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Foto: Infografía

En una publicación anterior de esta columna se explicó brevemente que los rasgos faciales tienen un alto componente genético, lo que explica el parecido con nuestros parientes, ya sean padres, abuelos, tíos o primos. Asimismo, se mencionó que el cerebro cuenta con estructuras que nos permiten reconocer los rostros de familiares, amigos y conocidos. 

Ahora bien, es importante señalar que en el rostro también se encuentran estructuras que forman parte de distintos sistemas del cuerpo. La nariz, por ejemplo, pertenece al sistema olfativo y respiratorio, y junto con la boca participa en la articulación del habla. Los ojos forman parte del sistema sensorial; mientras que la boca y los dientes intervienen tanto en el sistema digestivo como en el aparato fonador. Asimismo, los rasgos faciales reflejan un proceso evolutivo de miles de años, resultado de la adaptación de nuestros antepasados a diversos ambientes.

En esta nueva entrega se aborda la utilidad de algunas características faciales en el proceso de identificación de individuos, tanto en el estudio de poblaciones del pasado como en contextos forenses. Uno de los primeros análisis que se realiza a partir de los restos esqueléticos es la asignación de la ascendencia, es decir, su posible procedencia o pertenencia a un grupo humano. Este dato, junto con la determinación del sexo biológico, la edad al momento de la muerte, la estimación de la estatura, las condiciones de vida, así como evidencias de enfermedades, accidentes o actividades realizadas en vida que dejaron huellas en los huesos, permite reconstruir el perfil biológico del individuo.

Antes de continuar, es importante señalar que no existe un rasgo craneal que, por sí solo, permita determinar con certeza la ancestría. Por ello, es necesario analizar un conjunto de características morfológicas que han sido estudiadas en distintos grupos humanos, con el fin de identificar frecuencias y afinidades biológicas que ayuden a diferenciar a los individuos entre poblaciones. Aunque aún queda mucho por investigar, se han identificado algunas características que tienden a presentarse con mayor frecuencia en ciertas poblaciones que en otras.


Los rasgos macromorfoscópicos

Se ha propuesto la observación y registro de 18 variantes conocidas como rasgos macromorfoscópicos, denominados así porque pueden identificarse a simple vista. Se trata de características anatómicas relacionadas con los tejidos blandos del cráneo y la cara en individuos vivos, que presentan variaciones en tres aspectos principales: el grado de expresión del rasgo, su forma y su presencia o ausencia. Entre estos rasgos se incluyen la morfología de la espina nasal anterior, la abertura nasal inferior, la anchura interorbital, el tubérculo malar, la anchura de la apertura nasal, el contorno del hueso nasal, la morfología nasal inferior, la forma de la abertura nasal y la depresión postbregmática; así como el sobrecrecimiento nasal, la sutura supranasal, la sutura palatina transversa, la sutura cigomaxilar, el tubérculo cigomático posterior, la forma del hueso nasal, la sutura nasofrontal, la forma de la órbita y la forma del paladar. En la figura aquí presentada se ilustran algunos de los rasgos de la región facial y sus posibles variaciones.

El procedimiento para estimar el posible grupo de pertenencia consiste en observar cada una de estas 18 variantes —a las que se les asigna un valor específico— y, posteriormente, aplicar análisis estadísticos que permiten aproximarse al grupo más probable del individuo (como caucásico, hispano, asiático, entre otros). 

Es importante señalar que estos resultados se complementan con otros estudios para aumentar su precisión, ya que la identificación biológica se construye a partir de múltiples evidencias y no de un solo indicador. En conjunto, el análisis de los rasgos macromorfoscópicos constituye una herramienta valiosa que, bien aplicada, contribuye a una mejor comprensión de la diversidad humana y al reconocimiento de las particularidades biológicas de cada individuo. Si te interesa profundizar más te recomiendo: Atlas of Human Cranial Macromorphoscopic Traits, de Joseph T. Hefner y Kandus C. Linde de 2018.


Martha Pimienta Merlín es antropóloga física del Centro INAH-Yucatán

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social




Edición Estefanía Cardeña






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