Opinión
Carlos Martín Briceño
22/03/2026 | Mérida, Yucatán
Dicen los que saben, que no es lo mismo un cómic que una novela gráfica. Que esta última, además de cubrir una historia entera en una sola entrega, debe superar las cincuenta páginas, ser o provenir de una obra con calidad literaria y tocar temas relacionados con la crudeza del alma humana, subrayando los tonos grises del carácter de sus personajes.
Aunque no soy partidario de calificar lo que leo según los dictámenes del canon, decidí incluir en esta reseña este brevísimo análisis porque me parece que Posada. La vida no vale nada y la hoja suelta un centavo (Editorial Resistencia 2025), el libro más reciente de Gonzalo Rocha, además de cubrir con creces lo anterior, posee también una característica adicional que lo distingue: está elaborado con un altísimo valor estético. Cada una de las imágenes que lo componen, es por sí sola una pequeña obra de arte. El autor ha puesto tal énfasis en cada cuadro, que resulta imposible no darse de cuenta de este detalle, por muy neófito que uno sea.
Dividido en cuatro apartados: La muerte de Posada, Infancia, El chalequero y El baile de los 41, el libro, que tiene su origen en la vida del genio caricaturista José Guadalupe Posada, celebra también sus grabados más emblemáticos: el de la elegante Garbancera de sonrisa descarnada, esa que Diego Rivera bautizara como La Catrina; el de los famosos diablos alados que atormentaron a José Guadalupe toda su vida; aquel de El Chalequero en plena acción, el asesino en serie mexicano al que se le imputan más de una veintena de asesinatos y, finalmente, el de las bizarras parejas danzantes bautizado por el pópulo como “El Baile de los 41”, nacido de aquella redada de homosexuales efectuada el 20 de noviembre de 1901 en la Ciudad de México.
Así, en cada uno de los capítulos, nos encontramos con una historia diferente que tiene como eje conductor la vida de José Guadalupe Posada, además de los hechos históricos que la acompañaron, tales como el incendio en 1863 del mercado del Parian de Aguascalientes, de donde era oriundo Posada; la caída de Madero, la Decena Trágica, los múltiples asesinatos de El Chalequero y el apogeo del Porfiriato.
Rocha, que creció leyendo las historietas de Los Supersabios de Germán Butze Olivier y La Familia Burrón, de Gabriel Vargas y que lleva más de cuarenta años publicando diariamente una caricatura política en La Jornada, en más de una ocasión se ha definido como un autodidacta. No obstante, jamás ha negado sus influencias directas de Rogelio Naranjo, Helio Flores y José Guadalupe Posada. Y es quizás de este último, del cual ha nutrido más su sabiduría pictórica. Tanto que cuando ha expuesto sus innovadores colecciones propias que recrean las calaveras de Posada, Rocha suma su propio espíritu irreverente y provocador al del artista hidrocálido.
Pero no se crea que en este libro Rocha se ha preocupado nada más de las imágenes, los textos que los acompañan, que tienen su origen en hechos reales pero que están convenientemente aderezados con ficción, son extraordinarios.
“A Lupe no le quedaba tiempo, si acaso unas horas. Su imaginación viaja al lugar donde atestigua el crimen. El rasguño del metal lo trae de nuevo al taller. La punta de su pluma se cruza con el filo del cuchillo. Un escalofrío que parte de sus dedos le recorre todo el cuerpo. Los últimos rayos del sol de la tarde se reflejan en la placa de zinc. Entrecerrando sus ojos un cuchillo de luz afilado le arranca de su vista el dibujo”
Crudo y directo, en tercera persona, así es el lenguaje que el autor ha elegido para narrar las tres primeras historias. Relatos que conmueven y golpean, pero que al mismo tiempo reconcilian al lector con la historia de México.
En cambio, para “El Baile de los 41”, el que se refiere al caso que le provocó tantos dolores de cabeza al general Porfirio Díaz, Gonzalo Rocha utiliza convenientemente la primera persona. Es a través de los ojos del comandante Aniceto, el encargado de cuidar al yerno del dictador, que conocemos los detalles de tan tristemente célebre hecho.
Si José Guadalupe Posada tuviera oportunidad de regresar del inframundo y gozar de estas imágenes y de esta novela gráfica que ha realizado uno de sus discípulos más aventajados, estoy seguro de que disfrutaría enormemente la labor de Rocha, el caricaturista y grabador contemporáneo que, como escribí en alguna ocasión, con sobrada destreza es quien mejor comprende, reinventa y recrea su obra.
Edición: Fernando Sierra