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La socioestética en una nuez

Apuntes al vuelo. Segunda parte de tres
Foto: Juan Manuel Valdivia

El arte no es otra cosa que el “lenguaje” altamente complejo con el que se expresa nuestra subjetividad. La característica fundamental del sujeto es que es único e irrepetible; un sujeto bien puede alegorizarse como una mirada.

Entrecomillo la palabra “lenguaje” porque no es rigurosa para expresar lo que aquí se plantea. Digamos que los lenguajes son más o menos eficaces para hablar de la realidad objetiva: si yo le digo a alguien: “¿Puedes darme el lápiz verde que está sobre la mesa?”, la posibilidad de confusión es reducida; pero si yo digo: “Dibuja en mi corazón el rostro infantil de la ceniza…”, el entendimiento se revuelca sobre su incompetencia imaginativa.

A manera de conclusión apresurada y hasta imprudente, podríamos afirmar que el arte es un lenguaje exclusivo de nuestra condición de sujetos; mediante el arte un sujeto interpela a otro sujeto; el arte trata de llegar donde el lenguaje común y corriente no puede. 

El corolario de este planteamiento es inevitable: el arte no está hecho para comprenderse sino para imaginar: el arte se “lee” con la imaginación, no con el raciocinio (la imaginación es el estimulante fundamental de nuestras emociones). 

Así, una sociedad que quiera desarrollarse artísticamente debe, necesariamente, convertirse en una gran comunidad de individuos que no le tengan miedo a su imaginación y que, además, la ejerciten como parte de sus procesos de socialización y de convivencia. Como quiera, no debemos perder de vista que el poder tiene una especie de terror ontológico hacia la imaginación y esto no es un tópico menor que consigna la naturaleza necesariamente subversiva de la misma.

El asunto, entonces, no es tanto de sistemas educativos y de enfoques pedagógicos, ni de instituciones que se hagan cargo de la cultura con programas complejos y grandes presupuestos; antes bien, debe apelarse a la sencillez como punto de partida de nuestras facultades imaginativas y ello supone vivir alejados suficientemente de todo aquello que nos impone la dictadura del mercado y del consumo. 

El problema —repito— no está en la educación ni en las instituciones culturales: está en los vicios estructurales de nuestra vida social y en la actitud individualista que asumimos ante el mundo. 

En tanto prevalezcan la competencia y el egoísmo por encima de la cooperación y la solidaridad, nuestro equipamiento sensible será terreno yermo y el arte verdadero sólo se verificará como una especie de refugio ante la sinrazón y la desesperanza.

Mientras los hombres sigamos siendo los lobos de los hombres, las instancias culturales sobrevivirán jugando con nuestro narcisismo, arrancando del arte y del artista sus potencialidades imaginativas y el rasgo potencialmente subversivo que supone el arte como un ejercicio radical que nos abre a la posibilidad de lo imposible.

Lea, del mismo autor: La socioestética en una nuez

Edición: Fernando Sierra


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