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Foto: Jorge Pérez de Lara - Raíces

Cristian Alonso Hernández 

El ámbar es una resina fósil, que no solo fue usada como ornamento entre las civilizaciones mesoamericanas; sino también como elemento cargado de simbolismo, poder comercial y misticismo religioso. El ámbar mexicano proviene principalmente de minas del municipio de Simojovel, Chiapas, y tiene una antigüedad aproximada de 23 millones de años; presentando tonalidades que van desde el amarillo hasta el negro, pasando por el verde, rojo y blanco. Se formó a partir de la resina de árboles de una especie extinta del género Hymenaea, actualmente conocido como guapinol. Los mexicas llamaban al ámbar apozonalli, término náhuatl que se traduce como "espuma de agua" o "burbuja de agua". 

Debido a que los yacimientos se concentran en escasas fuentes del norte de Chiapas, el ámbar se convirtió en un objeto de lujo extremo. Durante el apogeo del imperio mexica, el ámbar era un componente vital del sistema tributario. La Matrícula de Tributos y el Códice Mendocino registran que la provincia del Soconusco debía enviar anualmente piezas de ámbar a Tenochtitlán. Entre los tributos se mencionan frecuentemente los bezotes (adornos insertados debajo del labio inferior) con monturas de oro. El uso del ámbar estaba estrictamente regulado por las leyes de vestimenta: solo los grandes guerreros, los nobles (pipiltin) y los embajadores o comerciantes de larga distancia (pochtecas) tenían el privilegio de portar estas joyas. 

La arqueología ha sido fundamental para entender cómo se distribuía el ámbar desde Chiapas hacia el resto de Mesoamérica. A diferencia de otros materiales, el ámbar es producto orgánico y puede degradarse en suelos ácidos, por lo que su hallazgo en excavaciones es siempre un evento extraordinario. En una investigación realizada por la arqueóloga Lynneth S. Lowe denominada “Los caminos del ámbar en la antigua Mesoamérica” se señalan los principales hallazgos de ámbar en contextos arqueológicos, donde destaca La Tumba 7 de Monte Albán (Oaxaca) descubierta en 1932, por el arqueólogo Alfonso Caso, donde se encontraron orejeras y cuentas de ámbar de una transparencia y pulido excepcionales. 

Otros hallazgos de objetos de ámbar fueron los recuperados en el Templo Mayor de Tenochtitlán (CDMX), corazón de la capital mexica, de cuyas excavaciones se recuperaron diversas piezas de ámbar en contextos rituales. Destacan los bezotes en forma de águila o serpiente y pequeñas esferas. El hallazgo de ámbar en estas ofrendas no solo confirma el cumplimiento del tributo, sino que posiciona a la resina como un elemento sagrado dedicado a deidades como Huitzilopochtli (dios de la guerra y el sol) o Tláloc (dios de la lluvia). Cabe destacar que el ámbar, por su color amarillo-rojizo, simbolizaba el fuego o la sangre solar. 

En cuanto a registros de ámbar en el área maya de la Península de Yucatán, solamente tenemos reportes procedentes del informe preliminar de las exploraciones efectuadas al interior del Cenote Sagrado de Chichén Itzá por Piña Chan. Durante el dragado realizado en dicho cenote, se recuperaron piezas de ámbar que probablemente habían sido lanzadas como ofrendas. Algunas de estas piezas mostraban restos de copal, sugiriendo que el ámbar se utilizaba en conjunto con otras resinas aromáticas. Finalmente, y fuera del territorio mexicano se ha reportado en Kaminaljuyú (Guatemala) la recuperación de cuentas de ámbar en entierros de élite que datan del periodo Preclásico Tardío (400 a.C. – 200 d.C.), que lo convierte en un descubrimiento clave porque indica que las rutas comerciales del ámbar chiapaneco ya estaban establecidas siglos antes de la llegada de los mexicas, conectando a los grupos zoques con las redes de intercambio mayas. 

Sobre las técnicas de manufactura, podemos mencionar que, los artesanos prehispánicos utilizaban herramientas de piedra (obsidiana y pedernal) para tallar el ámbar. El proceso era extremadamente delicado debido a la fragilidad de la resina. Para lograr el brillo característico, empleaban abrasivos naturales como polvos minerales, cueros finos y cenizas. El resultado eran piezas de una transparencia tan pura que, según las crónicas españolas del siglo XVI, los conquistadores quedaron maravillados al ver cómo el ámbar parecía "arder" cuando le daba la luz del sol. 

En suma, el ámbar del México prehispánico fue mucho más que un adorno, fue un producto comercial exclusivo que unió las montañas de Chiapas con importantes zonas arqueológicas mesoamericanas. Símbolo de estatus, herramienta de protección esotérica y ofrenda sagrada, el ámbar encapsula la sofisticación de las redes comerciales antiguas y la profunda conexión espiritual que las culturas prehispánicas mantenían con los recursos naturales. Hoy, el ámbar sigue siendo un legado vivo, utilizado para hacer bellos ornamentos y esculturas que engalanan y protegen a quienes lo portan, tal como lo hacía hace más de dos mil años.

Cristian Alonso Hernández González es profesor investigador del Centro INAH Yucatán.

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social.

*Pie de foto: Pendiente de jadeíta y ámbar con forma de sapo.

Lea, de la misma columna: El dilema de la restauración

Edición: Fernando Sierra


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