Opinión
Margarita Robleda Moguel
08/02/2026 | Mérida, Yucatán
¿Palabras mágicas? Sí, esas que abren puertas, construyen puentes, propician el encuentro, el reencuentro, conectan.
“Gracias”, “por favor”, “con permiso”, “perdóname”, “me equivoqué”, “te amo...” Palabras gentiles, que según parece, pasaron de moda. ¿En que momento las perdimos? ¿Cuándo dejamos de educar a nuestros niños con un: “Saluda al entrar”, o “¿Cuál es la palabra mágica cuando pides algo?” Cuando te dan algo: “¿Qué se dice?”
Hace muchos años, descubrí que, en el país del norte, la gente se apoderó de Hallmark, ¿O fue al revés? para expresar sus sentimientos. En los supermercados, los espacios de las tarjetas, era impresionante grande (seguro ya disminuyó con lo digital). Todo el año había ocasiones para felicitar o agradecer: cumpleaños, pésames, aniversarios, matrimonios, ¿para divorcios? graduaciones, etc. Como resultado, los habitantes de ese país, fueron perdiendo la capacidad de expresar sus sentimientos, ahora dejan que palabras ajenas digan lo “bonito”.
En ese país, descubrí que, en los supermercados, los espacios más grandes eran los de la comida congelada; cambiaron las cenas en familia por los platos de comida que se pone en el microondas y se comen frente a la televisión. No sé por qué les extraña que sus hijos se encierren en sus cuartos a conectarse a la pantalla con alguien en las mismas condiciones y decidan que el mundo es una porquería. Quizá en los últimos años, las nuevas generaciones más conscientes de su salud, aumentaron el espacio de las frutas y vegetales sin químicos. Pero también crecieron los espacios de comida y juguetes para las mascotas que han ido tomando el espacio de la decisión de tener un hijo, perdiéndose las palabras mágicas de: “Papá, mamá, abu…”
Hace mucho que descubrí que para conocer a los habitantes de un lugar, hay que ir a sus mercados, cementerios e iglesias. Un de mis cementerios favoritos lo encontré en Sololá, Guatemala, donde en las lápidas, junto con el dibujo de su instrumento se leía: “Juanito Pérez, musico: llenó de música, nuestras vidas”. Herminia Xela, junto con enseres de cocina, Ama de casa: llenó nuestra mesa de rica comida”. Otro está en Hoctún, Yucatán, donde la mayoría de las lapidas están pintaditas y, a veces se lee que el difunto partió hace más de 20 años. Es curioso como los monumentos, en lugar de angelitos, se pueden encontrar una copia de la iglesia local, el castillo de Chichen Itzá e incluso la torre latinoamericana, de la que seguramente el finado hablaba siempre de su paseo a la Ciudad de México. Me contaron que en ese cementerio dejan la luz prendida, por si los muertitos quieren salir a platicar, encuentren sus tumbas de regreso. En Becal Campeche, cada año, la familia saca los huesitos de sus ancestros, los limpian muy bien y los ponen nuevamente, sobre un pañuelo bordado con amor. Eso se llama conexión humana a través de los años.
La influencia es fuerte y vemos en nuestro país, copiar costumbres del norte, como en su momento lo hicimos de Francia. Es una pena. Porque si fuéramos a nuestros pueblos veríamos a niños más educados, saludar, agradecer y compartir su tamal.
Cada año recorro una seria de escuelas del estado de Yucatán y de Campeche, donde con el paso de los años fui detectando directores comprometidos. Es una fiesta maravillosa, como se preparan para recibirme, cantan mis canciones y actúan mis cuentos, los papás encantados, apoyan para el gran día y los niños me escriben cartas de amor diciéndome cuanto me han extrañado. Mismas que me dicen que hay que trabajar más para que los papás abracen cada día, pregunten, conversen, les cuenten a nuestros chiquitos, las maravillas que construyeron nuestros abuelos. Si tuviera dinero, tendría una flota de camiones para llevar a los pequeños a las zonas arqueológicas y a conocer el mar.
¡Ayyyy! Urge darnos cuenta, de que educar no se trata de pasarle a los maestros el compromiso, tampoco llenarlos de juguetes y pantallas, es estar presente en la vida diaria, para desarrollar la empatía, la comunicación, el respeto a uno mismo y a los demás; la lectura nos forma en la lucha entre el bien y el mal. Comencemos ¡recuperando las palabras mágicas!
¡Ahí viene la FILEY!
Edición: Fernando Sierra