Opinión
Nalliely Hernández
19/01/2026 | Mérida, Yucatán
En memoria de Camelia
Los gatos han tenido un papel complejo en la historia cultural del mundo. Este ha variado desde su divinización en el antiguo Egipto hasta su demonización, acompañada de tortura y muerte durante la Edad Media, pasando por una cohabitación conveniente con los humanos en Oriente Próximo hace unos 12 mil años, y una domesticación contemporánea hasta cierto punto “de moda”. Esta complejidad está retratada por John Gray en su libro Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida. El filósofo inglés discute, entre otras cosas, la exploración de la relación entre humanos y gatos en la literatura. Por ejemplo, analiza brevemente en La gata (1933) de Sidonie-Gabrielle Colette el choque entre amor humano y felino, donde el último prevalece sobre el primero; examina en La mayor presa de Ming (1975) de Patricia Highsmith, en la que un siamés se venga del amante de su dueña; o en La gata, Shozo y sus dos mujeres (1936) de Junichiro Tanizaki recupera la historia de un triángulo amoroso en la que el ser verdaderamente amado es Liliy, la gata.
Pasando de la literatura a la filosofía también podemos decir que los gatos nos inquietan. Quizá es por ese enigmático comportamiento con la mirada fija, que parece transmitir serenidad, contemplación y hasta profundidad, a veces tiernos y a veces indiferentes, pero que nunca sabemos bien a bien cómo se sienten. Ahí tenemos, por ejemplo, al personaje de internet Henri,
le Chat Noir, creado por William Braden, un gato existencialista que reflexiona sobre la vida y la estupidez humana en francés. Curiosamente, Grey presenta más bien una imagen algo antifilosófica de los gatos. Para el inglés los humanos filosofamos por angustia, aburrimiento y autoconciencia. Nuestra principal angustia es la idea de nuestra mortalidad, que es justamente resultado de la reflexión y por eso necesitamos distraernos. De tal forma que una buena parte de nuestras teorías, hábitos, filosofías o religiones son intentos humanos por tranquilizarnos ante nuestra inevitable mortalidad, lo cual es en sí mismo paradójico. Pasamos la vida preparándonos para la muerte. Ello ha generado una historia humana de excesiva creación de un yo que intenta confeccionar una idea de la vida buena para poder alcanzarla: “La conciencia forma parte integral del buen vivir”. Por lo menos en el occidente que nos ha colonizado.
Grey usa la vida felina para cuestionar la razón humana como un lugar cognitiva y moralmente superior para vivir. La conciencia está sobrevalorada. En sus palabras: “¿Por qué debemos tomarnos la autoconciencia como si fuera el valor más importante de todos? […] Los gatos al no haberse formado una imagen de sí mismos no necesitan distraerse de que algún día dejarán de existir”. Viven sin miedo de que el tiempo transcurra; su pensamiento no está volviendo constantemente sobre sí mismo. La vida buena para ellos es algo que se siente y practica, no un proyecto lejano o la persecución de una idea. Pueden reaccionar y cuidarse ellos mismos o a sus cercanos sin la necesidad de un ego, y están en el presente sin una angustia de futuro. Así, el filósofo interpreta de forma original la conducta contemplativa felina: “Para los humanos, la contemplación es una ruptura con su vivir diario, para los gatos es la sensación de la vida misma”.
Otro tema que Gray aborda es el amor gatuno. Mi gata murió hace dos meses de forma algo abrupta y dramática, y sólo entonces comprendí que su compañía era algo que yo daba por sentado. Entre mis idas, venidas y viajes, ella siempre estaba ahí: lista para trepar a mi regazo, entorpecer mi trabajo en el escritorio o discutir interminablemente. Se había convertido en lo que los filósofos llaman certeza ontológica: esa permanencia en medio del cambio a la que tanto nos apegamos. Como dice Highsmith, los gatos aportan “una compañía que no exige nada ni importuna, que es tan reposada y siempre cambiante como un mar en calma”.
El duelo me tomó por sorpresa. No quise conservar sus cenizas ni soy una persona de rituales; además, es un dolor que carece de reconocimiento social: uno no falta al trabajo ni organiza un funeral por un gato. Lo compartí sólo con mi círculo cercano. Sin embargo, no se me malinterprete: rechazo el término gathijos. No creo que sea una relación filial, ni que debamos atribuirles características o cuidados propiamente humanos. Como relata Grey, los gatos mantienen su independencia de los humanos con los que habitan. Si no disfrutan con ellos, se van. Afortunadamente, es un amor más simple, libre de las contradicciones y complejidades del afecto entre humanos, pero que puede doler con la misma fuerza.
Así, tal vez algo podemos aprender de la vida gatuna. Ante el escenario mundial tan desalentador que presentan lugares como Palestina o Venezuela, nuestras relaciones —basadas en una supuesta reflexión exhaustiva y creación de instituciones y normas— fracasan en su intento de frenar la injusticia y el dolor. Por ello, parece sensato volver la mirada hacia otros ejemplos de relación; tal vez así logremos ampliar nuestra imaginación sin necesidad de tanta sofisticación.
*Profesora del Departamento de filosofía de la Universidad de Guadalajara
Edición: Fernando Sierra