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Foto: S. Thamara Noriega Muro

En México, como en muchos otros países, persiste la idea de que perder dientes “es normal”. Esa creencia se refleja en dichos y mitos populares, en la costumbre de acudir al dentista solo cuando el dolor ya es insoportable y en la aceptación de la extracción como una salida rápida. La pérdida dental es tan frecuente que a menudo deja de percibirse como un problema serio. Se acepta con resignación, como si fuera una consecuencia natural de la edad o, simplemente, de la vida. Uno de los ejemplos más persistentes de esta idea aparece durante el embarazo. Todavía se dice que gestar un hijo implica inevitablemente perder dientes, pero esa idea es falsa. El embarazo, por sí solo, no provoca la pérdida dental. Lo que realmente incrementa el riesgo son la falta de cuidados preventivos, la inflamación gingival no atendida y las barreras para recibir atención odontológica a tiempo.

La poca importancia que muchas veces se concede a los dientes también se relaciona con la forma en que hoy se mira la boca. No solo se pierden dientes por enfermedad; en algunos contextos también se intervienen o incluso se sacrifican dientes sanos en nombre de una estética cada vez más uniforme. Se busca una sonrisa perfecta, pero no siempre una boca sana. En esa lógica, los dientes pueden parecer reemplazables. Sin embargo, su pérdida afecta mucho más que la apariencia: altera la masticación, modifica la alimentación al favorecer el consumo de productos más blandos y, con frecuencia, menos nutritivos, dificulta el habla y cambia los rasgos del rostro, con efectos que pueden extenderse a la autoestima y a la vida cotidiana.

La pérdida de dientes es, con frecuencia, el desenlace de enfermedades bucales como la caries y la enfermedad periodontal. Estas patologías tienen una elevada prevalencia y, además, se relacionan con otras enfermedades sistémicas, como la diabetes o la hipertensión. Por ello, hoy se reconoce que la salud bucal forma parte esencial del bienestar físico, mental, social y económico de las personas y de las poblaciones. No se trata de un problema menor: la Secretaría de Salud ha señalado que nueve de cada diez personas en México presentan alguna afección bucal. 

De ahí que la pérdida dental no se entienda como un problema aislado, sino como el resultado de una larga historia de enfermedad bucal, prevención insuficiente y acceso desigual a la atención. Una boca con múltiples ausencias dentarias no siempre puede explicarse por descuido individual. Con frecuencia, refleja barreras económicas para acceder a la prevención y a tratamientos dirigidos a conservar los dientes, así como modelos de atención que durante mucho tiempo privilegiaron la extracción por encima del tratamiento oportuno. La pérdida dental expresa, por tanto, condiciones sociales que moldean la salud y la atención a lo largo de la vida.

Esa es una de las razones por las que este tema también interesa a la antropología física. En los restos humanos del pasado se observa cómo la pérdida dental deja huellas en el hueso que sostenía los dientes. Estas marcas permiten reconocer enfermedades, reconstruir formas de atención y permiten aproximarnos a las condiciones de vida de otras épocas. En colecciones históricas resguardadas en Yucatán, la boca conserva evidencias de patologías, pérdida dental, tipos de tratamiento y acceso diferencial a la atención.

Desde esa mirada, los dientes no son piezas aisladas, sino parte de una trayectoria de vida. Hablan de alimentación, de acceso a la atención, de decisiones terapéuticas y de desigualdades acumuladas en el tiempo. Por eso la antropología física no solo estudia huesos y dientes; también ayuda a comprender cómo las condiciones sociales dejan huellas duraderas en el cuerpo.

Mirar estas evidencias obliga a cuestionar una idea profundamente arraigada: que perder dientes es una consecuencia natural de la vida. No lo es. Es un problema frecuente, sí, pero muchas veces prevenible. Considerarlo normal debilita la prevención, reduce la exigencia de mejores servicios y vuelve invisible un deterioro que no debería aceptarse con indiferencia.

Cada diente importa. Importa para comer, para hablar, para sonreír y para vivir con bienestar. Reconocerlo implica actuar antes de la urgencia: acudir a revisiones periódicas, atender a tiempo las molestias y valorar tratamientos orientados a conservar los dientes, no solo a extraerlos. Un diente más importa. Un diente menos también.

*Pie de foto: Reabsorción severa del hueso alveolar asociada a pérdida dental antemortem de larga evolución. Individuo proveniente de la Colección de Pixoy, resguardada en el Centro INAH Yucatán.

Stephany Thamara Noriega Muro es investigadora posdoctoral en el Departamento de Ecología Humana del Cinvestav y colaboradora en la Sección de Antropología Física del INAH, Yucatán.

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social


Edición: Fernando Sierra


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