Opinión
Nalliely Hernández
19/02/2026 | Mérida, Yucatán
Existen un montón de formas de clasificar a los filósofos. La más obvia es la corriente o tradición filosófica a la que pertenecen: existencialistas, fenomenólogos, analíticos, marxistas, etc. También hay clasificaciones por su objeto de estudio: política, ciencia, arte. Sin embargo, hay otras clasificaciones más interesantes, como aquellas que distinguen entre las preocupaciones públicas y privadas de los filósofos. O aquella distinción entre los filósofos que saben muchas cosas pequeñas o aquellos que saben una sola y grande (la distinción que hacía Isaiah Berlin entre la zorra y el erizo).
Sin embargo, hay una clasificación más gruesa que distingue entre dos tipos de filósofos en función de su actitud ante las reglas. Aquellos que insisten en encontrar normas generales que nos guíen en las situaciones difíciles y aquellos que piensan que esta búsqueda es una pérdida de tiempo. Ya pueden ser reglas sobre el conocimiento (lógicas o metodológicas), sobre el bien y el mal (morales), sobre nuestros arreglos como comunidad (políticas) y un largo etcétera. Al final no es difícil darse cuenta de que estos distintos tipos de normas están relacionados entre sí. Nuestro conocimiento puede ayudarnos a distinguir entre el bien y el mal y, a su vez, dicha distinción puede determinar qué acuerdos tenemos como sociedad. Recíprocamente, nuestras reglas sociales pueden determinar cómo tratamos a los otros, lo que también establece condiciones para crear comunidades de conocimiento.
La búsqueda filosófica de reglas universales nace del anhelo de dotar de certeza a nuestras creencias, de bondad a nuestras decisiones y de justicia a nuestro orden social. Figuras como Platón, Descartes o Kant encarnan esta voluntad, movidas por el temor a lo que la jerga académica denomina relativismo: esa sombra que suele sembrar pánico en los debates intelectuales. Bajo esta óptica, nuestras convicciones dependerían siempre de un marco contingente —una cultura, una época o una teoría— que está sujeta al cambio. El relativismo lleva a la conclusión de que todos los puntos de vista acerca de cualquier cosa pueden ser igualmente válidos. De ser así, sin normas universales que actúen como ancla, nos veríamos forzados a aceptar la validez de cualquier postura, abriendo la puerta a la legitimación de errores fácticos, como el terraplanismo, o de catástrofes morales, como la reivindicación del nazismo.
Por otro lado, entre los filósofos escépticos de este tipo de normas, se encuentran algunos que simplemente afirman que estas no existen y, en cierto modo, abrazan el relativismo. Pero existe otra versión más interesante y sutil. Algunos pensadores consideran que la idea del relativismo solo adquiere sentido cuando pensamos que existe algo así como un conocimiento absoluto e inamovible, una norma trascendental sobre algo que aplica en cualquier contexto. Sin embargo, un conocimiento absoluto, ya sea metodológico, ético o político, es aquel que ya no puede ser mejorado ni corregido: es infalible. Lo infalible está asociado con la figura de Dios (que todo lo puede y todo lo sabe). Por lo tanto, la figura de una norma universal alude a la figura de una autoridad no humana. Por ello, para este tipo de pensador, escéptico ante este tipo de reglas, lo que se ha llamado en filosofía “la muerte de Dios” significa secularizar la cultura y, con ello, aceptar la idea de que todas las normas son humanas, por tanto, falibles, prácticas e históricas. Ejemplos de esta actitud son Nietzsche, Wittgenstein, Foucault o Iris Murdoch.
Para estos autores, la búsqueda de normas universales no ha sido exitosa. Aunque Descartes buscó reglas para la dirección del espíritu y Kant propuso un imperativo categórico, estas 'recetas' de infalibilidad suelen resultar inoperantes ante la complejidad de la práctica científica o moral. Si la regla es general, no me sirve como guía práctica ante un problema científico particular o un dilema ético concreto; si es específica, no sirve como norma universal. Como sugiere Richard Rorty, la lección es clara: no hay fórmulas, solo ejemplos previos, imaginación, sensibilidad y apertura a la crítica.
¿Qué hacemos con la amenaza del terraplanismo o el resurgimiento nazi? La autonomía tiene un precio y es que sólo la práctica exitosa puede darnos pautas siempre mejorables. Hoy vemos cómo colapsan las instituciones y normas liberales que en las décadas anteriores prometían derechos universales, democracia y el 'nunca más' a los genocidios. Si bien ese orden siempre fue hipócrita y selectivo, su desaparición actual parece inevitable y con total resignación por parte de quien en teoría estaría ahí para defenderlo. La precariedad y fragilidad del progreso moral se nos muestra sin máscaras. Hoy más que nunca debemos asumir nuestra responsabilidad porque ninguna regla vendrá a salvarnos.
*Profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara
Edición: Estefanía Cardeña