Opinión
José Juan Cervera
18/03/2026 | Mérida, Yucatán
Cada época imprime sellos de identidad colectiva en sus respectivos campos de expresión. La historia del arte rastrea las formas sensibles en que las comunidades se reconocen portadoras de tendencias y movimientos con marcado relieve en la esfera de su influjo social –vasta o restringida–, cuyo vigor les confiere un lugar significativo en la memoria del ser y en el orden humano que la recrea.
El modernismo literario desató en Hispanoamérica una fuerza contenida que tuvo el acierto de asimilar elementos compositivos por los que habían transitado simbolistas y parnasianos en la Francia decimonónica; traídos a la realidad del continente se sobrepusieron a modelos caducos, repetidos en fórmulas que ya en ese entonces mostraban la imposibilidad de abandonar sus lastres para ofrecer a su público una experiencia de genuino alcance vital.
En semejantes circunstancias, el advenimiento del modernismo en México atestiguó las contradicciones sociales y políticas del régimen de Porfirio Díaz, reaccionando en cierto modo a ellas, no como signo de una oposición directa sino inconformándose ante las restricciones morales que alentaba en la vida cotidiana, es decir, exhibiendo su mojigatería y sus poses hipócritas. Marisela Rodríguez Lobato aborda este proceso desde una perspectiva que combina la fuerza sustantiva de las artes gráficas con los quehaceres de la escritura creativa en torno de una de las publicaciones periódicas más importantes de ese periodo, tal como lo muestra en el libro Julio Ruelas… Siempre vestido de huraña melancolía. Temática y comentario en la obra ilustrativa de Julio Ruelas en la Revista Moderna. 1898-1911 (México, Universidad Iberoamericana, 1998).
A más de un esbozo biográfico del pintor y dibujante zacatecano que le da título –en un marco informativo que señala sus influencias, temas y vínculos amistosos–, el volumen contiene un seguimiento puntual de sus creaciones publicadas en la revista, aun las que aparecieron en ella después de la muerte del artista. Se trata de una edición ilustrada que reúne interpretaciones acerca de las imágenes que dan fe del trazo maestro de Ruelas y que se fijan en el recuerdo de quien las contempla para ratificar de este modo su valor intrínseco, junto con el simbolismo que remueve los fondos de la conciencia.
En su análisis de la personalidad de Julio Ruelas y de su desarrollo estético, la autora describe elementos como el desasosiego que lo envolvió, la adopción de motivos de la antigüedad clásica (de manera distinta a la de los románticos), su gusto en rondar atmósferas decadentes y el cuidado extremo que puso en su labor, conjunto que hace de él una figura notable que, para fortuna de las generaciones actuales, fue redimida del olvido en que por varios años la sumieron prejuicios intelectuales y menosprecios injustificados, al grado que el libro de Rodríguez Lobato se suma a otros que dedican pasajes, capítulos o monografías completas a este ilustrador de altos vuelos y de sutileza singularmente atrayente pese a la ferocidad que la circunda.
Ruelas marcó una pauta insustituible en las páginas de la revista, y si bien es cierto que su variedad temática depende en gran medida del contenido de los materiales que ilustró, otros dibujos suyos, como viñetas y capitulares, derivan en cambio de una elección propia del sentido especial que decidió plasmar en ellos, por eso es útil la clasificación que Rodríguez Lobato aporta en su libro. El equilibrio entre el poder sugestivo de los escritos publicados y de la obra gráfica se observa en muchos casos, aunque, en algunos de ellos, la segunda se impone sobre su complemento textual.
En lo que toca a los poemas, ensayos y relatos a los que el artista dotó de intensidad plástica, algunos provienen de plumas de origen peninsular, de acuerdo con el índice de escritores cuyos textos Ruelas se dio a la tarea de ilustrar con su destreza característica, secuencia nominal que constituye uno de los apéndices del estudio. Aunque durante los años en que vinieron al mundo Yucatán y Campeche aún no formaban entidades separadas, en la actualidad su recuerdo pervive más en el contexto histórico de alguno de dichos estados debido a la proyección que lograron en su madurez, incluso en importantes cargos públicos en el orden federal. Entre ellos figuran José Inés Novelo y Álvaro Gamboa Ricalde (uno reconocido como pedagogo y poeta, el otro como historiador), no obstante que, en el caso del segundo, Marcela Rodríguez Lobato no logra determinar el sitio de su nacimiento, ni siquiera su nacionalidad. Por su parte, Joaquín Baranda y Justo Sierra Méndez se distinguieron como ministros en el gabinete de Porfirio Díaz, lo que reafirma las aptitudes literarias de dichos personajes además de su peso político en los asuntos de aquel entonces. El dibujante hizo también un retrato de Sierra, publicado en la Revista Moderna.
Es probable que varios de los escritos ilustrados por Ruelas hayan perdido la frescura que apreciaron sus coetáneos, pero la potencia expresiva del artista zacatecano se mantiene intacta y amerita ser aquilatada en todo su esplendor como ejemplo inobjetable de un estilo que transformó el registro visual de su tiempo proyectándose en el porvenir.
Edición: Fernando Sierra