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Coloca la OSY al público en la cima del Everest con la Sinfonía No. 7 de Anton Bruckner

Encuentro místico de los asistentes con la obra del compositor austriaco
Foto: Jesús Mejía

Con la música de Anton Bruckner, la tierra vibra y retiembla y enaltece al ser humano. Esa fue la experiencia del público que acudió al Palacio de la Música en un encuentro místico, sublime, de dimensiones catedralicias con Sinfonía No. 7 del compositor austriaco.

Con el maestro Alfonso Scarano en la batuta, la Sinfónica de Yucatán se colocó a sus 22 años de existencia en la palestra de las grandes orquestas del país al interpretar esta magna obra y rendir junto con la audiencia un homenaje de colosales proporciones sonoras a Richard Wagner.

A distancias siderales de la anticultura que promueven los Grammy y juegos de tecleadas, el legado de Anton Bruckner, a 130 años de su muerte, no sólo permanece incólume, sino que se proyecta hacia la redención, como una tabla de salvación ante la de mediocridad que busca imponerse en el mercado de la música.

Ante el público que llenó la sala de conciertos, el maestro Scarano, de reconocida trayectoria internacional, dirigió sin partitura y con temple, entrega y profundidad esta sinfonía escrita en la tonalidad de mi mayor, para lo cual ocupó una hora 13 minutos, cuando otros directores requieren menos tiempo.

Compuesta entre 1881 y 1883 y estrenada en Leipzig, Alemania, en diciembre de 1884, la sinfonía es considerada obra cumbre de Bruckner, quien es visto como un arquitecto sonoro entre Ludwig van Beethoven y Gustav Mahler, dentro del periodo de romanticismo tardío. 

El segundo movimiento, el Adagio, fue avasallador, una ola creciente que colmó los sentidos, con una narrativa heroica que resulta del embate de las percusiones, los alientos metales y las cuerdas mayores para concluir con un suave pasaje épico, digno de un amanecer.  

Con el respaldo de cinco cornos y cuatro tubas wagnerianas, requeridas por Bruckner para esta sinfonía, las cuales fueron prestadas para la ocasión por la Orquesta Sinfónica Nacional a la OSY, la agrupación yucateca desarrolló pasajes densos, imponentes, y colocó al público en la cima del Everest.

Los asistentes pudieron observar y escuchar el discurso imponente de las insólitas tubas wagnerianas, instrumentos de viento-metal creados por encargo de Wagner para su ópera El anillo del nibelungo, que combinan timbres de la trompa y la tuba con cuatro válvulas y un sonido que se sitúa entre la oscuridad del trombón y el brillo del corno.

El pasaje de Bruckner es tan conmovedor y comparable con el Adagio de Samuel Barber o el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler. Aquí las mencionadas tubas ofrecieron un sonido oscuro, aterciopelado y solemne. Scarano manejó las transiciones con maestría casi arquitectónica, permitiendo que la tensión creciera gradualmente hasta el estallido del gran do mayor

La formación de metales, cinco cornos, tres trompetas, dos trombones y dos tubas, que dieron poder a la OSY, hicieron cimbrar la sala de conciertos en los movimientos tercero y cuarto, el Scherzo y Finale. Scarano condujo con ahínco y seguridad, su batuta marcó las entradas y los crescendos con precisión. 

El auditorio del Palacio de la Música, lleno otra vez, reflejo del interés de los melómanos por el repertorio de la orquesta, que en esta temporada exceptúa obras de Haydn, Mozart, Beethoven y Mahler, pero ha programado piezas de gran calado de Wagner, Pergolesi, Mendelssohn y Moussorgsky, entre otros.

Debido a su carácter épico y grandilocuente, las sinfonías de Bruckner fueron utilizadas posteriormente como propaganda y parte del discurso de superioridad aria durante el Tercer Reich alemán. Sin embargo, el valor artístico intrínseco de su legado ha trascendido en el tiempo fuera de cualquier ideologización política.

Al final del concierto, el director de orquesta pidió el reconocimiento a cada una de las secciones, incluidos los alientos metales, en particular las tubas wagnerianas que recibieron, al igual que el resto de la formación, el aplauso cálido de pie, con una ovación que dice mucho de la pertenencia de la orquesta entre los meridanos.  

Con esta presentación, la OSY no sólo se proyecta como una orquesta de calidad, capaz de resolver desafíos instrumentales y sonoros, sino coloca a Mérida como un referente de la música académica o clásica a nivel nacional.

El cuarto programa de la temporada 45 incluye la ópera La Voz humana del francés Francis Poulec con la soprano Victoria Songwei Li, además de la Suite Pulcinella de Strawinsy.

Edición: Fernando Sierra


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