Opinión
José Juan Cervera
25/03/2026 | Mérida, Yucatán
Los usos formales que anidan en la rutina se distinguen por desterrar sentimientos espontáneos; llevados al contexto que pone al día el recuerdo de mujeres y hombres eminentes de diversas épocas, sería más sensato honrarlo en ambientes gozosos y en fraternidades crecidas al cobijo de palabras cálidas, incluso en ocasiones que no coincidan rigurosamente con actos de conmemoración oficial; sin embargo, si han de efectuarse en cumplimiento de algún aniversario clave para llenar el expediente de un compromiso instituido y si además se juzga necesario llevarlos a públicos escolares y ámbitos juveniles, por citar un ejemplo, rendiría mejores frutos si las palabras alusivas se encomendasen a conocedores con la sensibilidad suficiente para exponer nociones básicas en referencia a los ilustres evocados, sobre todo si han logrado conectar con las expresiones hondas de su esencia creadora; en suma: personas idóneas para transmitir, con amenidad y energía benevolente, las enseñanzas que aporta la memoria de alguna figura cuyo alcance histórico contribuyeron a moldear la constancia y el talento. Cualquier grupo de edad aprecia todo aquello que se le hace saber con el gesto amable nacido del entusiasmo que nadie puede fingir sin delatar su falsía.
Cuando Adolfo Castañón, tras cerrar un ciclo importante de labores editoriales en el Fondo de Cultura Económica en 2003 ingresó en la Academia Mexicana de la Lengua, asumió la tarea de documentar la vida y la obra de varios miembros de esa corporación. Uno de ellos fue Francisco J. Santamaría (1886-1963), erudito tabasqueño a quien dedicó un discurso con motivo del homenaje luctuoso que los académicos le tributaron en marzo de 2013. En el mismo año, la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco incluyó el texto leído durante la ceremonia en su colección Andrés Iduarte Biografías y Perfiles, con el título de Francisco J. Santamaría: una presencia cotidiana.
Lejos de resultar solemne, el autor brinda información suficiente para revelar los valores que caracterizaron al homenajeado, pero no se detiene en ello, porque ratifica la estima que los socios guardan a la obra de aquel hombre de letras: “Cada jueves, en las sesiones de la Comisión de Consultas de esta Academia Mexicana de la Lengua, se abre como quien alcanza el pan el Diccionario de mejicanismos de Francisco J. Santamaría”. Despliega anécdotas y reflexiones que combinan gracia y profundidad, y apunta momentos decisivos en que él mismo se fue acercando al legado de Santamaría, quien pese a ser reconocido de manera especial por sus contribuciones lexicográficas, también produjo obras de contenido literario, histórico y bibliográfico.
A modo de paréntesis que sugiera la lectura tanto del discurso de Castañón como la consulta de los escritos de Santamaría, cabe proponer –en calidad de conjetura más cercana al sentido común que al rigor científico, pero que pudiera explorarse con la firmeza de ánimo que contagian personajes de alto rango humanístico, como los aquí mencionados–, que el continuo interés del letrado tabasqueño en torno a las locuciones americanas, mexicanas y provinciales se originó en su contacto directo con la realidad étnica y lingüística de su patria chica, ya que Tabasco posee un exuberante vocabulario popular que ha dado motivo a estudios de paisanos suyos que merecen, del mismo modo, un reconocimiento puntual de sus labores intelectuales.
El nexo efectivo que une a Francisco J. Santamaría con la Academia Mexicana de la Lengua se remonta a su pertenencia a dicha asociación desde 1954, y es notable que su discurso de ingreso haya sido un esbozo introductorio de lo que llegaría a ser su compendio de mexicanismos publicado cinco años después. Las evocaciones de Castañón subrayan episodios sobresalientes en la vida del homenajeado, como su origen rural, sus ansias de conocimiento, la insistencia que manifestó, en plena juventud, de viajar a la capital del país para instruirse y su encuentro con otros tabasqueños de renombre como Arcadio Zentella y Abraham Bandala, además de sus frecuentes incursiones en el Mercado del Volador para proveerse de libros antiguos que nutriesen sus investigaciones.
Santamaría fue un jurisconsulto sagaz y un periodista destacado, ocupó cargos públicos de relieve (fue senador de la república y gobernador de Tabasco), si bien una experiencia que le infundió un halo de notoriedad fue el haber sobrevivido a los hechos de 1927 que la historia registra como matanza de Huitzilac, uno de los pasajes cruentos que suscitaron las agudas tensiones de la sucesión presidencial de ese entonces, acontecimientos de los que Santamaría rinde testimonio en un libro publicado en 1939. Por otra parte, Castañón pinta con detalle la visita que Marcel Bataillon, estudioso francés que frecuentó la cultura hispana, hiciera a Santamaría para cambiar impresiones con él y conocer su biblioteca junto con las cédulas en que anotó referencias en materia de idioma vernáculo: un diálogo de altura, digno de admirarse en su justo significado.
Las líneas precedentes bosquejan una de las rutas que pueden ensayarse para transitar en el recuento de las tradiciones que, en recreación continua, palpitan en el universo de la cultura nacional, con miras a irradiar los esplendores de las prácticas y representaciones colectivas en lazo con los esfuerzos individuales que las enaltecen.
Edición: Fernando Sierra