Opinión
Ornela De Gasperin Quintero
09/02/2026 | Mérida, Yucatán
Las soluciones reales a la crisis climática son profundas reformas de carácter social y económico: impuestos a la microélite, democratización de los bancos (que invierten miles de millones de dólares en empresas fósiles y armamentistas), asegurar garantías habitacional y laboral de trabajos útiles para reducir sectores económicos nocivos (la aviación, la moda rápida, los plásticos de un solo uso, la publicidad, la obsolescencia programada, etc.), sin dejar despojadas a las personas que laboran en esos sectores.
Necesitamos abandonar fuentes fósiles de energía. Pero, sobre todo, es urgente reducir la producción y el consumo de energía, y cuestionar para qué se extraen materiales y se produce energía, y quién lo decide. En otras palabras, democratizar los medios de producción.
Esto no significa que todas las personas deban reducir la cantidad de materiales y energía que consumen.
El consumo energético, como la riqueza y los ingresos, es injusto y desigual, tanto entre personas como entre países. A nivel global, el 10 por ciento más rico consume el 39 por ciento de la energía, 20 veces más que el 10 por ciento más pobre de la población mundial (que consume 2 por ciento). Una persona promedio de Qatar consume 77 veces más que una de Bangladesh, y 12 veces más que una de México. Asimismo, en México, el 10 por ciento más rico es dueño de casi el 80 por ciento de la riqueza, mientras que el 50 por ciento más pobre está en deuda.
En vez de abogar por reducir el sobreconsumo de la élite económica y democratizar los medios de producción, los medios de comunicación hegemónicos impulsan soluciones falsas a la crisis climática y ecológica.
Por ejemplo, la ‘transición’ a la energía renovable. Necesitamos urgentemente fuentes renovables de energía, pero no para que Taylor Swift tenga un avión privado eléctrico, o para que H&M tenga paneles solares para alumbrar su ropa basura.
La energía que sale del sol y del viento es limpia, pero la tecnología para capturarla, transformarla y almacenarla es sucia. La infraestructura se tiene que renovar cada 20 años aproximadamente, y requiere de minerales como cobalto, litio, plomo, zinc y cobre. La minería depende de fuentes fósiles para su explotación y transporte, y es una de las principales causas de deforestación, colapso de ecosistemas, extracción de agua dulce, y pérdida de biodiversidad. Al ritmo actual de uso de materiales, estamos superando los niveles sostenibles de extracción en más de un 80 por ciento. Un automóvil eléctrico requiere seis veces más minerales que uno convencional. Para extraer un kilogramo de litio se necesitan hasta dos millones de litros de agua, y un coche eléctrico requiere cerca de ocho kilos de litio. No hay suficiente litio en el mundo para reemplazar la flota vehicular de tan sólo México, EUA y China (Aleida Azamar, UAM).
Otras ‘soluciones’ frecuentemente impulsadas son la economía circular (el reciclaje), que le transfiere la responsabilidad de la contaminación al consumidor, en vez de hacerlo a las empresas que lucran con la venta de los productos contaminantes. Si la Coca Cola te dice que recicles, la Coca Cola te está transfiriendo la culpa de su producto, en vez de que ella deje de usar PET para empacar sus productos (menos del 9 por ciento del plástico se ha reciclado y no se puede reciclar infinitamente). Para reciclar hacen falta plantas e industrias, que requieren de materiales para su instalación y de energía para su funcionamiento. Mejor usar materiales re-utilizables.
Otra ‘solución’ son los mercados de carbono. En economía, no se incluye la contaminación en los modelos y se les llaman ‘externalidades’. Los mercados de carbono ‘internalizan’ esos ‘costos’, cobrando por contaminar, e intercambiando ‘bonos’ (yo, EUA, contamino más que tú, Haití, pero te compro lo que tú no contaminaste y lo contamino yo).
Las emisiones deben reducirse a un 45 por ciento debajo de los niveles de 2010 para limitar el calentamiento a 1.5 °C (para reducir la probabilidad de que procesos biofísicos, como el derretimiento de las placas de hielo, se vuelvan procesos imparables e irreversibles), y estos programas, incluido el famoso ‘cap and trade’ de la Unión Europea, han reducido máximo un 2 por ciento. Además, no consideran a cuántas personas benefician, y en qué plazo, solo se cobra por tonelada de CO2. Construir aviones privados puede contaminar menos a corto plazo que hacer transporte público nacional y ecológico de calidad.
¡No hay justicia climática sin justicia social!
Edición: Estefanía Cardeña