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del

Flamencos

El documental de Lorenzo Hagerman merece una presencia mucho más larga en salas comerciales
Foto: Fotograma

El pasado lunes 30 fui al cine, a ver el documental Flamingos: la vida después del meteorito, de Lorenzo Hagerman, con textos de Ajo, en la voz de Julieta Venegas. Me ha gustado mucho. Me parece un producto realizado con un cuidado exquisito, los textos describen con gusto y con tino una vuelta completa al ciclo de vida de los flamencos rosados del Caribe, evitando con bastante éxito caer el abismo de la cursilería antropocéntrica al estilo Disney. La cinematografía es soberbia, y refleja con sensibilidad y agudeza los rasgos más característicos de estas peculiares aves de desgarbada elegancia. La tensión dramática que presta la presencia de predadores, las dificultades para construir y conservar nidos y las vicisitudes que impone el clima ayudan a sostener una narrativa que de otra manera podría resultar plana y pesada. Las imágenes del entorno dan una idea de los rasgos paisajísticos típicos de la costa yucateca, y al hacerlo desde el aire, nos hacen compartir el punto de vista de las aves durante sus vuelos migratorios. En fin, el documental está lleno de acierto, entre los que por cierto no puedo dejar pasar la oportunidad de recordar a Lynn Fainchtein, a quien recordaremos como la destacadísima melómana que dio música a muchas películas importantes. No me cabe la menos duda de que este documental merece una presencia mucho más larga en las salas de cine comercial de la que ha tenido, porque creo que el valor estético, didáctico y emocional de la cinta son valores que muchas personas deberían tener la oportunidad de compartir. Incluso me parece que debería ser material disponible para las escuelas, al menos las secundarias.

Dicho esto, me voy a permitir hablar un poco acerca de las cosas que eché en falta. Lo que diré no demerita en nada al documental de Hageraman: se trata de cosas que extrañé al mirarlo con los ojos de alguien que trabajó algunos años en la conservación de los ecosistemas donde habita la población de flamencos en la península de Yucatán, y entiendo que esto no fue el tema ni el propósito de este trabajo creativo: haber tratado ahí estos asuntos, quizá habría comprometido la solidez estética del filme. Sin embargo, no puede evitar sentir que algo faltaba cuando la geografía queda reducida a “este-oeste”, sin nombrar expresamente las rías de Celestún y Río Lagartos y la ciénega de El Palmar. Las tres zonas son áreas protegidas, dos sujetas a la jurisdicción federal y bajo la tutela de la Comisión nacional de áreas naturales Protegidas, mientras la otra, la de El Palmar, es una reserva estatal, a cargo de la Secretaría de Medio Ambiente del Gobierno del Estado.

En este sentido, me parece importante insistir en el hecho de que – al contrario de lo que parece dar a entender el documental – las presencia y el crecimiento de la población de flamencos no es solamente un fenómeno biológico y evolutivo. En las condiciones actuales de transformación del entorno y el subsecuente deterioro de los ecosistemas y sus servicios, y presión sobre las especies en vida silvestre, la presencia de una población considerablemente saludable de flamencos en la península de Yucatán debe mucho al esfuerzo de hombres y mujeres que entregan su vida a la conservación. Aunque aparecen algunas de las personas y organizaciones involucradas entre los créditos al final de la proyección (pocas personas se quedan a leerlos), no quisiera dejar de mencionar los trabajos de los guardaparques que día con día monitorean las áreas que habitan los flamencos, y que han dedicado además intervalos importantes de sus vidas a contribuir, mediante el anillamiento de polluelos año tras año, al conocimiento de la colonia y sus movimientos migratorios. Estos trabajos, que iniciaron con los esfuerzos del Dr. Sandy Sprunt, el Dr. Jorge Correa, Barbara Montes y el equipo que creó y animó la recientemente fallecida Joann Andrews, y se profundizaron a través de la labor de Xiomara Galvez tras la creación de la asociación civil Niños y Crías, A. C., creada y encabezada durante años por Rodrigo Migoya von Bertrab, llegaron incluso a abrir la posibilidad de colaborar regionalmente en el manejo y monitoreo de la especie, con la participación de algunas entidades de los Estados Unidos, como Florida y Texas, y países como Cuba, Venezuela, Bahamas y Bonaire, en un esfuerzo por lograr una propuesta de manejo de flamencos para el gran Caribe, considerándolos una meta-población que podría ser indicador de la variación de las condiciones que imperan a lo largo de la crisis climática en una región del planeta que sabemos que resulta vulnerable. Estos esfuerzos parecen haber perdido continuidad.

En parte, el valor del documental de Hagerman radica en poder lograr una apreciación cercana y empática de la vida de una especie que empata vulnerabilidad y fragilidad con resiliencia y fortaleza. Esa apreciación bien puede reclutar muchas conciencias que contribuirán a la protección de la porción yucatanense de la meta-población de flamencos rosados del Caribe. Saber que hay organizaciones (gubernamentales, de la sociedad civil y académicas) que laboran consistentemente en este sentido puede dar dirección a estas conciencias, que encontrarán dónde convertir el discurso y la emoción en hechos útiles.

Termino con un breve comentario acerca del título, que ha ocasionado que varias personas se pregunten ¿Por qué, “flamingos”, y no “flamencos”? El propio Hagerman lo ha explicado con lucidez, por lo menos durante la entrevista que le hiciera hace unos días Carmen Aristegui: eligió utilizar el anglicismo a sabiendas de que el nombre de la especie en nuestro idioma es “flamencos”, porque reconoció que el uso del término se ha generalizado, digan lo que digan las academias de la lengua, y porque quiso evitar que se le confundiera con el archiconocido baile y cante andaluz. Aunque entiendo su elección, quiebro una lanza por la integridad del idioma, y seguiré insistiendo en que Phoenicopterus ruber, así como el resto de las especies del género, se llama, en castellano, Flamenco.


Edición: Fernando Sierra


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