Opinión
La Jornada
09/04/2026 | Cuidad de México
Horas después de que el presidente Donald Trump anunció un alto el fuego de dos semanas consensuado con Irán como paso inicial para negociar un tratado de paz duradera, Tel Aviv lanzó más de 100 ataques contra objetivos civiles en Líbano, lo cual resultó en el asesinato de al menos 250 personas y dejó miles de heridos. De acuerdo con el coordinador humanitario de la ONU en el país levantino, Imran Riza, “sean cuales sean las cifras actuales, van a ser mucho mayores” debido a la devastación de zonas residenciales y a las limitaciones de los servicios sanitarios, diezmados por los problemas internos de Beirut y medio siglo de intermitentes agresiones israelíes.
En respuesta, Teherán recordó que la pausa de la invasión israelí a Líbano forma parte de los 10 puntos para la paz acordados con Trump. El ministro iraní del Exterior, Abbas Araghchi, advirtió a Washington debe elegir entre respetar el alto el fuego o continuar con la guerra por conducto de Israel, pues la tregua es incompatible con las masacres de civiles inermes. Asimismo, el Parlamento iraní denunció que incluso antes del inicio de las conversaciones de paz, Estados Unidos ya violó por lo menos tres de los 10 puntos que el republicano reconoció públicamente como una base viable para la negociación. Sin embargo, Trump se desentendió de su compromiso previo: aseguró que las agresiones de Israel contra Líbano constituyen “una escaramuza aparte” y dijo que ello no es un problema.
Desde cualquier punto de vista, resulta evidente que el recrudecimiento del sadismo israelí sobre el pueblo libanés supone un sabotaje deliberado a las negociaciones con Irán, como señaló Ahmed Aboul Gheit, secretario general de la Liga Árabe. El peso de este reclamo se sustenta no sólo en el interés de las petromonarquías árabes del golfo Pérsico en poner fin al conflicto, sino en que dicho organismo multilateral carece de cualquier simpatía hacia Teherán y, por el contrario, sostiene una tensa relación con la república islámica por motivos religiosos, históricos y geopolíticos.
Está claro que el régimen que encabeza Benjamin Netanyahu, prófugo de la Corte Penal Internacional, es hoy por hoy el mayor agente de desestabilización global y el más insidioso instigador de guerras y violaciones a la legalidad internacional, pues que no muestra ningún escrúpulo al masacrar de forma indiscriminada si considera que ello le reporta algún beneficio político o personal. Durante años, sus objetivos parecieron alineados con los de Trump y su familia, pero es difícil ocultar la creciente divergencia entre los planes de guerra permanente del régimen sionista y la urgencia del inquilino de la Casa Blanca por zafarse de una campaña militar que ya era impopular antes de convertirse en el estrepitoso e irreversible fracaso que es a estas alturas.
Durante mucho tiempo, los críticos del sionismo han sostenido que la relación entre la potencia mundial y Tel Aviv es un raro caso en que “la cola mueve al perro”, pero la idea se ha descartado como una teoría conspiratoria originada en la animadversión hacia Israel. Sin embargo, por la manera en que Trump se ve obligado una y otra vez a hacer suyas acciones de Netanyahu que le son claramente onerosas y de las que parece ni siquiera haber sido informado, es inevitable preguntarse cuál es la fuente de la influencia del segundo sobre el primero y hasta qué punto el magnate ha acelerado el colapso de la hegemonía estadunidense para servir a la agenda del sionismo más recalcitrante.
Edición: Ana Ordaz