Opinión
Diana Ugalde Romo
06/04/2026 | Mérida, Yucatán
Los objetos arqueológicos no son entidades estáticas: cada uno posee una historia que se extiende desde su creación en tiempos antiguos hasta su vida actual dentro de un museo. El portaestandarte de Chichén Itzá, pieza emblemática de la colección arqueológica del Museo Regional de Antropología de Yucatán, Palacio Cantón, es un claro ejemplo de cómo el conocimiento histórico y la conservación se entrelazan para preservar la memoria material del pasado.
Se trata de una escultura de bulto, tallada en piedra caliza, que representa a un personaje antropomorfo sentado, identificado como portaestandarte por su postura general y, especialmente, por la posición de una de sus manos, que parece sostener un elemento circular. La pieza procede de la Plataforma del Templo de Venus, de la zona arqueológica de Chichén Itzá, uno de los principales centros políticos y ceremoniales del norte de la península durante el periodo Posclásico. Su manufactura, dimensiones y rasgos formales la vinculan con la tradición escultórica característica de este sitio, donde la imagen del cuerpo humano fue utilizada como medio para comunicar poder, ritualidad y orden social.
La historia moderna de esta escultura es particularmente relevante para comprender su estado de conservación actual. El portaestandarte fue hallado en 1884 durante las exploraciones arqueológicas realizadas por Augustus y Alice Le Plongeon, pioneros en la documentación del sitio. Alice Le Plongeon dejó un valioso testimonio escrito y fotográfico del momento del hallazgo, relatando que la figura se encontraba cubierta por una gruesa capa de mortero suelto y que una de sus piernas estaba fracturada por debajo de la rodilla. El fragmento fue localizado bajo la escultura y colocado nuevamente para “recrear la imagen”.
Este registro temprano resulta fundamental, pues constituye la primera referencia tanto del estado material de la pieza como de una intervención temprana no documentada, cuya naturaleza exacta se desconoce.
Durante décadas no se tuvo información precisa sobre tratamientos posteriores, hasta que, ya en el siglo XX, el portaestandarte formó parte de la exposición permanente del museo desde su inauguración en 1980. Las fotografías de esa época muestran que la fractura de la pierna ya presentaba un resane, aunque sin registro técnico de dicha intervención.
A lo largo de su vida museográfica, la escultura ha sido exhibida y trasladada en distintas ocasiones, incluso para exposiciones fuera de Yucatán. En años recientes permaneció en resguardo dentro del depósito de colecciones, hasta que fue seleccionada para integrarse nuevamente a la exposición permanente El Palacio Cantón, testigo de la historia, inaugurada en diciembre de 2024. Fue en este contexto que el Departamento de Conservación y Restauración del Museo realizó una evaluación detallada de su estado material.
El diagnóstico reveló que el material utilizado en el antiguo resane —aparentemente un mortero de cal y arena— se encontraba en mal estado: disgregado, pulverulento y con desprendimientos visibles, afectando tanto la estabilidad como la apariencia de la obra. Aunque la escultura se consideraba estructuralmente estable, estos deterioros comprometían su lectura estética y hacían necesaria una intervención puntual.
Es así que la intervención de conservación realizada en 2025 se enfocó en corregir los efectos de tratamientos anteriores incompatibles, siguiendo criterios actuales de respeto al material original, compatibilidad y reversibilidad. Se retiró mecánicamente el mortero deteriorado y se identificó la presencia de un adhesivo sintético antiguo, probablemente utilizado para unir los fragmentos de la pierna. Este material fue eliminado en la medida de lo posible, sin desensamblar la pieza, ya que la unión se encontró estable.
Posteriormente, se realizó un nuevo resane volumétrico utilizando morteros de cal con cargas de distinta granulometría, compatibles con la piedra caliza original. Finalmente, se llevó a cabo una reintegración cromática con pigmentos minerales, con el objetivo de integrar visualmente la intervención sin falsear la lectura histórica de la escultura.
Este proceso ilustra cómo la conservación no busca “devolver” a los objetos un aspecto idealizado, sino estabilizarlos, respetar su historia material y permitir su correcta apreciación. El portaestandarte conserva huellas de su pasado —pérdidas puntuales, desgastes, intervenciones— que forman parte de su biografía como objeto arqueológico.
Hoy, esta escultura no solo comunica el simbolismo del mundo maya, sino también el trabajo silencioso y especializado que permite que estos testimonios lleguen al público. Difundir estos procesos es parte fundamental de la labor del museo: acercar a la sociedad al patrimonio desde una perspectiva que reconoce tanto su valor histórico como el cuidado continuo que requiere.
Conservar el portaestandarte de Chichén Itzá es, en última instancia, preservar una historia que sigue construyéndose, donde arqueología y conservación dialogan para mantener viva la memoria cultural de Yucatán.
Diana Ugalde Romo es encargada del departamento de Conservación y Restauración de Museo Regional de Antropología de Yucatán, Palacio Cantón.
Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social
Edición: Estefanía Cardeña