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Después de haber deshecho los nervios de sus principales socios europeos y de haber orillado a más de uno a exhibir de manera vergonzosa su servilismo, ayer el presidente Donald Trump dio marcha atrás a sus amenazas de apoderarse de Groenlandia “por las buenas o por las malas”. Durante su discurso en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el mandatario dijo que Estados Unidos “probablemente no obtendrá nada” a menos que decida “usar una fuerza y un poder excesivos”, pero no hará eso, y recalcó: “no tengo que usar la fuerza, no quiero usar la fuerza, no voy a usar la fuerza”, lo cual supone la primera vez que descarta el uso de la violencia para hacerse con la isla cuyo estatus es el de “nación constituyente del reino de Dinamarca”. Horas después, el magnate aseguró que sostuvo una reunión muy productiva con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en la cual establecieron “el marco para un futuro acuerdo con respecto a Groenlandia”, por lo que canceló la amenaza de imponer aranceles a Copenhague y los siete países que la respaldaron frente a las amenazas militares de Washington.

En un primer vistazo, el giro de Trump parece desactivar la crisis transatlántica que él mismo creó con su empecinamiento en controlar el territorio groenlandés con el pretexto de la seguridad nacional y mundial frente a la muy imaginaria amenaza de Rusia y China, pese a que la pertenencia mutua a la OTAN ya le permite establecer allí tantas bases y efectivos como desee. Asimismo, aporta un nuevo ejemplo del estilo trumpiano de negociación, consistente en generar tensiones insoportables, insultar, amenazar y denigrar a sus contrapartes para posteriormente dar pie a acuerdos que en circunstancias normales serían inaceptables, pero que en el escenario de crisis inducida se presentan como un mal menor.

Sin embargo, la volatilidad del magnate impide dar por cerrado éste o cualquier otro asunto en que se involucre. En el que aquí se comenta, cabe resaltar que en ningún momento renunció a su pretensión de anexar la mayor isla del planeta al territorio estadunidense ni dejó de amenazar con represalias a quien se interponga en su camino. Así, afirmó que “la necesitamos por razones de seguridad nacional estratégica y de seguridad internacional; esta enorme isla sin protección es en realidad parte de América del Norte; es nuestro territorio”, una frase al mismo tiempo falsa (Groenlandia no está “desprotegida”, ya que cuenta con una base aérea de Estados Unidos) y reveladora de la mentalidad imperial del magnate y de buena parte de la clase política de Washington, que considera “suyo” todo el hemisferio occidental. A sus socios europeos les reclamó negarle “un pedazo de hielo” necesario para la “protección mundial” y, como mafioso de película, añadió: “pueden decir que sí y estaremos muy agradecidos, o pueden decir que no, y lo recordaremos”.

En suma, el presidente Trump aflojó la liga, pero no la soltó, con lo que dejó la puerta abierta para volver a escalar las agresiones cuando requiera un distractor frente a sus problemas políticos domésticos o, como suele ocurrir, cuando en su mente aparezca un motivo inescrutable para el resto de las personas. Incluso si renunciara de manera definitiva a su delirio ártico, hay un daño ya irreversible en los tres años que le restan a su administración y que complicará el trabajo de sus sucesores sin importar su signo político: debido a sus bandazos, su frivolidad y su total confusión entre los caprichos personales y los asuntos de Estado, Washington ha dejado de ser un actor global medianamente fiable, por lo que en lo sucesivo los gobiernos y corporaciones que se relacionen con la superpotencia habrán de hacerlo a sabiendas de que los acuerdos son transitorios y las alianzas, efímeras.



Edición: Ana Ordaz


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