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Foto: Wikimedia Commons

Los seres humanos estamos casi siempre en movimiento, o debemos desplazarnos de un punto a otro con el fin de obtener el sustento o cubrir alguna necesidad. El crecimiento de las ciudades ha forzado a requerir diferentes medios de transporte: primero se recurrió a la fuerza de animales y después a otros vehículos, algunos que se basan en el esfuerzo del mismo pasajero, como la bicicleta, hasta llegar a los motores de combustión interna y eléctricos.

Lo cierto es que las transiciones de la movilidad urbana no están tan documentadas como uno quisiera pensar. La imaginación es poderosa reacciona cuando se encuentra un filme en el cual “conviven” en una calle carretas tiradas por caballos con tranvías y automóviles particulares, mientras un par de agentes de policía intenta dirigir el tráfico.

Mérida ha experimentado varias transformaciones en lo que respecta al traslado de personas. Del caballo y volán koché de la época colonial se pasó a las diligencias durante buena parte del siglo XIX y, ya en el porfiriato, apareció el tranvía tirado por mulas. En 1922, durante el gobierno de Felipe Carrillo Puerto, el paisaje de las calles meridanas cambió al incorporarse las “huahuas” al servicio de transporte público.

El relato le atribuye a Manuel Sarrado el diseño y construcción de los primeros camiones de pasajeros que circularon en Mérida, que eran armatostes de madera montados sobre el chasís de un automóvil Ford. El nombre de “huahua” se hizo popular inmediatamente porque la referencia inmediata se encontraba muy cerca, en Cuba, donde, según una versión, los autobuses llevaban la marca “Washington & Walton Company Incorporated” (“Wa & Wa Co. Inc.”), y esa voz se usó por varias décadas antes de que nos acostumbráramos a tomar el camión.

Curiosamente, la incomodidad estuvo asociada desde un principio al servicio de transporte colectivo, o al menos así nos lo deja saber la columna “Cuartilla festiva”, que aparecía en el diario El Popular, y que el 27 de noviembre de 1922 llevó por título “Las huahuas”, al que siguió una dedicatoria “Al Lic. Antonio Gual García, amigablemente”, sin que el autor -C. B. Deo -explicara el motivo de la alusión.

Para el firmante, la circulación de “huahuas” por Mérida “significa ‘adelanto’ y sus servicios están llenando un gran vacío (el vacío del espacio)”. Y en seguida menciona que ya existían 68 vehículos “que hacen los recorridos, de la plaza al parque ‘Centenario’; al Cementerio, a la 60 Sur; a la Colonia ‘Vicente Solís’; a la ‘Cruz de Gálvez’, a Chuminópolis; al ‘Relámpago’, a Itzimná; a la Colonia ‘García Ginerés’; a la 50 Sur, a la calle de la Reforma y a otros lugares.” En otras palabras, las mismas rutas radiales que existieron hasta hace menos de un lustro.

Ya encarrerado, el autor se lanza hacia lo malo: “va uno con toda clase de incomodidades: lo primero que ve uno al entrar en una huahua, son los letreritos de marras: ‘No aceptamos Golfos’. ‘Se prohíbe fumar y escupir’ y sin embargo, cuántos golfos no aceptarán sin que se den cuenta los conductores!... y cuántos escupen y fuman!” Y en efecto, los reglamentos que establecen prohibiciones suelen indicar lo que la gente suele hacer.

Hacer el viaje ya era otra cosa, y para el autor era un ejercicio de paciencia digno de Job: “Luego cuando uno está desesperado por llegar al lugar a donde va, se encuentra con que el timbre está suena que suena; pero el camión no se mueve. Y tenga usted paciencia para soportar los gritos del conductor: ‘¡San Cristóbal y 50!’, ‘60 Sur’, ‘¡Colonia! ¡Colonia!’ ¡Ahorita nos vamos!... Así están una, dos y tres horas, entre tanto la paciencia del viajero se agota y en su interior qué no dirá de estas cosas”. Y que conste que eso era aguantar para que el autobús iniciara el recorrido.

Ya cuando el movimiento era obligatorio, el aparato andaba “con una velocidad de una cuadra por hora; ya se detiene, ya avanza”. Y eso que C. B. Deo no conoció Circuito Metropolitano, agregaríamos. Más adelante, luego de describir el sobrecupo y los sacudones con que la huahua adelantaba, venían más inconvenientes: “Y si por casualidad estalla la llanta, ¡Ah! La gran cosa: ‘En este momento se compone’ dice el conductor. ‘Ahorita nos vamos’. La composición dura media hora. Cuando comienza a caminar de nuevo, se agota la gasolina y la marcha se detiene. ‘Ahorita nos vamos’ repite el conductor y manda a buscar media botella de gasolina en la ‘proveeduría’ más próxima, que apenas dista ocho o diez cuadras.

Dicen que la caricatura, en un tercer momento, hace pensar; así que luego de reír y llorar, uno se cuestiona si el transporte público está diseñado para hacer incómodo el traslado de cualquiera, aparte de exponer la baja calidad de la infraestructura urbana, pues las huahuas se movían sobre adoquines o calles blancas; nada de asfalto. Y aparte de incómodas, eran particularmente desagradables. C. B. Deo concluye su artículo afirmando que él “de buena gana mandaría fuera de servicio algunas huahuas que con solo su presencia en la Plaza Principal, constituyen un atentado al ornamento público y una amenaza a los pasajeros”.

Desde esta columna sólo podemos decir que, cualquier parecido con una situación actual es… materia de otras notas, y otros tiempos.



Edición: Estefanía Cardeña


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