Opinión
Felipe Escalante Tió
12/02/2026 | Mérida, Yucatán
En estos últimos días se cumplieron 120 años de la visita del general Porfirio Díaz a Yucatán, la primera que hizo un Presidente a este rincón del país. Tal fue el impacto de ese acontecimiento, que se dio entre el 5 y el 9 de febrero de 1906, que sigue siendo tema de conversación. Por otra parte, los edificios que fueron inaugurados durante las llamadas Fiestas Presidenciales, siguen en pie, aunque algunos de ellos, como el Asilo Ayala y la Penitenciaría Juárez, tienen hoy funciones muy distintas a las originales. Otros, como el edificio de Salubridad y la escuela Nicolás Bravo, continúan cumpliendo su propósito.
Viendo esa visita como un diálogo entre personajes de la élite política y económica, que a fin de cuentas eso fue, se encuentran testimonios que se antojan sumamente críticos para la época. Tal es el caso del semanario El Padre Clarencio, que tanto en sus artículos como en sus caricaturas se ensañó contra el gobierno de Olegario Molina en Yucatán y, en general, el de Porfirio Díaz.
Un día antes de la llegada de don Porfirio, el equipo de Carlos P. Escoffié Zetina, director y propietario de El Padre Clarencio que se encontraba en prisión por esas fechas, publicó un texto titulado “El Gral. D. Porfirio Díaz y el pueblo yucateco. No es oro todo lo que luce”, en el cual recuperaba la conversación de periódicos y “sueltos” “que en los últimos días han venido publicando profusamente los pocos ciudadanos que integran el bando gobiernista”, en los que “bien claro expresan que D. Olegario Molina tiene una gran influencia con los altos poderes de la Nación”, lo que califica de correcto, “porque gracias al Sr. Gral. Díaz ha sido reelecto Gobernador de Yucatán”, a pesar de la oposición enérgica del pueblo yucateco.
A continuación, el periódico -aunque lo más probable es que debamos esas líneas a Margarita Carrera, esposa de Escoffié, a quien años después le reconoció que ella se había hecho cargo del periódico mientras él acumulaba temporadas en la Penitenciaría Juárez - insistía en que las fiestas, “por el lujo, magnificencia y explendor, son más propias y adecuadas para un poderoso monarca, que para el Jefe supremo de un país republicano. Fiestas que un verdadero demócrata hubiese rechazado con justa indignación”. Y líneas más adelante remataba:
“Los bailes, los banquetes, los trajes explendorosos, las joyas deslumbrantes, cerrarán los ojos al caudillo para que no vea lo que hay más abajo, detrás de esos oropeles que cubren mal la miseria del pueblo y el descontento público.” En unas pocas líneas, el periódico dejó al descubierto la intención del grupo molinista que, sobra decirlo, salió sumamente beneficiado de las fiestas.
En los últimos párrafos, el artículo trata la cuestión social de Yucatán, y que era también otro asunto pendiente en la visita de don Porfirio: la esclavitud en las haciendas henequeneras:
“Es seguro que no tendrá tiempo de pensar en que tres hombres honrados [Tomás Pérez Ponce, Carlos Escoffié y José A. Vadillo] están aprisionados en la Bastilla de Yucatán, hace más de un año y que su delito, ni tal puede llamarse, consiste solamente en haber tomado la defensa de los jornaleros de campo oprimidos por los magnates del henequén. No pensará ni un instante en que gemimos bajo el peso de impuestos exorbitantes y monopolios ruinosos. Menos en que madres y esposas de muchas víctimas han derramado torrentes de lágrimas junto a las rejas de la cárcel ante la iniquidad de los hombres que disponen del poder y de la fuerza para abusar y atropellar a mansalva.
“Verá indígenas vestidos de fiesta y con aspecto de aseo y decencia que simulan un bienestar a todas luces ficticio”.
Estas líneas debieron inspirar al caricaturista que firmaba como Etcétera a elaborar una ilustración que apareció en la contraportada del semanario a la semana siguiente, el 11 de febrero, resumiendo el montaje preparado para don Porfirio, y del que se podía concluir igual: “Las músicas, vítores y cantos en esta ocasión, serán como el redoblar de los tambores y el estrépito de las cornetas para apagar en el cuartel los gritos desesperados del soldado a quien en esos momentos muelen a palos”.
En historia, nada está a salvo de la polémica, y así como la explotación fue la base de grandes riquezas, también debe reconocerse que los críticos de la época tuvieron una visión muy corta de las obras que se llevaron a cabo; una de las principales en Yucatán es el Hospital Agustín O’Horán, que por décadas fue uno de los más importantes en toda Latinoamérica, pero esas discusiones son tema de otras notas, y otros tiempos.
Edición: Estefanía Cardeña