Opinión
Felipe Escalante Tió
26/03/2026 | Mérida, Yucatán
Uno de los principales propósitos del Estado es proteger a su población ante cualquier amenaza, ya sea de un enemigo declarado o de otro tipo, como son las que existen contra la salud por el brote de alguna enfermedad o la aparición de una plaga. Para el caso de estas últimas, históricamente se han construido instituciones que desarrollan políticas de prevención y atención médica en caso de una emergencia.
Las primeras instituciones asociadas a los gobiernos fueron muchas veces asociaciones más o menos formales de especialistas, y entre los siglos XVIII y XIX surgieron varios modelos de “Juntas” con varios fines: de mejoras materiales, de atención a un proyecto particular y especialmente las de sanidad. En Yucatán, precisamente, funcionó una Junta Superior, que eventualmente dio paso a la actual Secretaría de Salud.
Durante buena parte del siglo pasado, la Junta Superior de Sanidad fue duramente criticada por su lentitud para reaccionar ante brotes de enfermedades como la viruela o el sarampión, en la primera década de esa centuria, pero para 1920 la prensa ya no estaba dispuesta a permitirle mucho. En la edición correspondiente al 24 de marzo del año mencionado, el diario El Correo publicó una nota con una cabeza bastante sugerente: “¡Ya que Sanidad no lo hace…!”
La nota en cuestión llevaba un subtítulo: “Indicaciones útiles para precaverse contra la Influenza Española”, enfermedad que, como se sabe, provocó más muertes que la recién terminada Primera Guerra Mundial, alrededor del globo. Ahora bien, el periódico se limitó a reproducir una serie de 12 recomendaciones dictadas por el Consejo de Salubridad del Estado de California [entendemos que de Estados Unidos] y que había sido publicado antes en el diario El Monitor Republicano, de la capital mexicana, motivado por “el alarmante desarrollo que la influenza española ha alcanzado en estos últimos días en esta capital”, refiriéndose a Mérida.
Ahora bien, fuera del tono imperativo de la nota, perceptible en el uso de palabras completas en mayúsculas para resaltar la recomendación, lo llamativo es el título; ese uso de signos de admiración, dando a entender que por la omisión de Sanidad, un actor privado debe llevar a cabo la tarea de difundir entre el público las medidas a tomar para evitar contraer la influenza o, si se tuviera la sospecha de haber enfermado, cortar la cadena de contagios. Y sin embargo, en el cuerpo de la nota no hay ninguna mención a la autoridad sanitaria de Yucatán, pues El Correo había suplido la obligación de investigar, corroborar que lo que iba a publicarse proviniera de una fuente confiable y finalmente informar a sus lectores sobre las precauciones que debían tener.
Debe reconocerse que el periódico hizo un muy buen trabajo, pues además del rigor al exponer la ruta de la información, le dedicó un espacio bastante amplio en la parte central superior de su segunda plana. Eso sí, las 12 recomendaciones suenan harto familiares, tal vez porque los principios del higienismo llevan varias décadas probando su efectividad. Algunas de las precauciones fueron las siguientes:
“1° RECOGERSE EN CASA.- Si cree usted que ya tiene la influenza, debe retirarse a sus habitaciones, y también cuando se trate de un simple resfriado”. Miren nada más, ahí está el aislamiento del paciente; una recomendación que obedecía a otro precepto: “En primer lugar, para el propio bien de usted [...], en segundo lugar, para el bien público: No hay derecho para exponer a los demás saliendo el enfermo a la calle, con síntomas de algo que pueda ser influenza”.
La segunda va muy a tono: “HUYA UD. DE LA GENTE que pueda notarse que descuida el primer precepto”. A la distancia, debe reconocerse que se escucha más como un mandamiento que como una sugerencia, como si fuera “evitar a los impuros”. En seguida agrega que, “Si es inevitable que usted se encuentre en presencia de los demás o alternando con ellos, en el momento que usted experimente la necesidad de toser o estornudar, TÁPESE UD. LA CARA CON SU PAÑUELO, a fin de proteger a los demás”. Esto es un siglo antes de que habláramos del “estornudo de cortesía”.
Hay otras medidas, que incluyen el acceso a la ventilación de las habitaciones, la higiene en la comida y el sueño, llamados a huir “DE TODAS LAS REUNIONES PÚBLICAS que no sean absolutamente necesarias”, la práctica de trasladarse a pie para evitar “hallarse demasiado cerca de los demás en tranvías y trenes”, así como el uso de “mascarillas profilácticas”.
El Correo hizo públicas las recomendaciones más avanzadas de la época para prevenir la influenza, que aun así golpeó fuertemente el territorio mexicano. Sería sumamente curioso ver cómo habría reaccionado hoy en día ese diario con las campañas para prevenir enfermedades transmitidas por vectores como el dengue, chikungunya y zika, o qué habría dicho acerca de la miasis provocada por el gusano barrenador en humanos; pero eso es historia contrafactual, y tema de otras notas, y otros tiempos.
Edición: Estefanía Cardeña