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Foto: Wikimedia Commons

Para Alvarado, la Revolución no solamente era un acto legítimo de justicia y redención para los más oprimidos, sino una oportunidad de renovación y de evolución de la vida humana y de la sociedad, algo que implicaba no solamente la modificación de las instituciones y las leyes del país, sino también (y sobre todo) la transformación de los individuos que conformarán una constelación de relaciones dentro de un conglomerado humano, a partir de que ellos tengan consciencia plena de la fuerza que otorga la cohesión. Cito textualmente a Salvador Alvarado: “Necesitamos (…) curarnos de nosotros mismos, modificarnos, mejorarnos, moralizarnos. (…) La fuerza, la nobleza y la propulsión progresista de una ley, no están en ella en sí, sino en la fuerza de alma de los que están llamados a observarla”¹. 

En ese terreno, para Salvador Alvarado era muy importante sembrar en los sectores más oprimidos el deseo de una vida mejor, lo que constituía para él una propuesta de altísimo nivel de complejidad que no solamente se reducía a estimular un conjunto de aspiraciones, sino a inocular la idea de que esas aspiraciones son alcanzables y legítimas para cualquier ser humano.

Había que realizar una labor de higiene social (así lo refería nuestro personaje) para que los ciudadanos desarrollemos esos hábitos sanos y esas prácticas benéficas que nos permitan liberarnos de lo que entonces se denominaba desde la filosofía social como “lacras” que envenenaban nuestra vida comunitaria. Había que aprender a desarrollar las capacidades más nobles del ser humano y ello suponía el desarrollo de políticas de salud pública que fomentaran hábitos de higiene y de alimentación, la atención integral a las infancias y la instrumentación de mecanismos para ayudar en el alivio de las enfermedades; había también que instrumentar estrategias de educación pública no elitista y ajena a las directrices del positivismo, donde se instrumentara un proyecto masivo de alfabetización; había también que impulsar la instrucción cívica y la educación artística para fomentar la identidad, el orgullo nacional y la sensibilidad de la población; además se consideraba prioritario alentar el juego infantil y el deporte como instrumentos para fortalecer tanto el cuerpo como el espíritu de los niños y los jóvenes mexicanos.

No soy historiador, y quizá por eso me sorprendió descubrir en Salvador Alvarado una muy consistente filosofía social que sustentó su actuación revolucionaria y que nos permite entender la gestión jurídica e institucional instrumentada durante el tiempo que gobernó Yucatán, donde fundó más de mil escuelas rurales y alfabetizó a más de once mil ciudadanos de todas las edades, todo ello en perfecta sintonía con sus ideales de justicia social.

Alvarado es un militar sorprendente, muy lejano a la idea que de común se tiene de los militares y aún más de los militares revolucionarios. Acostumbrados a la imagen que de la Revolución nos heredó el cine mexicano o a la de los gorilas fascistas que gobernaron muchos países de Latinoamérica desde los años sesenta hasta hace algunos lustros, la imagen de un guerrero sensible a la educación, la cultura, la compasión y el arte es sorprendente, y a través de ella podemos sintonizar con lo inexplicable.

Salvador Alvarado era, fundamentalmente, un pensador de orientación liberal cuya utopía (estoy hay que recalcarlo) no se centraba en el individualismo (como sucede con otros enfoques del pensamiento liberal); abierto defensor de la propiedad privada y de la democracia, Alvarado considera de gran relevancia el fomento del espíritu comunitario, ya que solamente a través de la solidaridad el hombre tendrá oportunidad de desarrollar a plenitud todas sus potencialidades.

Si bien, al parecer, en su juventud temprana sintió simpatía por el pensamiento de Flores Magón, poco a poco fue transformando su perspectiva al entrar en contacto con el llamado socialismo fabiano, una utopía política nacida en Inglaterra a finales del siglo XIX, que planteaba el progreso social como el resultado de reformas graduales que permitiesen resolver problemas específicos, siempre apelando a la transformación de las formas de pensar de las personas, lo cual tenía como eje el desarrollo de un alto sentido comunitario donde el bienestar colectivo redundaría en bienestar individual y no al revés, como lo plantea el liberalismo clásico de axiología individualista del que hoy día se ha reeditado una versión entre los que se hacen  llamar “libertarios” y que defienden el egoísmo ético.

Como quiera, los fabianos advertían que el camino era largo y complejo y que para llegar a la meta había que fomentar la virtud de la paciencia, cuestión que explica el nombre del movimiento por la alusión a Fabio Máximo, el general que salvó a Roma del asedio de Aníbal, el poderoso guerrero cartaginés que en el siglo III a.C. pretendió infructuosamente invadir ese imperio y a la larga fue derrotado por la paciencia de Fabio, quien eludió el enfrentamiento abierto, propiciando la ansiedad y el desgaste emocional de los cartagineses, a quienes derrotó casi sin combatir y utilizando únicamente el valor del estoicismo.

Desde una perspectiva reformista, el liberalismo fabiano tiene claro que el cambio está en la manera en que los hombres pensamos y miramos el mundo, lo cual no es otra cosa que el producto de una estrategia educativa altamente compleja, que no se reduce a la simple instrucción y a la adquisición de conocimientos y destrezas, sino a la fertilización de la sensibilidad humana, el fortalecimiento del cuerpo y el desarrollo de un conjunto de valores que alienten el sentido comunitario, la identidad y la vida saludable, factores decisivos en la transformación de las maneras de mirar el mundo en una sociedad específica.

*Conferencia impartida por el autor en la pasada edición de FILEY.

¹ ALVARADO, La reconstrucción de México.


Edición: Fernando Sierra


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