Opinión
José Díaz Cervera
29/04/2026 | Mérida, Yucatán
Alguien me preguntó alguna vez qué era la infancia para mí y mi respuesta fue lacónica: “la infancia es un lugar en el que nunca he estado”.
En mi casa vi siempre muchachos y muchachas. Algunos de ellos vivieron temporalmente con nosotros mientras buscaban su camino en la Ciudad de México. A mí me gustaba mirar cómo se peinaban, cómo se vestían y cómo en ellos todo era promesa y energía y por eso me ilusionaba ser como ellos; como quiera, el haber sido el mayor de los Díaz Cervera hacía que yo asumiera algunas responsabilidades que nadie me había conferido y, de esa manera, si salíamos de paseo, yo estaba siempre pendiente de que ninguno de mis hermanos se disgregara pues me angustiaba la posibilidad de que alguno se perdiese.
Digamos, entonces, que la infancia para mí fue solamente un lugar de paso y que yo fui una especie de señor desde los seis o siete años. Miro una fotografía de ese tiempo, y sí, soy como un cuarentón fuera de tono.
Como quiera, mi niñez tuvo la virtud de haber puesto en marcha mi imaginación pues la alimentaron las nubes, los miedos, la ilusión, la lejanía y la radio. Aquella costumbre (que hoy parecería aberrante) de familias enteras que se sentaban los domingos por la tarde a escuchar en transmisión radiofónica (o tal vez a “ver”) la corrida de toros, pudiera darnos la medida de un tiempo donde el “homo imaginans” perseveraba en “adivinar” el mundo antes aún que en la necesidad de “verlo”. “Adivinar” era entretejer lo humano con lo divino; “adivinar” era crear y recrear.
No celebro nada “por decreto”; hace cuarenta y cinco años hice a un lado el “Dia de…” (de la madre, del padre, del concuño, del sombrero de fieltro, del micrófono inalámbrico, etc.) y por ello tampoco me genera entusiasmo alguno el Día del Niño.
Como quiera, la ocasión la pintan calva y yo, desde mi impertinencia de poetastro, pido por una infancia lejos del consumo y cerca de la creatividad, por una infancia lejos de las pantallas, lejos de la comida chatarra, lejos de la indiferencia de quienes confunden el cariño con la incapacidad para poner límites.
El acto magno del amor filial estriba en decir NO a nuestros hijos, sobre todo cuando esa negativa sea razonable. La vida nos dice “no” casi siempre, pero aun así debemos seguir adelante sin caer en la frustración y la desesperanza. Curiosamente, tener esa disposición para no cumplir todos los caprichos de un niño, pone a éste en disposición de saber lo que quiere y le abre la posibilidad de un disfrute profundo.
Niños felices cultivarán adultos felices que, a su vez, educarán niños felices: la felicidad es prodigiosa por las dimensiones de su sencillez. Sólo puede ser feliz quien sabe lo que quiere y consiente los medios lícitos para llegar a su objetivo. Porque la felicidad no es un capricho, sus coordenadas cruzan algo que pudiéramos llamar como una “artesanía de lo humano” que se construye por el cruce de nuestro raciocinio con nuestra imaginación.
Mientras sigamos educando en la compulsión, no tendremos niños felices ni fomentaremos un futuro de paz y de armonía. Ojalá salgamos de esa zona viciada por el consumismo y la ignorancia, y hagamos de cualquier día un verdadero “Día del Niño”.
Edición: Fernando Sierra