes, queda una pregunta al aire: ¿quién tiene en México el derecho a vacacionar?
No se trata solamente del tiempo que por ley se establece para que los trabajadores disfruten de un descanso además de la duración máxima de la jornada laboral. Es el hecho de que, para tener la sensación de hacer turismo, se requiere de un desplazamiento de varias horas por tierra o por aire, y de estar en posibilidades de destinar una suma considerable de dinero para acceder a una experiencia gastronómica o a determinados atractivos que se promueven como commodities; recorridos adicionales, parques temáticos, una salida de compras, etcétera.
Así, democratizar el turismo no es solamente que oleadas de visitantes lleguen a comunidades rurales o que a los viajeros se les ofrezcan experiencias de bajo impacto ecológico o comida preparada por cocineras tradicionales. Es también que quienes reciben turistas tengan la posibilidad y la oportunidad, en algún momento, de encontrarse como huéspedes en lugar de anfitriones.
El trabajo en el sector terciario, y particularmente en el turístico, es demandante. Es cierto que muchas personas han encontrado en él un medio de ascenso social porque en ciertas actividades hay mejores ingresos y existe la oportunidad de adquirir conocimientos y obtener capacitación. Sin embargo, la exigencia que se tiene hace de suma importancia el descanso y, si a eso se suma llegar a un punto en el que el ingreso permita la desconexión sicológica del trabajo -porque a fin de cuentas, eso es realmente vacacionar -, el resultado es un punto de justicia social en el cual se participa en un circuito de beneficios del turismo; tanto por recibirlo como por practicarlo.
Y uno de los grandes beneficios es que quienes trabajan en el turismo puedan conocer, de primera mano, qué se hace en otros lugares para el cuidado del destino. Esto es, inhibición de prácticas abusivas, saneamiento de áreas naturales, vigilancia en sitios considerados patrimoniales, en fin, una experiencia de descanso que resultará también en un aprendizaje enriquecedor, siempre y cuando se reconozca que vacacionar es también un derecho que no debiera representar un gran esfuerzo económico para una familia.
Edición: Estefanía Cardeña