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Enrique Yanuario Ortiz Alonzo, el maestro que enseñó a mirar más allá del pizarrón

Movido por la curiosidad y la intensidad, llegó a impulsar programas innovadores en la educación
Foto: Segey

Algunas vocaciones nacen del asombro. No de un momento solemne ni de una decisión consciente, sino de esa inquietud temprana que empuja a preguntar siempre un poco más. Así puede leerse la historia de Enrique Yanuario Dionisio G. Ortiz Alonzo, Maestro Distinguido de Yucatán en 2018, cuya trayectoria educativa comenzó, como muchas otras, frente a un grupo escolar, pero cuya búsqueda terminó influyendo en modelos de formación docente y programas académicos dentro y fuera del estado.

Nacido en Mérida en 1950, fue el segundo de ocho hijos en una familia donde el esfuerzo cotidiano era parte de la vida diaria. Estudió la primaria en la escuela David Vivas Romero, en la colonia García Ginerés, y desde entonces mostró un interés particular por entender cómo funcionaban las cosas. Admiraba a personajes como Leonardo da Vinci y Albert Einstein, no tanto por sus descubrimientos, sino por esa obsesión compartida por comprender el mundo invisible que mueve la realidad.

Años después recordaría esa fascinación por la curiosidad científica como un rasgo que lo acompañó siempre. Tal como Einstein describía el impacto que le produjo de niño observar la aguja de una brújula moverse por fuerzas invisibles, Yanuario aprendió que el conocimiento no nace de memorizar respuestas, sino de formular preguntas.

Su camino profesional comenzó en la Escuela Normal de Hecelchakán, Campeche, donde se formó como maestro y egresó en 1969. En aquellos años, el título implicaba aceptar el destino asignado por la autoridad educativa, casi siempre en comunidades rurales donde hacían falta docentes. Su primera plaza fue en la primaria Escuadrón 201, en Los Ocotes, Jalisco, una comunidad serrana a la que debía llegar tras largos recorridos y donde las condiciones materiales eran precarias.

Allí, frente a estudiantes con pocas herramientas pero gran disposición para aprender, comenzó a cuestionar la efectividad de los métodos tradicionales. Se preguntaba por qué muchos alumnos repetían conceptos sin comprenderlos realmente y qué debía cambiar para que el aprendizaje tuviera sentido en sus vidas. Aquellas dudas marcaron el rumbo de su carrera.

Decidido a mejorar su práctica, regresó a Yucatán para estudiar en la Normal Superior, donde se especializó en Física y Química. Sin embargo, lejos de encontrar respuestas definitivas, sus estudios ampliaron su interés por comprender el proceso de enseñanza-aprendizaje. En 1976 egresó con Mención Honorífica y comenzó a impartir clases en la Secundaria Federal No. 7 de Valladolid, al mismo tiempo que participaba en la formación de nuevos docentes en la Normal Superior.

A principios de los años ochenta se abrió una oportunidad que ampliaría de manera decisiva su visión pedagógica: obtuvo una beca para cursar la Maestría en Educación Superior con especialidad en Diseño Curricular en Michigan State University, en Estados Unidos. El ambiente académico, basado en la discusión constante y la confrontación de ideas, representó un desafío estimulante.

Su curiosidad y la intensidad de sus preguntas llamaron la atención de uno de sus profesores, quien en cierta ocasión le dijo que compartiría con él todo lo que sabía, con la condición de que ese conocimiento no se desperdiciara y pudiera transmitirse a otros. Aquella frase se convirtió en un compromiso personal que marcó su regreso a México.

Volvió a Yucatán en 1982 y se integró al Instituto Tecnológico de Mérida, en su módulo de Valladolid, impartiendo asignaturas relacionadas con investigación y psicología administrativa. Poco después regresó a la Normal Superior como docente de posgrado en investigación científica, combinando docencia, formación de maestros y diseño curricular.

En 1985 asumió la dirección de la Universidad Pedagógica Nacional en Ciudad del Carmen y un año más tarde fue trasladado a Mérida como director de la Unidad 31 de la UPN. Su gestión estuvo marcada por dos grandes apuestas: consolidar la infraestructura de la institución y fortalecer su planta académica.

Una de las gestiones más recordadas fue la obtención del terreno que hoy ocupa la universidad en el fraccionamiento Vergel. La institución funcionaba en espacios limitados y, tras diversas negociaciones, logró contar con instalaciones propias que permitieron su crecimiento. Pero para Yanuario, el edificio era solo una parte: lo esencial era formar equipos académicos sólidos y abrir oportunidades a docentes con distintas trayectorias y experiencias.

Durante esos años impulsó programas innovadores como la Maestría en Desarrollo Curricular con Enfoque Humanista, que proponía integrar conocimientos, habilidades y actitudes en la formación docente. Aunque inicialmente enfrentó resistencias, con el tiempo varios de sus planteamientos fueron retomados por modelos educativos posteriores.

Más adelante se integró a la representación de la Secretaría de Educación Pública en Yucatán como Subdirector Técnico Pedagógico, función que le permitió conocer de primera mano los procesos de evaluación y actualización docente en el país. Fue testigo de la llegada de evaluaciones internacionales como PISA y reafirmó su convicción de que el sistema educativo debía abandonar el énfasis memorístico para enfocarse en competencias reales.

En 2005 regresó al Instituto Tecnológico de Mérida para colaborar en el diseño del plan de estudios de la Ingeniería en Gestión Empresarial, modelo basado en competencias que posteriormente fue adoptado por más de veinte institutos tecnológicos del país, ampliando el alcance de su trabajo.

Tras más de cuatro décadas dedicadas a la educación, se retiró formalmente en 2012, aunque su participación continuó. Entre 2015 y 2017 presidió la Academia Mexicana de la Educación y participó en la organización de los Foros de Consulta del Nuevo Modelo Educativo, espacios de discusión sobre el futuro de la enseñanza en México.

Su influencia también puede verse en historias personales, como la de una exalumna que, pese a no disfrutar inicialmente la química, terminó convirtiéndose en profesional de esa disciplina y años después le dijo: “Por su culpa, Maestro, me hice Química”. Anécdotas así sintetizan el impacto de un docente que siempre buscó despertar interés antes que imponer contenidos.

A lo largo de su trayectoria ha sostenido que el mayor desafío del magisterio consiste en enseñar a pensar por cuenta propia y no en repetir fórmulas. Su visión queda sintetizada en una frase que resume décadas de trabajo en aulas, universidades y espacios de formación docente: “El reto actual de la educación es formar ciudadanos universales.”

Hoy, retirado de la docencia formal pero siempre dispuesto a conversar sobre educación, ciencia y aprendizaje, Enrique Yanuario Ortiz Alonzo mantiene intacta esa curiosidad que lo llevó desde joven a preguntarse qué hay detrás de las cosas y cómo compartir ese descubrimiento con otros.

*Este texto forma parte de un adelanto del libro Maestros Distinguidos de Yucatán 2015–2025, proyecto editorial que actualmente desarrolla la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán para preservar la memoria y legado de docentes que han marcado la vida educativa del estado.


Edición: Fernando Sierra


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